miércoles, 24 de agosto de 2011

Los cuatrocientos golpes, François Truffaut, 1959


Título original: Les 400 coups
Dirección: François Truffaut
Producción: François Truffaut
Guión: François Truffaut
Fotografía: Henri Decae
Música: Jean Constantin
País: Francia
Año: 1959
Género: Drama
Duración: 94 min.
Reparto: Jean Pierre Léaud, Claire Maurier, Albert Rémy, Guy Decomble, Georges Flamant, Patrick Auffay


A sus doce años, Antoine Doinel se ve obligado no sólo a convivir con los problemas conyugales que sus padres no se atreven a afrontar, sino también a soportar las exigencias de un severo profesor. Un día, asustado porque no ha cumplido un castigo que el maestro le ha impuesto, decide hacer novillos con su amigo René. Inesperadamente, ve a su madre en compañía de otro hombre; la culpa y el miedo lo arrastran a una serie de mentiras y riñas que poco a poco van calando en su ánimo. Deseando dejar atrás todos sus problemas, sueña con conocer el mar y traza con René un plan para escaparse. (FILMAFFINITY)


Es de sobras conocido que Los cuatrocientos golpes ha pasado a la historia por ser uno de aquellos filmes que en 1959 dieron el pistoletazo de salida a eso tan difícil de definir conocido como Nouvelle Vague. Fue precisamente el festival de Cannes de ese año el que premiaría esta cinta de Truffaut y en el que se presentaría asimismo otra de las obras clave dentro de este "movimiento", Hiroshima mon amour, de Alain Resnais. Pero las obras decisivas en la historia del cine no lo son casi nunca sólo por sus valores intrínsecos, sino que se configuran en todos los casos como la punta del iceberg de una situación coyuntural que es siempre la suma de múltiples factores determinantes para el cambio. Así, aquellas películas de la Nouvelle Vague, no sólo se enmarcaron dentro de un espíritu de renovación que afectó a todo el cine europeo de la época, espíritu propiciado por el declive en esos años del cine norteamericano y que vería su plasmación en el florecimiento de los llamados Nuevos Cines —iniciados pocos años atrás con el Free Cinema inglés—, sino que también encontraría su sentido, a un nivel más local, en las diversas medidas proteccionistas que el mismo gobierno francés estaba llevando a cabo en su política cultural desde los primeros años de la década de los cincuenta. Este inteligente proteccionismo cinematográfico tuvo su punto culminante en la renovación de la Ley de Desarrollo del cine, vigente ya desde 1953, y que el recién nombrado ministro de Cultura, el ex-realizador André Malraux impulsó en 1959. La revisión legal, conocida como ley Pinay-Malraux, ponía la acentuación en el aumento de la promoción del cine francés con vistas a su exportación y en el refuerzo de las leyes de subvención y ayuda (1), hecho que favoreció especialmente a unos jóvenes realizadores que consiguieron renovar de arriba abajo el panorama artístico del cine francés de posguerra. Por otro lado, se potenciaron los premios a la renovación formal en los festivales, lo que explica el triunfo de Los cuatrocientos golpes en Cannes, así como el éxito también de los filmes de otros realizadores, entre ellos Claude Chabrol (Le beau Serge, 1958), Alain Resnais (L'année derniere à Marienbad, 1961), o Jean-Luc Godard (À bout de souffle, 1959).

Lo primero a lo que se hace alusión cuando se habla de Los cuatrocientos golpes es que se trata de una obra autobiográfica, hecho que el mismo Truffaut certificó, al menos parcialmente, en numerosas ocasiones. En la película hay ciertamente, si seguimos la descripción que los biógrafos han dado de la infancia y adolescencia del cineasta (2) muchos elementos compartidos con su vida, aunque en otros casos la exageración es no sólo evidente, sino reconocida por el mismo director: «Contrariamente a lo que se ha publicado en la prensa desde el festival de Cannes, Los cuatrocientos golpes no es un film autobiográfico. Uno no hace un film solo, y si yo solamente hubiera querido poner en escena mi adolescencia, no le habría pedido a Marcel Moussy que colaborara en el guión ni que redactara los diálogos. Si el joven Antoine Doinel se parece a veces al adolescente turbulento que fui, sus padres no se parecen en nada a los míos, que fueron excelentes.» Truffaut, contrariamente, declara en otra ocasión: «Tuve la infancia de Antoine Doinel (3) No había exageración en el film. De hecho, tengo la impresión de haber omitido cosas que podrían haber parecido inverosímiles.» (4). La conclusión que se extrae de estas afirmaciones aparentemente contradictorias es que la película plasma efectivamente muchas situaciones y hechos que vivió Truffaut en esos años de transición a la adolescencia, pero eso no exime que algunas de estas situaciones hayan sido exageradas u otras inventadas para servir más efectivamente a la narración fílmica. Quizás lo más importante en la película, aquello que conecta más directamente con la realidad del director es la visión que da sobre la institución familiar, un ente desestructurado en el que la figura materna es la que sale peor parada. Y esto no tiene nada de extraño, puesto que Truffaut pasó su infancia con su abuela, alejado de una madre que nunca se ocupó realmente de él y de un padre adoptivo que trató en su adolescencia de educarlo aun al riesgo de alejarlo más de su lado. La madre del Doinel cinematográfico —interpretada por Claire Maurier— es una mujer que no ha aprehendido su responsabilidad maternal, comportándose con su hijo casi como si de un extraño se tratase, dejando bien patente con su actitud distante y despreocupada hacia él que no está dispuesta a sacrificar su individualidad por esa dependencia afectiva que todo hijo demanda de su madre. Doinel quiere a sus padres, o más bien quiere a su padre —Albert Rémy—, una figura bastante patética que parece no darse cuenta o no pretenderlo de que su mujer le engaña y su hijo le necesita. Doinel descubre a su madre un día en la calle besándose con un desconocido —interpretado por el actor y realizador Jean Douchet, miembro también de la Nouvelle Vague —, en él se enfatiza entonces el desprecio hacia esa mujer por la cual se adivina en el fondo la tristeza de un amor que él siente como no correspondido. Doinel no le explica el hecho a su padre, entre él y su madre se crea entonces una especie de secreto compartido que Doinel prefiere no desvelar, aunque odia profundamente a su madre por ello. Esta aversión se resume en la patraña que el niño inventa ante el profesor Ducornet —Guy Decomble—, otro de los antagonistas del héroe Doinel, en este caso símbolo de la otra institución que ahoga las ansias de libertad del niño, para justificar su ausencia de la escuela. Doinel le dice al profesor que simplemente no asistió al colegio porque su madre había muerto. Este matricidio en la mente del joven Doinel, uno de los hechos que realmente sucedieron en la infancia del realizador francés, da muestra de la perfecta caracterización de un personaje a quien Truffaut consiguió dibujar magistralmente. Jean-Pierre Léaud interpretó desde niño el personaje de Antoine Doinel, por vez primera vez en este filme, y más tarde en Antoine et Colette (fragmento de L'amour à vingt ans, 1962), en la que Doinel vive su primera aventura amorosa; en Besos robados (Baisers volés, 1968), en la que conoce a su futura esposa; en Domicilio conyugal (Domicile conjugal, 1970), en la que ya casados, se muestran las primeras crisis de convivencia entre la pareja; y finalmente en El amor en fuga (L'amour en fuite, 1979), en la que Doinel/Truffaut, ya divorciado, hace una recapitulación de todo lo vivido mostrado en los anteriores filmes. Así pues, Doinel es el compañero de Truffaut a lo largo de toda su filmografía, su alter ego inseparable hasta el punto de llegar a una comunión pocas veces dada en el cine, no sólo entre el actor y el personaje, sino también entre este y el director. Pero de todas las etapas existenciales representadas por Léaud para su personaje/Truffaut, es la que corresponde a Los cuatrocientos golpes la que destila una mayor presencia del realizador en la piel del personaje. Como la mayoría de directores en sus primeras obras, Truffaut se sirve de su propia experiencia como materia prima para la elaboración de su relato, unos ingredientes valiosísimos que harán de su personaje una representación más o menos fiel del verdadero espíritu del realizador.


La transición de la infancia a la adolescencia fue uno de los temas que más trató Truffaut en su cine y cuyo interés justificó él mismo en muchos de sus escritos —Truffaut afirmaba que su preferencia por dirigir a niños antes que a adultos la descubrió ya en su cortometraje Les Mistons (1958), en el que un grupillo de niños se dedican a hacerle la vida imposible a una pareja de enamorados—. Este fue el tema central no sólo de estos dos filmes, sino también de El pequeño salvaje (L'enfant sauvage, 1970) y La piel dura (L'argent de poche, 1976). Truffaut habló en muchos de sus escritos sobre esta preferencia temática en su cine, reconociendo en algún caso la importancia de sus propias vivencias existenciales al respecto: «Si yo he escogido expresar la soledad de un niño (refiriéndose a 'Les quatre cent coups') es porque no me encuentro muy lejos de mi infancia; todavía soy sensible a la verdad del niño y sé lo que es» (5). Para Truffaut, los cuatrocientos golpes son aquellos que recibe el niño-adolescente durante este difícil período conocido con el nombre de "crisis juvenil", caracterizado por el destete afectivo, el despertar a la pubertad, el deseo de independencia y el sentimiento de inferioridad , las respuestas a un mundo injusto que obliga a despabilarse a base de golpes (6). Pese a este aparente tono pesimista en el retrato de la adolescencia, Truffaut nunca recurrió en su cine a la nostalgia o al dramatismo en las situaciones mostradas. Así, y refiriéndonos al personaje de Doinel, éste no se muestra en ningún caso como un pobre niño desgraciado, sino que sus correrías se siguen sin enfatizar la carga dramática que su soledad podría aportar en un relato más trágico. Antoine es un niño mentiroso y rebelde, pero no posee malicia en sus actos, que incluso se pueden ver en algún caso cargados de buenas intenciones, como cuando prepara lenta y obedientemente en su casa la mesa para la cena. La infancia del niño explica el carácter posterior del Doinel adulto —cuya interpretación de Jean-Pierre Léaud es tan efectiva y memorable como particular por su extrañeza—, un hombre introvertido y de carácter inescrutable, mentiroso, egoísta y manipulador a través de sus encantos, aunque en el fondo con un gran corazón, buena voluntad y una necesidad de aprobación y afecto por parte de aquellos a los que él ama.

A excepción de algún momento del filme en el que Truffaut se dejó llevar por la enfatización de una nostalgia explícita, como ese memorable final con Doinel caminando sobre la playa, dejando abiertas todas las probabilidades hacia un futuro que permanece del todo incierto, la sobriedad de exposición caracteriza toda la cinta, una sobriedad que aún imprime más poesía y sentimiento en la historia del niño que la que hubiera supuesto un dramatismo mayor de las situaciones. No en vano, Truffaut consideraba mucho más poética la exposición de la infancia a través de los hechos y actitudes triviales que realizan los niños —en Les Mistons el grupo de chavales comete gamberradas de manera inocente y con una falta absoluta de afectación que no hace más que plasmar el difícil trance a la adolescencia— que no por medio de un artificial elemento poético en sí mismo: «Como los niños ya traen 'automáticamente' consigo la poesía, creo que se ha de evitar introducir elementos poéticos en una película infantil, para que la poesía nazca de sí misma, como algo más, como un resultado y no como un medio, ni incluso como un objetivo que alcanzar» (7). Es quizás esta poesía indirecta, nacida de la realidad y no metáfora de ella la que convierte a Los cuatrocientos golpes en un film tan especial, dentro y fuera de la filmografía de Truffaut. Independientemente de que en la película se plasmen situaciones que conoció el director de primera mano, como además de las que ya se han mencionado, el internamiento por parte de sus padres en un correccional de Villejuif a la edad de catorce años, el hurto de carteles cinematográficos de Doinel junto a su compañero de batallas René (Patrick Auffay) o el robo de la máquina de escribir en la fábrica de su padre, lo verdaderamente interesante en el filme es la visión global que Truffaut da sobre la adolescencia, en ningún momento nostálgica, sino sólo el retrato de una etapa difícil que todo ser humano ha de pasar.

Los cuatrocientos golpes se configura como una obra clave dentro de la Nouvelle Vague aunque no tanto por el estilo visual que imprime Truffaut. Éste, a diferencia de otros realizadores coetáneos como Godard, era poco transgresor visualmente hablando y sólo destacaba en oposición al clasicismo formal en la utilización de una cámara nerviosa y en la grabación de numerosas escenas en exteriores —curiosamente, la ciudad del filme no aparece como el París de finales de la década de los cincuenta, sino que se asemeja más a ese otro que vivió Truffaut en los años cuarenta—. Truffaut innovó en el aspecto temático, al realizar una obra biográfica, al tratar la historia de una manera realista exenta de sentimentalismo, al cuestionar la familia y las instituciones educativas. Por otro lado, su film también rompió con el concepto clasicista de conclusión del relato de manera cerrada y positiva, con ese final ya comentado de Doinel ante el mar, así como en la introducción de referencias al mundo del cine, aspecto este que sería una norma común en numerosos realizadores de esta nueva ola. En Los cuatrocientos golpes, se adivina un sincero homenaje de Truffaut hacia la película de Jean Vigo Cero de conducta (Zéro de conduite, 1933), una exquisita obra que narra las peripecias de un grupillo de estudiantes rebeldes en una institución educativa de valor más que discutible, en la que se tratará en vano de encarrilar su educación. Vigo fue uno de los directores más admirados por Truffaut, y uno de los pocos, entre los que también estaban Bresson o Renoir, que él y sus compañeros de crítica rescataron de la lapidación que realizaron contra el cine francés anterior a ellos. Otras referencias al mundo del cine incluyen la cita visual a la película que los niños contemplan, que no es otra que el Paris nous appartient de Jacques Rivette, que en aquel entonces aún no se había acabado y que produjo Truffaut además de aparecer en el reparto junto a Godard, Demy y el mismo Rivette; en relación a esto, también se alude en Los cuatrocientos golpes al mundo del cine con la aparición de directores y actores en la película, no sólo el ya comentado papel del amante de la madre interpretado por Jean Douchet, sino también la colaboración de Jeanne Moreau como figurante, o la misma de Truffaut, quien, como su admirado Hitchcock y quizás en imitación suya, realizaba continuos cameos cuando no interpretaba a ningún personaje en sus filmes.

Dedicada a su maestro y mentor André Bazin, Los cuatrocientos golpes marcó un antes y un después en la trayectoria del nuevo cine europeo. Los años han provocado su transformación de película ruptural en obra decisiva en la historia de este arte. Obra maestra de un director que quizás mostraría en conjunto más destreza con el papel que con la cámara —pese a contar en su filmografía con un grupo de obras memorables que destacan sobre el resto, Truffaut fue un director bastante irregular en su trayectoria— Los cuatrocientos golpes quedará en el recuerdo como una de las películas más significativas del cambio que supuso la Nouvelle Vague en todo el cine moderno. Erigida e interpretada como una protesta del director ante una sociedad indiferente con el drama humano (8). Los cuatrocientos golpes justifica la atracción que ejerce sobre el espectador en la honestidad y sinceridad que destila cada uno de sus planos, en el cariño evidente que Truffaut dedica hacia una obra en la que se desnuda la etapa más vulnerable e inocente, pero también cruel y solitaria de su propia vida, extensiva por lo demás a todos nosotros por lo que del joven Doinel conservamos en nuestro interior.

(1) TORREIRO, Casimiro, El estado asistencial, "De Gaulle y Malraux: La Nouvelle Vague", dentro de "Historia General del cine, Vol. XI", Ed. Cátedra, Madrid 1995, p. 52.
(2) Por ejemplo, la biografía escrita por BAECQUE, Antoine de y TOUBIANA, Serge: François Truffaut , Ed. Gallimard, Col. Folio, 1996.
(3) Cita reproducida en Diccionario Truffaut, recopilación de temas y declaraciones de François Truffaut, NICKELODEON nº 12, otoño de 1998, p. 201.
(4) Ibíd., p. 201.
(5) TRUFFAUT, François Cinéma, univers de l'absence ?, 1960, recogido en El placer de la mirada. Ed. Paidós, Barcelona 2002 (1a ed. 1987), p. 21.
(6) Ibíd., p. 25.
(7) Ibíd., p. 34.
(8) SANCHEZ Noriega, José Luis, Historia del cine, teoría y géneros cinematográficos, fotografía y televisión , Alianza Editorial, Madrid, 2002, p. 442.

Susanna Farré (Miradas)


«En septiembre de 1958 puse un anuncio en el periódico France-Soir con el fin de encontrar un chaval de 13 años que representara al héroe de Los 400 golpes. Se presentaron unos sesenta niños y les hice pruebas en dieciséis milímetros a todos; me limité a hacerles preguntas sencillas, con la intención de encontrar un parecido más moral que físico con el niño que yo creía haber sido.

Muchos niños habían venido por curiosidad o empujados por sus padres. Jean-Pierre Léaud era diferente de ellos; él quería el papel con todas sus fuerzas; se esforzaba en parecer relajado y bromista, pero en realidad estaba terriblemente nervioso y de este primer encuentro me llevé una impresión de ansiedad e intensidad.

Continué con las pruebas el jueves siguiente; Jean-Pierre Léaud se diferenciaba claramente del grupo y en seguida decidí darle el papel de Antoine Doinel… Jean-Pierre Léaud, que en aquel momento era menos socarrón que Antoine Doinel, que todo lo hace a escondidas, que finge estar siempre sometido para acabar solamente lo que él quiere.

Jean-Pierre era, al igual que Doinel, solitario, antisocial y rebelde, pero, como adolescente, tenía mejor salud y a menudo se mostraba desvergonzado. En su primera prueba, dijo delante de la cámara: “Por lo visto buscas a un chico bromista, y aquí me tienes”…

Cuando empecé el rodaje de la película, Jean-Pierre Léaud se convirtió en uno de los más preciados colaboradores de Los 400 golpes. Espontáneamente, encontraba los gestos adecuados, rectificaba el texto cuando era necesario, y yo le animaba a utilizar palabras de su vocabulario. Observábamos las primeras pruebas en una pequeña sala que tenía quince o veinte butacas y, por eso ¡Jean-Pierre creía que la película nunca sería proyectada en las grandes salas de cine normales! Cuando vio acabada la película Jean-Pierre, que no había dejado de reírse durante todo el rodaje, prorrumpió en sollozos. Reconoció un poco su propia historia detrás de esa historia que había sido la mía.»

Febrero de 1971
Prefacio de las Aventures d'Antoine Doinel
Éditions Mercure de France



martes, 23 de agosto de 2011

Antonio López

Una pequeña aproximación a la obra del pintor Antonio López.

 


Imágenes tomadas de Ciudad de la Pintura

El sol del membrillo, Víctor Erice, 1992


Título original: El sol del membrillo
Director: Víctor Erice
Guión: Víctor Erice
Fotografía: Javier Aguirresarobe & Ángel Luis Fernández
Música: Pascal Gaigne
País: España
Año: 1992
Género: Documental
Duración: 139 min.



Ésta es la historia de un artista (Antonio López) que trata de pintar, durante la época de maduración de sus frutos, un árbol —un membrillero— que hace tiempo plantó en el jardín de la casa que ahora le sirve de estudio. A lo largo de su vida, casi como una necesidad, el pintor ha trabajado sobre el mismo tema en muchas ocasiones. Cada año, con la llegada del otoño, esa necesidad se renueva. Lo que el artista no ha hecho nunca en su pintura del árbol es introducir entre sus hojas los rayos del sol. Desde el estilo que le es propio —un estilo que parte de la exactitud— esa tentativa posee una gran dificultad, se revela, según las circunstancias, casi como una imposibilidad. En esta ocasión decide afrontarla. Pero lo hace como es habitual en él, con una tensión razonable, sin perseguir siquiera el acabado del cuadro, sin otro afán que permanecer unas semanas junto al frágil y generoso árbol. La película da cuenta de esta experiencia y, a la vez, de todo aquello (el paso de los días, la rutina cotidiana de personas y cosas...) que gravitan sobre esa casa y ese jardín. Un espacio y un tiempo —otoño de 1990— donde el artista trabaja y los frutos del árbol llegan al momento de su máximo esplendor. Cuando el invierno empieza a anunciar su llegada, los membrillos maduros, al caer de las ramas, ponen punto final a la labor del pintor, iniciando en tierra el proceso de su descomposición. Es entonces cuando, en la noche, el pintor nos cuenta un sueño. (FILMAFFINITY)

Víctor Erice deja transcurrir años entre obra y obra. Pero cada vez que las da a conocer nos sorprende. Incorporadas a la historia del cine, El espíritu de la colmena y El Sur son filmes singulares y representativos, no sólo de la trayectoria de su realizador, sino de una época de España. Íntimas y cálidas son, sin embargo, muy fuertes. Su última obra, El sol del membrillo fue exhibida ante el imperturbable desinterés de los distribuidores, que no la han considerado lo suficiente comercial.

Imagen enmarcada en otra imagen, dos seres, dos creadores ansiosos por suspender la vida, por capturarla y ofrendarla. Así, Antonio López –reconocido pintor español– es el sujeto filmado por Víctor Erice. A su vez, Antonio López escoge otro sujeto para inmortalizar, el membrillo que ha sembrado hace años en el patio de su casa.

Construida como un documental, en el que los personajes se representan a sí mismos y las acciones filmadas son las que ellos realizan, la película de Erice va más allá del clásico género para coquetear con la ficción, ofreciéndonos un producto diferente a los que como espectadores estamos acostumbrados a percibir.

La cámara registra los preparativos del lienzo, el entorno familiar, los amigos, los albañiles, los ruidos del vecindario... El detenimiento de Erice en el detalle nos permite seguir cada uno de los pasos. La mirada acuciosa, la elección del ángulo, la demarcación del espacio. Pinceladas sobre los frutos, sobre los muros, determinan marcas precisas a los ojos del pintor. La extensión de líneas y el uso de la plomada servirán para resolver los trazos que le darán equilibrio al modelo y permitirán plasmarlo casi con equivalencia en la tela.


Antonio López desarrolla un ritmo que busca el encierro del modelo en límites precisos, la ubicación de la mirada que queda presa entre los cordeles que encierran el árbol, así como el ángulo de visión determinado por la posición de los pies, fijos al suelo, que movilizan el cuerpo férreamente.

El membrillo en otoño le debe su iluminación a fugaces rayos solares que López intenta perpetuar. Así, Erice nos ofrece una dulce lucha entre el pintor y el paso del tiempo que amenaza con quitarle la posibilidad de concretar su obra. López sigue diariamente una realidad concreta. La maduración de los frutos, futura muerte, estableciéndose así una relación intimista con esa muerte, a la que desafía cotidianamente para ganarle en el transcurrir del tiempo.

Cine y pintura se plantean como vehículo ante la necesidad de mostrar una doble realidad: la del árbol frutal, la del pintor frente a su obra. Lucha sutil ante lo inexorable, visible en el proceso de maduración del árbol, imperceptible en el envejecimiento del hombre. Esfuerzo por captar un momento. La pintura detiene la vida. El cine le agrega movimiento. Sin embargo, ese movimiento es el que nos entrega la realidad de lo perecedero, de ese transcurrir que promete la muerte a los seres vivos.

Partiendo de una necesidad similar –la intención de capturar un instante de vida– el cine y la pintura nos ofrecen dos situaciones contrastantes. La pintura expresa el momento de mayor esplendor del membrillo. El cine nos ofrece su decadencia. Así mismo, el cine nos permite espiar la impotencia del pintor, quien frente al paso del tiempo y a las inclemencias del clima, se ve limitado a pintar un modelo sin lograrlo realmente.

Los sonidos ambientales que responden al día de la semana que transcurre –domingos apacibles, lunes ruidosos–, así como las noticias narradas por el radiorreceptor, nos ayudan a enmarcar, desde el cine, al pintor y a su modelo. Es un entorno real, histórico, documental. Sin embargo, las visitas que López recibe mientras pinta, las conversaciones con los albañiles extranjeros, han sido previstas en un guión, detalle necesario para entender el coqueteo de Erice con un género ambiguo que se balancea entre documental y ficción.

La sencillez de la película se apoya en el desarrollo cronológico, el ritmo pausado, demorado en la observación y enriquecido a través de sobreimpresiones elípticas y fundidos a blanco puntuales. El sol del membrillo cuenta con un orden consciente, en el que están claramente delimitados los roles de la pintura y del cine. Erice plantea un discurso honesto, en el que hay un compromiso frente a la realidad. Tanto a la ofrecida por el membrillo al pintor, así como la del pintor frente a la cámara cinematográfica, obteniendo el espectador una experiencia lúcida, en la que ambas realidades se conjugan ante sus ojos.

Liliana Sáez (kinephilos)


"La idea que sustenta este proyecto cinematográfico es muy sencilla. Consiste, sobre todo, en la captación de un acontecimiento real: la pintura y el dibujo de un árbol. A propósito de este hecho, algunas de las cuestiones más elementales que, de manera inmediata, se pueden plantear son las siguientes: quién es el artista, qué es lo que pinta, y cómo lo hace.La película ofrece pronta respuesta a estas demandas: el artista se llama Antonio López, y pinta con un estilo que, basado en la exactitud, puede denominarse realista un membrillero que ha plantado en su jardín. Pero lo hace, y éste es un detalle fundamental, ante un equipo de cine, provisto de una cámara y un magnetófono, que trata de recoger las imágenes y los sonidos de este suceso. Es así como, en este caso, la pintura y el cine entran en relación. Una relación que aquí supone la renuncia explícita a cualquier forma previa de fabulación y dramaturgia, incluso a la que podría elaborarse a partir de los datos más significativos de una biografía. Pero que, además, igualmente prescinde del ejemplo, ya tradicional, que constituyen los denominados documentales de Arte; es decir, aquellas películas que utilizan la obra pictórica para los fines de una síntesis cinematográfica.
Especie de diario elaborado a partir de la captación directa de los hechos (todas las personas que aparecen en las imágenes se representan a sí mismas, y lo que dicen les pertenece), El sol del membrillo trata, más bien, de buscar una relación menos evidente entre la pintura y el cine, observados ambos en lo que tienen de instrumento de captura de lo real; es decir, como formas distintas de llegar al conocimiento de una posible verdad.
A lo largo de este siglo, los pintores y los cineastas no han dejado de observarse, quizás porque han tenido, y siguen teniendo, más de un sueño en común -entre otros, capturar la luz-, pero, sobre todo, porque su trabajo obedece, como señaló André Bazin, a un mismo impulso mítico: la necesidad original de superar el tiempo mediante la perennidad de la forma; el deseo, totalmente psicológico, de reemplazar el mundo exterior por su doble. La fotografía primero, y el cine después, explican en cierto modo algunos de los aspectos más sustantivos de la evolución de la pintura moderna. Con su aparición, estas dos invenciones provocaron una mutación profunda del estatuto de la imagen, de su producción y consumo, que se ha extendido hasta nuestros días. Ampliando extraordinariamente el horizonte de esa mutación, la televisión y el vídeo han tomado el relevo precipitando la crisis del cine, su conciencia de la propia caducidad. Acaso por todo esto, la pintura y el cine contemporáneos transitan por más de un territorio común, compartiendo incluso parecidas frustraciones y esperanzas. Porque en un momento como el presente, en el que la inflación audiovisual ha llegado a extremos inimaginables, la cuestión que se impone, más que nunca, es la siguiente: cómo hacer visible pintar, filmar una imagen."
Víctor Erice

lunes, 22 de agosto de 2011

Cuentos de la luna pálida de agosto, Kenji Mizoguchi, 1953


Título original: Ugetsu monogatari
Director: Kenji Mizoguchi
Guión: Matsutaro Kawaguchi & Giren Yoda
Fotografía: Kazuo Miyagawa
Música: Fumio Hayasaka
País: Japón
Año: 1953
Género: Drama
Duración: 96 min.
Reparto: Machiko Kyo, Mitsuko Mito, Kinuyo Tanaka, Masayuki Mori, Sakae Ozawa



Basada en una leyenda del siglo XVI, narra la historia de dos ambiciosos campesinos que abandonan a sus familias para buscar el poder, la fama y la riqueza. Junto a "La vida de O-Haru, mujer galante", la obra maestra del Mizoguchi. (FILMAFFINITY)


Ugetsu Monogatari es un film bello y misterioso: una historia habitada por fantasmas tremendamente humanos, un fresco social que toma como marco las guerras que asolaron Japón a finales del siglo XVI, y un cuento moral sobre los peligros de la ambición. Mizoguchi vuelca el saber de más de treinta años de carrera en una película donde todas estas facetas conviven sin estridencias, gracias a una atmósfera ciertamente peculiar donde las luces y las sombras juegan a su antojo y la naturaleza nos habla con rumoroso sigilo, desvaneciéndose entre las brumas.

La magistral secuencia del cruce por el río servirá al director de trampolín para adentrarnos en un mundo de borrosos confines donde la belleza siniestra del paisaje sirve de presagio fatalista para el cruel destino de esta família. Así mismo sucede con el canto femenino que acompaña a las imágenes y que volveremos a escuchar después, como tema del baile de Lady Wakasa. El plano en leve contrapicado de Ohama, remando por unas aguas cristalinas que brillan bajo la pálida luz de la luna y el de la barca que aparece de repente entre la niebla, como si de una visión se tratara, poseen un magnetismo altamente expresivo, producto del eficaz trabajo del realizador japonés sobre un resbaladizo terreno donde lo enigmático y lo bello se dan la mano.

Sirviéndose del plano secuencia y de movimientos de cámara lentos y sinuosos -que incluso le permiten enlazar distintos travellings sin que apenas se note la sutura- Mizoguchi traza un sugerente mapa de los escenarios de su película. El sentido trascendental que este realizador otorga al aspecto formal encuentra un significativo ejemplo en la secuencia en que Genjuro y la princesa Wakasa están tomando un baño. Mizoguchi decidirá dejar en off sus aventuras amorosas y la cámara se deslizará lateralmente, mediante un largo y deslumbrante travelling, hasta que volvamos a encontrarnos con los personajes sentados sobre una estora, en la hierba. Este movimiento sin cortes no sólo pone en duda la esfera temporal en la que se mueve el film, también sugiere la idea de que el reino de esta misteriosa princesa pertenece a otra dimensión. Por otro lado, aquí encontramos además una buena muestra de ese pudor -al que Serge Daney ya dedicó interesantes reflexiones- tan característico del cineasta quien, como consecuencia lógica de esto, también optará por dejar fuera de campo casi todas las escenas violentas del film.



El tratamiento de la luz, unas veces naturalista, otras fantasmagórica e irreal, se convertirá en un macabro teatro de sombras en el tramo que tiene lugar en los aposentos de la princesa, donde la progresiva vampirización que ésta ejerce sobre Genjuro se llevará a cabo entre inquietantes penumbras. También en las escenas filmadas desde dentro de las casas y especialmente en la del puesto de armaduras, donde el marco de la puerta traza el límite entre los oscuros interiores y el brillante paisaje que se extiende al otro lado, la iluminación cobrará especial protagonismo al propiciar la visión del protagonista.

La arquitectura de las construcciones japonesas y las líneas geómetricas que esconde la naturaleza serán tratadas con exquisito gusto visual por Mizoguchi que las utilizará para reforzar sus trabajados encuadres, obteniendo composiciones extremadamente complejas que juegan constantemente con los volumenes de los objetos y con la profundidad de campo. Las secuencias con multitudes son las más espectaculares en este sentido, pero también momentos más íntimos consiguen beneficiarase de esa fuerza (la escena en que Genjuro y su esposa trabajan la arcilla mientras suena unan unos timbales como motivo musical de la obsesión del marido).

En el último pasaje de la película -y uno de los más hermosos-, el pequeño Genichi, precoz e intuitivo conocedor de las terribles consecuencias de la guerra y de los extraños caminos del espíritu, arreglará las flores que crecen junto a la sepultura de su madre y nutrirá el alma de ésta echando sobre la tierra un plato de comida. Ugetsu Monogatari, oda a la família y a la mujer -de cuya capacidad de sacrificio Mizoguchi dejará constancia en estremecedores retratos- permite vislumbrar la esperanza de una vida eterna al final de un túnel de crueldad y dolor, más allá de la muerte física, y de la niebla.


La boda de mi mejor amiga, Paul Feig, 2011


Título original: Bridesmaids
Director: Paul Feig
Guión: Kristen Wiig, Annie Mumolo
Fotografía: Robert D. Yeoman
Música: Michael Andrews
País: Estados Unidos
Año: 2011
Género: Comedia
Duración: 128 min.
Reparto: Kristen Wiig, Maya Rudolph, Rose Byrne, Jon Hamm, Melissa McCarthy, Ellie Kemper, Chris O'Dowd, Matt Lucas, Jill Clayburgh, Johnny Yong Bosch



Annie (Kristen Wiig) es una treintañera soltera del Medio Oeste, con una vida sentimental más bien precaria, a la que Lilliam, su mejor amiga (Maya Rudolph), le pide que sea su dama de honor. Sin embargo, aunque nunca ha ejercido esa función, la pobre se esfuerza por dárselas de snob en la fiesta anterior a la boda. Mientras tanto, otra amiga de Lillian (Rose Byrne) hará todo lo posible por arrebatarle el papel a la inexperta Annie. (FILMAFFINITY)



"'Bridesmaids' es desternillantemente divertida, una sucesión adrenalítica de gags de slapstick e histeria verbal" (Colin Covert: Minneapolis Star Tribune )
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"Al igual que Apatow redefinió a los hombres de una manera más realista, Wiig puede cambiar la manera en que Hollywood retrata a las mujeres. Ella y la igualmente maravillosa Rudolph entregan un antídoto perfecto a los personajes de plástico de las habituales comedias románticas (...) Puntuación: *** (sobre 5)" (Elizabeth Weitzman: New York Daily News)
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"['Bridesmaids'] demuestra definitivamente que las mujeres son iguales a los hombres en vulgaridad, franqueza sexual, lujuria, vulnerabilidad, excesos alcohólicos e inseguridad (...) Puntuación: ***1/2 (sobre 4)" (Roger Ebert: Chicago Sun-Times)
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"Kristen Wiig es una indiscutible diosa de la comedia (...) Puntuación: *** (sobre 4)" (Peter Travers: Rolling Stone)
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"Es en parte una comedia de terrores matrimoniales vista desde la perspectiva de una dama de honor soltera (...) Es también una explosiva comedia de trazo grueso de la factoría de gags de Judd Apatow (...) Puntuación: *** (sobre 4)" (Carrie Rickey: Philadelphia Inquirer)
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"La película posee un metraje tan excesivo como el resto de los productos Apatow, pero, en este caso, un servidor confiesa que podría haberse pasado otras dos horas más (ad)mirando la gran musculatura cómica de la Wiig" (Jordi Costa: Diario El País)
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"Funciona como un adecuado correctivo de todas esas azucaradas comedias románticas sobre noviazgos y matrimonios (...) Puntuación: **** (sobre 5)" (Nando Salvá: Diario El Periódico)
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"La excelente construcción de algunas secuencias cómicas siempre está al servicio de la historia (...) Incluso la perspectiva de una relación amorosa está tratada desde una sanísima distancia irónica" (Sergi Sánchez: Diario La Razón)
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"El personaje de la gran Kristen Wiig es un manantial de gags que, oh sorpresa, no encaja en ningún arquetipo femenino de comedia previo. Y que acredita a Wiig, poseedora de varios registros, como una de las grandes cómicas de la actualidad" (Joan Pons: Fotogramas)
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"El filme es altamente irregular, pero contiene diálogos ocurrentes, vierte una sana mala uva sobre las hipocresías y las apariencias y encuentra sus mejores bazas en las composiciones de las actrices, todas chispeantes (...) Puntuación: *** (sobre 4)" (Jordi Batlle Caminal: Diario La Vanguardia)
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Nueva película de la factoría Apatow (Virgen a los 40, Supersalidos). Logró tanto éxito en la taquilla en USA (+165 millones de dólares) que se ha convertido en la que más ha recaudado de toda la productora Apatow Productions. (FILMAFFINITY)

viernes, 19 de agosto de 2011

Más historias de Lisboa


¿Sin la locura, qué es el hombre
sino una bestia de sandez,
cadáver aplazado que procrea?
Fernando Pessoa

Todavía conservo en mis pupilas las imágenes del último viaje a Lisboa y, mientras espero tu regreso, fantaseo con la idea de que esas mismas imágenes estén pasando ahora por delante de tu mirada.

Lisboa Story (Historias de Lisboa), Wim Winders, 1995


Título original: Lisbon Story
Director: Wim Winders
Guión: Wim Winders
Fotografía: Lisa Rinzler
Música: Madredeus & Jürgen Knieper
País: Portugal
Año: 1995
Género: Drama
Duración: 100 min.
Reparto: Rüdiger Vogler, Patrick Bauchau, Teresa Salgueiro, Vasco Sequeira, Manoel de Oliveira


Un cineasta alemán (Patrick Bauchau) pide a un amigo, técnico de sonido, (Rüdiger Vogler) que se reúna con él en Lisboa. Cuando éste llega, el director ha desaparecido, dejando unas cintas con imágenes pero sin sonido. El técnico recorre incansablemente las calles de Lisboa, grabando los sonidos del casco viejo de la ciudad para completar las imágenes grabadas por su amigo. (FILMAFFINITY)


Philipp Winter, ingeniero de sonido, viaja desde Alemania hasta Lisboa acudiendo al llamado de su amigo Friedrich para realizar el montaje sonoro de su última película. Al llegar a su destino, luego de un accidentado viaje, descubre que su amigo ha desaparecido dejando inconclusa su película, solo imágenes mudas de las calles de Lisboa, personajes y escenas retratados con nostalgia a la manera de Buster Keaton en El camarógrafo. Decidido a encontrar a su amigo y terminar la película, Winter se lanza, micrófono en mano, a la búsqueda de Friedrich y de sonidos, un recorrido fascinante por la capital portuguesa.


Wim Wenders (Düsseldorf, 1945) recurre nuevamente al estilo de sus Road Movies para esta cinta, desde sus escenas iniciales hasta el recorrido de Winter por las calles de Lisboa, sin embargo, a diferencia de anteriores películas, la historia ocurre completamente en una ciudad, pero esta cuestión formal no es importante en comparación con otros motivos de la película, motivos totalmente personales para el director.


La historia tiene su origen en la fascinación de Wenders por Lisboa, (anteriormente había filmado en Portugal su cinta El estado de las cosas) y personajes relacionados con esta ciudad, como el cineasta Manoel de Oliveira o el grupo Madredeus. Sin un guión realizado, Wenders se había propuesto hacer una película en y sobre Lisboa, pero no fue sino hasta el encuentro con Madredeus cuando supo que debería escribir una historia para su música que además incluyera al grupo. El resultado es una película sencilla pero a la vez cálida y sensible, un recorrido por las calles y lugares de una ciudad mágica y nostálgica (Fernando Pessoa incluido), que además, sirve para un discurso de Wenders sobre la pureza de las imágenes y el cine.

Historia de Lisboa es una invitación a descubrir, junto con Winter, recolector de sonidos, una ciudad donde "a plena luz, incluso los sonidos brillan".