miércoles, 17 de agosto de 2011
Julia de Burgos - Canción de mi pena dormida
Con los ojos cerrados
amplia de voces íntimas
me detengo en el siglo de mi pena dormida.
La contemplo en su sueño...
Duerme su noche triste
despegada del suelo donde arranca mi vida.
Ya no turba la mansa carrera de mi alma
ni me sube hasta el rostro el dolor de pupilas.
Encerrada en su forma,
ya no proyecta el filo sensible de sus dedos
tumbándome alegrías,
en la armonía perfecta de mi canción erguida.
Ya no me parte el tiempo...
Duerme su noche triste
desde que tú te anclaste en la luz de mis rimas.
Recuerdo que las horas se rodaban en blanco
sobre mi pena viva,
cuando corría tu sombra por entre extrañas sombras,
adueñado de risas.
Mi emoción esperaba....
Pero tuve momentos de locura suicida.
Un agitado viento de esperanza
parece que me anuncia tu regreso.
Entre el fuego de luna que me invade
alejando crepúsculos te siento.
Estás aquí. Conmigo.
Por mi sueño.
¡A dormir se van ahora mis lágrimas
por donde tú cruzaste entre mi verso!
martes, 16 de agosto de 2011
Calle Mayor, Juan Antonio Bardem, 1956
Título original: Calle Mayor
Director: Juan Antonio Bardem
Guión: Juan Antonio Bardem (Teatro: Carlos Arniches)
Fotografía: Michel Kelber (B&N)
Música: Joseph Kosma & Isidro B. Maiztegui
País: España
Año: 1956
Género: Drama
Duración: 95 min.
Reparto: Betsy Blair, José Suárez, Yves Massard, Luis Peña, Dora Doll, Alfonso Godá, Manuel Alexandre
En una pequeña ciudad de provincias, casi todos sus habitantes viven atrapados en las tradiciones y las inmovilistas costumbres. En ese opresivo entorno, Isabel, con 35 años recién cumplidos, se siente una fracasada por no haber contraído matrimonio. Juan y su grupo de amigos, que combaten el aburrimiento imaginando pesadas bromas, hacen creer a Isabel que Juan, enamorado, se va a casar con ella...
En 1954, según una encuesta del Instituto de la Opinión Pública, José Suárez era considerado el mejor intérprete nacional de la pantalla tras Fernando Fernán-Gómez, Francisco Rabal y Jorge Mistral, a la vez que el actor español más Interesante después de Jorge Mistral y Francisco Rabal, si bien cabe decir que superando en votos a éste en las zonas urbanas.
Por ello, quizás, Juan Antonio Bardem acabaría emparejando en Calle Mayor, “una película inspirada en una farsa de Carlos Arniches, “La señorita de Trevélez”, nada menos que a José Suárez con Betsy Blair, la entonces todavía esposa del célebre bailarín norteamericano Gene Kelly.
En Calle Mayor, una película, Gran Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Venecia 1956, producida desde Madrid por Manuel J. Goyanes para Cesáreo González, en colaboración con Play-Art/Iberia Filmes, de París, contemplamos así la siguiente presentación: “Una pequeña ciudad, en una provincia cualquiera. Una catedral, un río y una plaza con soportales. Y una calle Mayor. Sobre todo, una calle Mayor”.
“Isabel Castro tiene ahora, en ocubre de 1955, treinta y cinco años. Es soltera aún. Eso quiere decir que ha fracasado. Salió del colegio de las monjas hace dieciocho años. Diez años esperando. Y venga a esperar. Juan (José Suárez) y sus amigos (Luis Peña, Alfonso Goda, Manuel Alexandre y José Calvo) se aburren. Siempre los mismos lugares, rostros idénticos, días iguales.
Quizá por eso, ellos han descubierto que el mejor espectáculo es el prójimo. Juan, de acuerdo con sus amigotes, va a decir a Isabel que la ama, que la quiere como novia, que quiere casarse con ella. Los demás, cada noche, después de las entrevistas de Isabel y Juan, van a reír. Y mientras tanto, Isabel va a ser absolutamente feliz. Ya no tendrá que esperar más. Hasta podrá, al fin, bailar en el gran baile de otoño del Casino…”.
A juicio del cronista Fernando Méndez-Leite, Juan Antonio Bardem, “realizador de aguda sensibilidad artística”, en Calle Mayor “ha sabido captar adecuadamente el ambiente y reflejar con matices verídicos la bien hilvanada narración. El estudio que en el guión ha trazado de los personajes principales y secundarios es perfecto. Acertó también en la elección del escenario con algunos de los sorprendentes paisajes de tierras conquenses. Alarcón, en la parte escenográfica, confirma su bien ganado prestigio. Excelente también, la fotografía de Kelber, y modelo de ilustración musical la que firman Joseph Kosma y Maiztegui. Merece destacarse la gran labor de Betsy Blair al frente del reparto. Actriz americana de apreciables dotes artísticas, vive su difícil papel y su máscara traduce bien la alegría del alma al alcanzar la finalidad suprema de la vida: el matrimonio. La escena en la que se entera de la triste y cruel verdad y de la estúpida broma de que ha sido víctima, evidencia sus méritos de actriz dramática. José Suárez desempeña a la perfección el primer papel masculino. La pareja estelar se ve secundada por un plantel de artistas españoles y extranjeros, entre los que despuntan Yves Massard, Dora Doll, Lila Kedrova, Luis Peña, Matilde Muñoz Sampedro, Manuel Alexandre, José Calvo, Josefina Serratosa, Margarita Espinosa, Pilar Vela, María Gámez (protagonista, en 1935, precisamente, de la primera versión cinematográfica de La señorita de Trevélez)…”.
Para el precitado Fernando Méndez-Leite, con Calle Mayor “se apunta Bardem un triunfo importante de resonancia internacional… Bastaría esto para consagrar de una vez para siempre la categoría de Bardem, autor de esta bien enfocada co-producción hispano-francesa”.
Juan Antonio Bardem, recuerda el profesor José María Caparrós Lera, con Calle Mayor o, si se prefiere, Grand Rue, “reflejó la vida provinciana y ciertos convencionalismos españoles. Esta película ocasionaría graves problemas administrativos”.
De modo que, en 1974, el comunista Juan Antonio Bardem habría de confesarle a Antonio Castro: “Fue dificilísimo que la película pudiera ir a Venecia; como… el Gobierno español no quería llevarla, y era coproducción, Serge Silberman -que era el coproductor francés- logró que la incluyeran en la selección francesa y fue un gran éxito. Estuvo a punto de ganar el León de Oro”. Para Juan Antonio Bardem, en nuestro país, “la cota máxima de libertad ideológica era Calle Mayor en 1956″. “Una visión pesimista de nuestro mundo”, en palabras del crítico Diego Galán. Calle Mayor, en fin, al igual que La Regenta, y hasta con el carácter giratorio, sentimental, de un vals en torno a la protagonista, es una “crítica satírica y amarga de la vida en una capital de provincia”, rodada en las mismas instalaciones de Chamartín en las que se había realizado La danza de los deseos, y en la que aparece otra vez en un papel de juerguista y pisando tierras de Cuenca (en las que había estado, por cierto, con motivo de su trabajo en Señora ama) José Suárez.
Fuente: http://www.claqueta.es/1956/calle-mayor.html
lunes, 15 de agosto de 2011
Federico García Lorca - Grito hacia Roma
Manzanas levemente heridas
por finos espadines de plata,
nubes rasgadas por una mano de coral
que lleva en el dorso una almendra de fuego,
Peces de arsénico como tiburones,
tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,
rosas que hieren.
Y agujas instaladas en los caños de la sangre,
mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos
caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula
que untan de aceite las lenguas militares
donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma
y escupe carbón machacado
rodeado de miles de campanillas.
Porque ya no hay quien reparta el pan ni el vino,
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
ni quien abra los linos del reposo,
ni quien llore por las heridas de los elegantes.
No hay más que un millón de herreros
forjando cadenas para los niños que han de venir.
No hay más que un millón de carpinteros
que hacen ataúdes sin cruz.
No hay más que un gentío de lamentos
que se abren las ropas en espera de la bala.
El hombre que desprecia la paloma debía hablar,
debía gritar desnudo entre las columnas,
y ponerse una inyección para adquirir la lepra
y llorar un llanto tan terrible
que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante.
Pero el hombre vestido de blanco
ignora el misterio de la espiga,
ignora el gemido de la parturienta,
ignora que Cristo puede dar agua todavía,
ignora que la moneda quema el beso de prodigio
y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.
Los maestros enseñan a los niños
una luz maravillosa que viene del monte;
pero lo que llega es una reunión de cloacas
donde gritan las oscuras ninfas del cólera.
Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas;
pero debajo de las estatuas no hay amor,
no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo.
El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
en la choza diminuta que lucha con la inundación;
el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,
en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas
y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.
Pero el viejo de las manos traslucidas
dirá: amor, amor, amor,
aclamado por millones de moribundos;
dirá: amor, amor, amor,
entre el tisú estremecido de ternura;
dirá: paz, paz, paz,
entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita;
dirá: amor, amor, amor,
hasta que se le pongan de plata los labios.
Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto,
los negros que sacan las escupideras,
los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los
directores,
las mujeres ahogadas en aceites minerales,
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
ha de gritar frente a las cúpulas,
ha de gritar loca de fuego,
ha de gritar loca de nieve,
ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
ha de gritar como todas las noches juntas,
ha de gritar con voz tan desgarrada
hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y la música,
porque queremos el pan nuestro de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada,
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.
por finos espadines de plata,
nubes rasgadas por una mano de coral
que lleva en el dorso una almendra de fuego,
Peces de arsénico como tiburones,
tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,
rosas que hieren.
Y agujas instaladas en los caños de la sangre,
mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos
caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula
que untan de aceite las lenguas militares
donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma
y escupe carbón machacado
rodeado de miles de campanillas.
Porque ya no hay quien reparta el pan ni el vino,
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
ni quien abra los linos del reposo,
ni quien llore por las heridas de los elegantes.
No hay más que un millón de herreros
forjando cadenas para los niños que han de venir.
No hay más que un millón de carpinteros
que hacen ataúdes sin cruz.
No hay más que un gentío de lamentos
que se abren las ropas en espera de la bala.
El hombre que desprecia la paloma debía hablar,
debía gritar desnudo entre las columnas,
y ponerse una inyección para adquirir la lepra
y llorar un llanto tan terrible
que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante.
Pero el hombre vestido de blanco
ignora el misterio de la espiga,
ignora el gemido de la parturienta,
ignora que Cristo puede dar agua todavía,
ignora que la moneda quema el beso de prodigio
y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.
Los maestros enseñan a los niños
una luz maravillosa que viene del monte;
pero lo que llega es una reunión de cloacas
donde gritan las oscuras ninfas del cólera.
Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas;
pero debajo de las estatuas no hay amor,
no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo.
El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
en la choza diminuta que lucha con la inundación;
el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,
en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas
y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.
Pero el viejo de las manos traslucidas
dirá: amor, amor, amor,
aclamado por millones de moribundos;
dirá: amor, amor, amor,
entre el tisú estremecido de ternura;
dirá: paz, paz, paz,
entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita;
dirá: amor, amor, amor,
hasta que se le pongan de plata los labios.
Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto,
los negros que sacan las escupideras,
los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los
directores,
las mujeres ahogadas en aceites minerales,
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
ha de gritar frente a las cúpulas,
ha de gritar loca de fuego,
ha de gritar loca de nieve,
ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
ha de gritar como todas las noches juntas,
ha de gritar con voz tan desgarrada
hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y la música,
porque queremos el pan nuestro de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada,
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.
Repulsión, Roman Polanski, 1965
Título original: Repulsion
Director: Roman Polanski
Guión: Gérard Brach & Roman Polanski
Fotografía: Gilbert Taylor (B&W)
Música: Chico Hamilton
País: Reino Unido
Año: 1965
Género: Terror
Duración: 105 min.
Reparto: Catherine Deneuve, Ian Hendry, Patrick Wymark, John Fraser, Yvonne Furneaux, Valerie Taylor, James Villiers, Helen Fraser, Renee Houston
Una bella aunque sexualmente reprimida joven, Carol Ledoux, vive junto a su hermana Helen en un apartamento de Londres. Con sentimientos simultáneos de atracción y repulsa hacia el sexo, Carol es una virgen que encuentra extremadamente molesta la relación de su hermana con un hombre casado, Michael. Cuando su hermana y Michael se marchan de vacaciones, Carol comienza a desmoronarse mentalmente, sufriendo una serie de alucinaciones que la llevarán a cometer varios asesinatos. (FILMAFFINITY)
«Si soy un ecléctico es porque me gusta el cine. Yo voy mucho al cine y a veces me gusta de alguna manera reproducir el placer que experimento ante unas imágenes. Mi deseo de hacer cine viene de ahí y de ningún otro sitio. En primer lugar hay que haber visto y amado unas películas para sentir el deseo de hacer cine».
Roman Polanski
Crítica en Miradas de Cine
domingo, 14 de agosto de 2011
El ángel azul, Josef von Sternberg, 1930
Título original: Der Blaue Engel
Director: Josef van Sternberg
Guión: Karl Zuckmayer, Karl Vollmuller, Robert Liebmann (Novela: Heinrich Mann)
Fotografía: Günter Rittau & Hans Schneeberger (B&W)
Música: Canciones: Frederick Hollander, Robert Liebmann, Richard Rillo
País: Alemania
Año: 1930
Género: Drama
Duración: 109 min.
Reparto: Marlene Dietrich, Emil Jannings, Kurt Gerron, Rosa Valetti, Hans Albers, Eduard von Winterstein
Adaptación cinematográfica de la novela "Profesor Unrath" de Heinrich Mann. Narra la tragedia de un severo profesor que una noche va a "El Ángel Azul", un cabaret de mala fama, para llevarse de allí a sus alumnos, que acuden al local seducidos por los encantos de la cantante Lola-Lola (Dietrich). Sin embargo, el profesor Rath, un solterón de 50 años, acaba cayendo en las redes de la cabaretera. A partir de entonces, su vida será un descenso a los infiernos de la humillación y de la degradación moral. (FILMAFFINITY)
Como recordaba la propia actriz en una entrevista de 1972 que se puede ver en los maravillosos extras del DVD editado por Divisa, Marlene Dietrich no estaba predestinada a ser la estrella de El ángel azul. A sus 29 años, sólo era otra alumna de una academia de jóvenes talentos. Josef von Sternberg se fijó en ella para darle el papel de Lola Lola; pero, aún así, el protagonismo recaía en Emil Jannings, un suizo de 46 años que se acababa de convertir en el primer ganador de un Oscar al mejor actor, por La última orden (1928). Como en muchas otras ocasiones, fueron los espectadores y no el orden de los créditos quienes dictaron sentencia.
La película arranca como una simpática comedia con claros registros del cine mudo (de hecho fue el primer film alemán sonoro) cuyos elementos trágicos salpican la trama poco a poco, hasta que ganan terreno definitivamente. En el Berlín de los años veinte, el profesor Immanuel Rath, un solterón entrado en canas, gordo y severo, se esfuerza por meter en cintura a sus estudiantes del Liceo, que por las noches acuden en masa a un cabaret llamado El ángel azul, donde la actuación principal corre a cargo de Lola Lola, una cantante de voz rasgada que alegra la vista de los muchachos.
Decidido a cortar por lo sano su insana curiosidad, el profesor Rath acude al cabaret para pillar a sus alumnos ‘in fraganti’, pero él también caerá bajo el hechizo de Lola Lola, hasta el punto de enamorarse y pedirle matrimonio. Ella acepta, pero a cambio Rath debe despedirse de sus clases, porque su relación con una mujer tan pervertida es incompatible con los principios morales del Liceo.
La ambientación de El ángel azul es uno de los puntos más logrados de Sternberg. Las bambalinas del cabaret son desordenadas, claustrofóbicas y están llenas de escondrijos (una escalera de caracol, una trampilla que da al sótano, una habitación camuflada), símbolos de los engaños hacia los que se dirige sin remedio el profesor Rath. Por este ambiente se mueven una serie de personajes estrafalarios: coristas rechonchas, ilusionistas de poca monta, ex estrellas de la canción y payasos grotescos. Y entre todos ellos surge el único atisbo de belleza: Marlene Dietrich, Lola Lola, hermosa por fuera pero tan mezquina como sus compañeros de trabajo.
Texto extraído de www.plumasdecaballo.com
El hombre de al lado, Mariano Cohn y Gastón Duprat, 2009
Título original: El hombre de al lado
Director: Mariano Cohn, Gastón Duprat
Guión: Mariano Cohn, Gastón Duprat
Fotografía: Mariano Cohn, Gastón Duprat
Música: Sergio Pangaro
País: Argentina
Año: 2009
Género: Drama. Comedia
Duración: 110 min.
Reparto: Rafael Spregelburd, Daniel Aráoz, Eugenia Alonso, Enrique Gagliesi, Inés Budassi, Lorenza Acuña, Eugenio Scopel, Debora Zanolli, Bárbara Hang, Ruben Guzman
La película narra un conflicto entre vecinos que parece no tener fin. Una simple pared medianera puede dividir dos mundos, dos maneras de vestir, de comer, de vivir. De un lado Leonardo (Rafael Spregelburd), fino y prestigioso diseñador que vive en una casa realizada por Le Corbusier. Del otro lado Víctor (Daniel Aráoz), vendedor de coches usados, vulgar, rústico y avasallador. Víctor decide hacer una ventana para tener más luz, y ahí empieza el problema: cada uno toma conciencia de la existencia del otro. (FILMAFFINITY)
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