miércoles, 7 de septiembre de 2011

Bailar en la oscuridad, Lars von Trier, 2000


Título original: Dancer in the Dark
Director: Lars von Trier
Guión: Lars von Trier
Fotografía: Robby Müller
Música: Björk
Producción: Coproducción Dinamarca-Alemania-Holanda-Italia-EEUU-Reino Unido-Francia-Suecia-Finlandia-Islandia-Noruega; Fine Line Features / Zentropa Entertainments4 / Trust Film Svenka / Liberator Production / Film I Väst
País: Dinamarca
Año: 2000
Género: Drama. Musical
Duración: 140 min.
Reparto: Björk, Catherine Deneuve, David Morse, Peter Stormare, Jean-Marc Barr, Joel Grey, Udo Kier, Vincent Paterson, Cara Seymour, Vladica Kostic, Siobhan Fallon, Zeljko Ivanek, Jens Albinus


Selma es una emigrante checa en los Estados Unidos. El año, 1964. Selma trabaja incansablemente, a menudo haciendo turnos de noche y de día en una fábrica para ahorrar; necesita el dinero para salvar a su hijo Gene mediante una operación que le curará de una enfermedad hereditaria que ella le ha transmitido y que inevitablemente le llevará a la ceguera. Tras sus gruesas gafas Selma tiene ya serias dificultades para ver y trabajar con seguridad, pero ese es su secreto, por nada del mundo quiere perder su trabajo. La medio ciega Selma adora el cine, especialmente los viejos musicales de Hollywood. En los momentos en que se siente fuerte, Selma cree estar viviendo ella misma en un musical. Kathy, su compañera de trabajo y vecina es su mejor amiga y conoce su secreto. Kathy la acompaña al cine y le describe las secuencias de los musicales que ya no puede ver. También están sus caseros, Linda y su marido Bill son buenas personas, amables con Selma; Pero Bill está arruinado; lo ha perdido todo y no se atreve a confesarlo a su mujer por miedo a perderla. Bill descubre el lugar donde Selma guarda sus ahorros para la operación de su hijo y los roba. Cuando Selma se lo reclama, ambos forcejean con la pistola del policía, que morirá de un disparo… nadie creerá que Selma no es una asesina.


Reducida a sinopsis la historia de Bailar en la Oscuridad puede asemejar la de un culebrón o uno de aquellos arrebatados dramones de la etapa mexicana de Buñuel, pero esta película de sentimentalidad arrebatada es un milagro porque es obra de uno de los directores realmente revolucionarios que aún quedan en el séptimo arte, el danés Lars Von Trier, y lejos de cualquier exceso, Bailar en la oscuridad es sobrecogedora, emocionante, un prodigio artístico de deslumbrante genialidad e insoportable dolor. Bailar en la Oscuridad cierra la trilogía llamada Corazón de Oro y si en su anterior entrega, la maravillosa Rompiendo las Olas, Lars von Trier reflexionaba sobre el concepto del milagro en la lucha de una mujer contra la intolerancia y la incomprensión, aquí el milagro es la protagonista en sí misma, Selma, uno de los grandes personajes femeninos de la historia del cine, que una no-actriz, la cantante Björk eleva a alturas siderales con su no-interpretación, capaz de emocionar al espectador hasta casi lo insoportable.

Como la Bess de Rompiendo las Olas y la Karen de Los Idiotas, esta Selma de Bailar en la Oscuridad tiene una razón para inmolarse, para sufrir hasta lo indecible, el sacrificio por su hijo que la eleva por encima de lo humano, hacia una forma de santidad se diría si tenemos en cuenta la devoción de Von Trier por el cine religioso de Carl Dreyer. Selma es fruto de la impagable entrega de Björk, que sufrió lo indecible y discutió atrozmente con el director intentando ambos hacer de ella no un personaje a interpretar, sino una piel que encarnar. Una piel azorada por su creador, desgarrada por su destino y maltratada por la vida. Björk no interpreta, padece. Y nosotros con ella.


Es mucha la osadía formal desplegada en esta película, los recursos y estilos contradictorios: melodrama escalofriante, realismo sucio, musical pobre… Estamos ante la reinvención de la gramática del cine. Y estamos ante un desafío en toda regla a la ideología fílmica del propio cineasta, que goza traicionando sus propios principios. Es la obra del director más destacado de cuantos desde Dinamarca promovieron el manifiesto Dogma 95, la más radical reducción del cine a su mínima esencia. El voto de castidad de Dogma 95, que ha dado lugar a muchas obras menores, pero también a genialidades como Mifune, Los Idiotas y Celebración, prohibía emplear iluminación y música añadidas, escenas de violencia con armas, flashbacks y hasta la firma del director. Como Moisés ante el Becerro de Oro, Von Trier en Bailar en la Oscuridad rompe sus Tablas de la Ley. Hace nada menos que un musical, aunque un musical con sus propias reglas, de todo menos convencional. Como ocurre con cualquier película de las que cambian la historia del cine, ésta también despierta odios viscerales en la crítica más carca, ésa que reniega de todo lo que sobrepase el canon que consideran inmutable, ésa que piensa que el cine ya está inventado y pontifica con suficiencia que cualquier innovación es un capricho de modernos deseosos de epatar. Ellos se lo pierden.

Pero la ruptura con el Dogma no es completa. Ese naturalismo radical está en las secuencias de vida cotidiana protagonizadas por Selma. Sin embargo Lars Von Trier decide que la magia del cine está para utilizarla. Emplea cámara digital para aumentar la sensación de cotidianeidad en la primera parte y acrecentar la sordidez de la vida en prisión en la segunda. Pero los números musicales están filmados con cien cámaras a la vez, reservando una fotografía nítida y brillante a los sueños coreografiados de Selma. Es una coreografía mucho más austera que la de los clásicos musicales norteamericanos, pero original y hermosa, en particular en el número del tren de la canción I’ve seen It All.

La película evoluciona al ritmo marcado por Björk, autora de una banda sonora que une atrozmente drama y melodía en su tercio final, escalofriante en 107 Steps cuando se cuentan y cantan los ciento siete pasos que separan la celda de Selma del patíbulo. En la música hallamos la clave: Selma contra la vida. Hasta el final Selma proyecta en su escenario vital lo que dicta su corazón: musicales al ritmo de los ruidos de la vida. La vida responde sin piedad.


Selma es un personaje dickensiano. Tiene una vida desgraciada y la inmensa bondad que desprende es aprovechada por sus prójimos para su propio beneficio. Pese a todo, es feliz soñando despierta. Cómo madre sólo vive para su gran obra, a la que siempre va a amar incondicionalmente, y por su hijo se expone de manera abierta al dolor, el sufrimiento y finalmente el sacrificio supremo. Habrá quien considere excesivo ese derroche de sentimientos. Hay quien no cree en milagros, pero los milagros existen. Bailar en la Oscuridad es la prueba.

Federico Vaz (Cuatrocientos Golpes)

martes, 6 de septiembre de 2011

Henri Matisse - La blusa rumana (1940)

Pauline en la playa, Éric Rohmer, 1983


Título original: Pauline à la plage
Director: Éric Rohmer
Guión: Éric Rohmer
Fotografía: Néstor Almendros
Música: Jean-Louis Valéro
Productora: Les Films du Losange. Productor: Barbet Schroeder
País: Francia
Año: 1983
Género: Comedia. Drama. Romance
Duración: 94 min.
Reparto: Amanda Langlet, Arielle Dombasle, Pascal Greggory, Féodor Atkine, Simon de la Brosse


Pauline es una joven adolescente de 15 años, que junto a su prima Marion pasan un verano en la costa francesa. Marion se encuentra con un antiguo amigo, Pierre, que mantiene una profunda atracción por ella. Sin embargo Marion prefiere al aventurero Henri, aunque sabe que su relación sería corta. Mientras, Pauline tiene un romance con un chico, Sylvain. (FILMAFFINITY)


Eric Rohmer representa una figura artística que contiene la esencia enigmática del pasado, de lo clásico. Es un artista que fue protagonista de un momento histórico clave dentro del desarrollo del cine, la nouvelle vague, y que más tarde ha mantenido una fecundidad a la hora de hacer cine ciertamente admirable. Pero de los se trata aquí es de escribir sobre la validez cinematográfica de “Pauline en la playa (Pauline a la plage)”, película realmente deliciosa, en el sentido profundamente etimológico de la palabra, que se convierte en una muestra enigmática de la sencillez y de la emoción. Estas son las dos sensaciones que a mí me vienen a la cabeza cuando trato de entender la entereza fílmica de la película.

Siguiendo la influencia del gran Jacques Tati de las “Vacaciones de Mr. Hulot (Les vacances de Monsieur Hulot, Jacques Tati, 1953)”, quizás su película más emocionante, Rohmer desliza su cámara sin apenas ruido, acercándose lo necesario a los protagonistas. En las conversaciones que mantienen éstos parece como si el director estuviera participando, deleitándose en lo que escucha.

Estamos ante lo que podríamos definir como un auténtico autor, aquél que disfruta con lo que está creando. Una definición demasiado vaga pero que sirve para explicar esa necesidad por contar aquello que uno siente, lo que puede valer para el John Ford de “El hombre tranquilo (The quiet man, John Ford, 1952)”, el Howard Hawks de “Scarface (Ídem, Howard Hawks, 1932)”, o el Steven Spielberg de “En busca de el arca perdida (Raiders of the lost ark, Steven Spielberg, 1981)”.

El plano de apertura, de una claridad aplastante, resulta una muestra esencial de todo el universo que envuelve a la película: en él se contiene la vida de Pauline y su prima, en él contemplamos la llegada a una nueva vida, la llegada a las vacaciones. Quizás nadie como Rohmer para narrar las emociones que surgen del período vacacional, o al menos nadie como Rohmer para materializar en imágenes tales emociones.



Resulta tremendamente difícil concebir una manera clara de aproximarse a la estructura fílmica de Rohmer. En su puesta en escena encontramos lo cotidiano, en el sentido de lo verdaderamente cercano. Las habitaciones de Rohmer, las casas, los coches, los vestidos, parecen pertenecer verdaderamente a sus dueños ficticios, a sus protagonistas. La cotidianeidad nace de lo auténtico, de lo limpio, de la claridad.

No hay barroquismo, no existe el doble sentido, existe una ética, una forma de actuar, un sufrimiento, una emoción, que no se esconden en ningún alarde figurativo. Rohmer filma desde la mirada de un auténtico director, desde la mirada del que contempla la vida.

Pauline es un personaje verdaderamente enigmático. Parte de ese enigma nace de su condición de adulta. Sus opiniones, su manera de hablar, sus decisiones, son tan razonables que nos parece contemplar a un ser adulto. Rohmer ha huido de un estereotipo y ha creado su adolescente. Su protagonista es simbólica, representa una adolescencia idealizada o, si se quiere, una adolescencia deseada.

En contraposición aparecen unos adultos verdaderamente adolescentes, que sufren de forma infantil y que tienen esa inestabilidad emocional, esa falta de fortaleza propia de la pubertad. Rohmer es un eterno adolescente, o le gustaría serlo, y por ello el argumento de la película es el relato de los amoríos entre adolescentes, con la pasión desorbitada e irracional, la duda ante el amor, el comportamiento dubitativo ante las relaciones y el sufrimiento y el dolor del engaño. El amor es el único sentimiento de la vida en el cual nunca llegaremos a crecer del todo.


Una película sobre la emoción necesita prescindir de todo artificio narrativo. No se trata de dar significado visual a lo que se contempla, la cámara no debe subrayar el sentimiento, sino que éste se manifiesta ante el espectador a través del encuadre. Rohmer no necesita explicar nada con lo visual, pero es lo visual lo que nos explica todo acerca de los personajes, al recoger, de forma sencilla, aquello que éstos experimentan.

Rohmer utiliza el plano general, casi estático, cuando quiere enmarcar el reposo de la acción, y acerca su cámara cuando los personajes deciden hablar y con ello expresar sus sentimientos.

”Pauline en la playa” esta construida sobre el diálogo, sobre la dualidad. Son las parejas las que van explicando todo el relato, y son ellas las que, de forma autónoma, van dando consistencia a la narración. Los encuentros entre las distintas parejas desentrañan la trama argumental y muestran la sinceridad de los sentimientos de los personajes.

Podemos deducir que, mientras las escenas múltiples tienden a representar una cierta confusión de ideas y emociones (como es el caso de la primera escena en casa de Pierre cuando todos hablan sobre el amor y la pasión, o la escena de la infidelidad de Pierre con Louisette y el equívoco que genera), las escenas de diálogo entre dos personajes aclaran el discurso y dan sentido a la película.

“Pauline en la playa” es una recreación excepcional sobre la adolescencia, una mirada limpia sobre la maravillosa indeterminación del amor, sobre la dulce sensación que provocan los sentimientos entre las personas, sean estos positivos o negativos, y la necesidad de sentir, de vivir, de estar siempre en una ingenuidad permanente que permita adivinar lo esencial de los confuso de la vida.

Víctor Rivas Morente (ElCriticón)



“Qui trop parole, il se mesfait” (Chrétien de Troyes).

Pedro Salinas - Confianza

Mientras haya
alguna ventana abierta,
ojos que vuelven del sueño,
otra mañana que empieza.

Mar con olas trajineras
—mientras haya—
trajinantes de alegrías,
llevándolas y trayéndolas.

Lino para la hilandera,
árboles que se aventuren,
—mientras haya—
y viento para la vela.

Jazmín, clavel, azucena,
donde están, y donde no
en los nombres que los mientan.

Mientras haya
sombras que la sombra niegan,
pruebas de luz, de que es luz
todo el mundo, menos ellas.

Agua como se la quiera
—mientras haya—
voluble por el arroyo,
fidelísima en la alberca.

Tanta fronda en la sauceda,
tanto pájaro en las ramas
—mientras haya—
tanto canto en la oropéndola.

Un mediodía que acepta
serenamente su sino
que la tarde le revela.

Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.

Colores que a sus ausencias
—mientras haya—
siguiendo a la luz se marchan
y siguiéndola regresan.

Diosas que pasan ligeras
pero se dejan un alma
—mientras haya—
señalada con sus huellas.

Memoria que le convenza
a esta tarde que se muere
de que nunca estará muerta.

Mientras haya
trasluces en la tiniebla,
claridades en secreto,
noches que lo son apenas.

Susurros de estrella a estrella
—mientras haya—
Casiopea que pregunta
y Cisne que la contesta.

Tantas palabras que esperan,
invenciones, clareando
—mientras haya—
amanecer de poema.

Mientras haya
lo que hubo ayer, lo que hay hoy,
lo que venga.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Eva al desnudo, Joseph L. Mankiewicz, 1950


Título original: All About Eve
Director: Joseph L. Mankiewicz
Guión: Joseph L. Mankiewicz
Fotografía: Milton Krasner (B&W)
Música: Alfred Newman
País: Estados Unidos
Año: 1950
Género: Drama
Duración: 138 min.
Reparto: Bette Davis, Anne Baxter, George Sanders, Celeste Holm, Gary Merrill, Hugh Marlowe, Gregory Ratoff, Barbara Bates, Marilyn Monroe, Thelma Ritter



Una joven, que aspira a convertirse en actriz y triunfar en los escenarios, se las ingenia para introducirse en un grupo de actores de teatro. La chica admira a una veterana artista a la que consigue conocer y convertirse en su amiga y confidente. El deseo de actuar y los celos la consumen hasta el punto de traicionar a sus compañeros en su escalada hacia el éxito. Ella halaga, atrae, seduce y, algunas veces, pisotea a todo el que se cruza en su camino: escritores, directores, productores..., e incluso sus esposas. Sólo un inteligente crítico teatral adivina lo que se esconde tras su dulce apariencia, sólo él es capaz de ver a "Eva al Desnudo". (FILMAFFINITY)


En 1950 el director y guionista Joseph L. Makiewicz ofrecería una visión cínica, cruel y realista sobre el mundo teatral, y más en concreto sobre las actrices.
La película se abre con una entrega de premios teatrales en la que falta por entregar el último y más importante para la Mejor Interpretación Femenina. La galardonada es Eva Harrington, una joven que de camino a recoger el premio recibe incesantes aplausos de casi todos los asistentes. Casi todos, porque hay cuatro personas que no aplauden, dos mujeres y dos hombres, los cuales han sido los causantes de que Harrington haya llegado a ese estatus. Pero entonces ¿por qué no aplaudirle? Gracias a sus recuerdos de los pasados nueve meses descubriremos cómo esta joven pasó de ser una muchachita anónima que aguardaba todos los días a la salida del teatro, para ver a su ídolo, a la actriz más admirada del momento.
La película nos desenvuelve todos los entresijos de la escena mediante extraordinarios diálogos entre el guionista, el productor y el director teatral, pero existen dos temas fundamentales representados en las dos mujeres protagonistas.
Eva Harrington representa las ansías de triunfar mediante el oportunismo. La joven se nos presenta cual corderito abandonado bajo la lluvia esperando para ver a su admirada Margo Channing. Debido a su insistencia de ir a verla todas las representación Eva no ha pasado desapercibida ni para Chaning, que la trata como una fan más, ni para Karen, amiga intima de Margo y esposa del autor teatral que escribe las obras para la diva. Karen siente lástima por Eva y la lleva dentro, al camerino, para conocer a Margo. El plan de Eva ha dado comienzo. Con sus relatos propios del mejor drama capaz de ablandar el corazón al más fuerte y sus serviciales modales se va ganando poco a poco a cada uno de los personajes. La ascensión de Eva está milimétricamente planeada, pues primero consigue que Karen la lleva hasta Margo. La diva la acoge en su casa y comienza a tenerle simpatía, pero poco a poco descubre que la joven siente por ella algo más que admiración. Para Eva la figura de Margo no es solo la de una actriz, sino un modelo a seguir, del que copiar todos sus gestos y su manera de hablar. Margo empieza a desconfiar de Eva y la pone a trabajar para su productor, sin sospechar de que así le está allanando el camino. Finalmente Eva consigue su objetivo de convertirse en la gran actriz del momento, a la altura de Margo Channing, pero pagando un precio para con el critico Addison DeWitt.
El otro tema de la película es el paso del tiempo. Margo Channing sigue siendo reconocida como una gran dama de la escena, pero ella siente la tortura de que la edad no perdona y de que no puede seguir interpretando papeles de veinteañeras. Soberbia, cínica y sin pelos en la lengua cuando bebe un poco más de la cuenta Margo pelea con uñas y dientes por lo que es suyo, ya sea un papel o el hombre que la quiere. Desgraciadamente contra el tiempo no se puede luchar y finalmente Margo acaba por conformarse y admitirlo, pero no sin antes cumplir el otro gran sueño de su vida al lado de su amor, el director Bill Simpson.


El film es una critica feroz y mordaz sobre esos trepas que llenan el mundo y que están al acecho por conseguir una oportunidad. Además de Eva, en el film encontramos otras oportunistas como Miss Casswell, una jovencita tonta que sueña con el triunfo sin más talento que seducir a hombres. Aunque esté ambientada en el mundo del espectáculo los temas de la película se pueden reconocer en la vida real sin problemas.
Mankiewicz realiza un film poderoso que se sustenta sobre todos en unos diálogos perfectos, ingeniosos, pero que están reforzados brillantemente por la puesta en escena. Personalmente me encanta como se nos presenta Eva. Se hace alusión a ella al principio cuando se está dando la charla en la gala y se nos muestra mediante un detalle, sus manos, las manos que van mover los hilos para llevarla a lo más alto de la escena. También me gusta cuando Eva les cuenta a Margo y compañía su triste historia. En el camerino la actriz acaba de recibir a varios miembros de la prensa concediéndoles unas breves líneas. Pues bien, Eva cuenta la historia como si le estuvieran haciendo una entrevista, con ella sentada en frente, ganándose su atención. La escena que nos advierte, y nos subraya, cómo Eva se acaba de interponer entre los cuatro amigos es cuando Margo y Bill se están despidiendo en la estación. Ambos están a punto de besarse en una escena romántica pero la intromisión inoportuna de Eva rompe el momento. También es de destacar el maravilloso final que forma un paralelismo con la escena en que Margo descubre a Eva haciendo una reverencia con su vestido, descubriendo las verdaderas intenciones de la chica maquilladas por la imagen dulce de una admiradora.
Sin embargo, a pesar de la excelente dirección y desarrollo por medio de flashback, el punto fuerte de la película es su guión y sus personajes brillantemente interpretados. Margo Channing y Eva Harrington se han convertido en personajes inmortales de la historia del cine, pero a ellos debemos sumar al director Bill Simpson, cuya idea del teatro la expresa de manera apasionada y sincera, sentenciando que para vivir de él hay que entregarse en cuerpo y alma, tener una entrega total. El escritor teatral Lloyd Richards, promesa emergente cuyas obras van a más tanto en calidad como en consideración. Su esposa, Karen, es su apoyo y sin ella no puede tomar una decisión para sus obras aunque por ello discutan ferozmente. Personalmente el personaje que más me gusta, junto con las dos protagonistas, es el critico Addison DeWitt, el cual posee el brazo para que una actriz ascienda al estrellato o se hunda en la miseria. DeWitt es un ser sin sentimiento alguno, con la única pasión que el teatro, en donde sabe reconocer una gran actriz en cuanto la ve, y que no desaprovecha la oportunidad de ayudar a jovencitas si con ello él gana beneficio.


El elenco interpretativo está impresionante y realiza unas interpretaciones que quedan grabadas en la memoria. Bette Davis es Margo Channing, la gran diva que ve cómo el tiempo no perdona. Como es habitual Davis da un recital interpretativo plagado de matices que convierte la experiencia en un espectáculo. Curiosamente podemos ver cierto paralelismo entre actriz y personaje como ya pasa en la película del mismo año “Sunset Boulevard”, film que guarda similitud con “Eva al desnudo” porque también nos muestra a una gran estrella a la que el paso del tiempo le hace daño, solo que esta pertenece al mundo del cine. Anne Baxter está perfecta como Eva Harrington, haciendo un cóctel de ternura y malicia que convierten a su personaje en una víbora. George Sanders es Addison DeWitt, personalmente me parece la interpretación masculina más grande del film que posee muchos de los mejores diálogos de la cinta. Celeste Holm es Karen, protagonizando con Baxter una gran escena en el servicio de señoras en que su personaje se debatirá entre salvar la amistad con su amiga Margo o impedir que Eva consiga sus propósitos. Gary Merril es Bill Simpson, el director de escena tentado por Hollywood para rodar una película. Hugh Marlowe es el escritor Lloyd Richards. Thelma Ritter es Birdie, antigua primera actriz de compañías de bajo nivel que sirve a Margo como criada y confidente. Citar la participación de Marilyn Monroe en un papel casi autobiográfico como es Miss Casswell, la joven que al no servir para las tablas pone su mira en Hollywood y la televisión ayudada por sus dotes para seducir hombres.
“Eva al desnudo” es una película clave dentro de la historia del cine, el retrato de una manipuladora que no se detiene ante nada. Pedro Almodóvar la homenajeó en “Todo sobre mi madre” (el título original de la cinta de Mankiewicz es “All about Eve”) y en ella el personaje de Cecilia Roth suplanta a otra actriz demostrando sus excelentes cualidades para la interpretación.
Consiguió 14 nominaciones a los Oscars, siendo igualada solo por “Titanic”, de las que ganó 6: Mejor Película, Dirección, Actor Secundario (Sanders), Guión, Vestuario y Sonido. Las cuatro actrices protagonistas estuvieron nominadas, Baxter y Davis para Actriz mientras Holm y Ritter lo estuvieron para Secundaria. Seguramente Davis o Baxter se habrían llevado el Oscar si ambas no hubiera optado al premio para Mejor Actriz, para la cual también estaba Gloria Swanson por su Norma Desmond, que junto con Margo Channing es otro personaje femenino inmortal.




"Abróchense los cinturones. Esta va a ser una noche movidita".
 
“Hay tanta pedantería en este cuarto de marfil verde como llaman al teatro…”

“Fuera de una colmena, tu comportamiento no podría juzgarlo nadie como el de una reina”.

“Hablaste bien Eva, pero yo no me preocuparía por el corazón, siempre puedes poner ese trofeo en su lugar”.



sábado, 3 de septiembre de 2011

Annie Hall, Woody Allen, 1977


Título original: Annie Hall
Director: Woody Allen
Guión: Woody Allen & Marshall Brickman
Fotografía: Gordon Willis
Música: Varios
País: Estados Unidos
Año: 1977
Género: Comedia. Romance
Duración: 94 min.
Reparto: Woody Allen, Diane Keaton, Tony Roberts, Carol Kane, Paul Simon, Janet Margolin, Shelley Duvall, Christopher Walken, Colleen Dewhurst, Sigourney Weaver


Alvy Singer, un tipo algo neurótico, trabaja como humorista en clubs nocturnos. A sus 40 años, tras romper con Annie, su última novia, reflexiona sobre su vida, rememorando sus amores, sus matrimonios, pero muy en especial su relación con Annie, a la que conoció en una cancha de tenis. Al final, llega a la conclusión de que son sus manías y obsesiones las que siempre acaban arruinando su relación con las mujeres. (FILMAFFINITY)


Annie Hall supone un punto de inflexión en la carrera de Woody Allen, que hasta entonces había estado centrada en la comedia pura y dura, con títulos como Toma el dinero y corre (Take the money and run, 1969) o Bananas (Banana, 1971). Las películas anteriores de este carismático director neoyorquino se habían caracterizado hasta la fecha por la concatenación de pequeños gags cómicos regados de humor absurdo y elementos tomados de la noble tradición del slapstick. Como en su día señaló Peter Bogdanovich, Annie Hall es la primera película de Allen en la que la maquinaria engrasa a la perfección. El propio Allen reconoce que hasta entonces sólo se había ocupado de engarzar chistes uno detrás de otro. «Con Annie Hall empecé a hacer películas». Y qué películas...

Annie Hall reúne y depura las obsesiones que el director había encarado de manera más o menos tangencial en sus anteriores obras, dando forma a un molde del que se nutrirá la mayor parte de su filmografía posterior. Aún sin abandonar el terreno de la comedia (sigue siendo una de las películas más divertidas del director), Allen reflexiona sobre la muerte, el amor, la angustia existencial, el pesimismo vital o la frustración sexual, y no le duelen prendas en plasmar en forma de fotograma algunos de sus fantasmas personales, arrojando una visión absolutamente demoledora sobre sí mismo y, de paso, del resto de la humanidad.

«No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con alguien a quien yo quiero»

Annie Hall es una película inclasificable. ¿Se trata de una comedia agridulce, un drama con tintes cómicos o un divertimento formal con trasfondo trágico? A lo largo de su metraje asistimos al ascenso y caída de la relación de Alvy Singer, un comediante de clubs nocturnos consumido por sus inseguridades, y Annie Hall, una joven aspirante a cantante.


Se trata de una producción que descansa fundamentalmente en su enorme trabajo de guión, (obra del propio Allen en colaboración con Marshall Brickman), retomando un camino que ya había sido explorado, a su manera, por Ingmar Berman en Secretos de un matrimonio (Scener ur ett Äktenskap, 1973). Sin embargo, y a diferencia de otros realizadores obsesionados por las relaciones humanas como Rohmer, Allen no descuida la puesta en escena a favor de los diálogos, sino que se plantea una estructura formal absolutamente libre en la que caben todo tipo de licencias narrativas. Un salto mortal sin red del que sale asombrosamente ileso.

La película comienza con el propio Alvy Singer/Woody Allen dirigiéndose directamente a la cámara, haciendo partícipe al espectador del último de sus fracasos amorosos. Tras este impactante inicio, Allen renuncia a la estructura dramática lineal de corte clásico y fragmenta la narración con constantes saltos en el tiempo y el espacio. Escenas idílicas de la vida en pareja entre Annie y Alvy se intercalan con broncas discusiones e intentos patéticos del protagonista por intentar resucitar el espíritu de Annie en otras mujeres, incapaz de asumir el fin de la relación.

«Yo intento hacer con las mujeres lo que Einsenhover ha estado haciendo al país»

Para contar las desventuras de Alvy, Allen se vale de mil tretas narrativas, algunas prestadas de sus directores favoritos como Bergman. Así, el protagonista viajará al pasado para revivir algunas de las escenas que le traumatizaron de niño y con las que trata de explicarse sus neurosis de adulto, en lo que supone un claro homenaje a la obra maestra del director sueco Fresas salvajes (Smultronstället, 1957). Pero Alvy tampoco tiene problemas en transmutarse en dibujo animado, disfrazarse de rabino judío o pedirle consejo a los videntes casuales que se cruzan con él, incluyendo una pareja que se ufana de su estupidez o un caballo de un policía al que no duda en contar sus penas amorosas.


Pero no siempre Allen echa mano de estos trucos narrativos para provocar la sonrisa; en ocasiones la congela. Es el caso de la secuencia en la que Annie y Alvy hacen el amor, y el alma de ella se incorpora para tomarse un café. Ante las quejas de Alvy, Annie le replica que no debería quejarse porque "tienes mi cuerpo". Estremecedor. En otras ocasiones, la inventiva del director roza lo sublime. Es particularmente brillante la secuencia en la que Annie y Alvy debaten sobre fotografía soltando lugares comunes del manual del perfecto pedante, mientras que unos subtítulos en pantalla nos advierten de lo que realmente están pensando los personajes en el momento, con frases como "me pregunto como estará desnuda".

Y es que Alvy/Allen odia la impostura insoportable de ciertos aspirantes a intelectuales. Quizá la escena más celebrada de Annie Hall es aquella en la que Alvy y Annie esperan para sacar su entrada en la cola de un cine, mientras que un profesor pedantuelo, de estos que pueblan la crítica cinematográfica, presume gratuitamente de sus conocimientos sobre Fellini o McLuhan. Alvy, desesperado, acude en busca del propio McLuchan, que humilla al engolado maestro, echándole en cara que en realidad no se ha enterado de nada. Tampoco deja muy bien parados Allen a la fauna de Hollywood (esa aparición fugaz de Jeff Goldblum quejándose de que "ha olvidado su mantra") o a los místicos de salón que asolaron Estados Unidos durante los 70.

«En Beverly Hills no tiran la basura, la convierten en televisión»

Sorprendentemente, esta agridulce comedia sobre las relaciones humanas, que ha pasado a la historia como uno de los trabajos más compactos de su realizador, iba a ser en principio una película de suspense que tenía como título provisional Anhedonia (incapacidad de disfrutar del placer) y un metraje mastodóntico. La película fue editada con la colaboración de Ralph Rosemblum. La mayoría de las escenas que se rodaron fueron eliminadas, mientras que otras sufrieron todo tipo de modificaciones. Entre ellas, y como bien señala Susanna Farré en su excelente estudio sobre la película en esta misma revista (1), se incluían «un partido de basquet entre los New York Nicks y un grupo de intelectuales que incluían entre sus jugadores a Kafka o Nietzsche, o una parodia sobre La invasión de los ultracuerpos». Finalmente, Allen prefirió centrarse en la historia de (des)amor de la pareja protagonista.


Pero más allá de la ironía punzante presente en toda la película, Annie Hall es, sobre todo, una historia de amor, o mejor, una reflexión sobre el amor. A Allen ya no le bastan los monolíticos arquetipos de películas anteriores, sino que diseña unos personajes construidos de forma impecable (imposible no ver las semejanzas del personaje de Annie con Diane Keaton, excelente en su papel por otra parte) y los pone en el tablero para, sobre la práctica, intentar comprender el misterio de las relaciones de amor.

«Una relación es como un tiburón; tiene que estar continuamente avanzando o se muere. Y me parece que lo que aquí tenemos es un tiburón muerto»

Aunque la película contiene no pocos momentos de ternura, Allen ofrece una visión netamente negativa y pesimista sobre (el fin del) amor: la imposibilidad de olvidar una relación, los celos o aquellas diferencias a las que en un primer momento no se da importancia pero que luego se convierten en simas insondables capaces de sepultar una relación. En un momento de la película, Alvy se pelea con una langosta en la cocina, buscando la risa cómplice de Annie. Más adelante, el personaje intenta recrear la misma broma con otra pareja, que recibe la ocurrencia con una mueca en la que se mezclan la duda y el desprecio. La expresión desolada en el rostro de Alvy lo dice todo sobre la nostalgia y el desencanto. La conclusión no puede ser más descorazonadora, con la voz en off del protagonista contando un chiste que resume la visión del director sobre las relaciones humanas: «un tipo va al psiquiatra y le dice: "Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina" Y el doctor le responde: "¿Por qué no lo mete en un manicomino?". Y el tipo le dice: "Lo haría, pero necesito los huevos". Pues eso, más o menos, es lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben? Son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero... supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, necesitamos los huevos».

Quienes se acerquen a Annie Hall buscando al Allen ocurrente y de verbo epiléptico quizá salgan escaldados del intento. Más allá de los momentos cómicos de la película, de las ocurrentes frases de Singer, queda un resabio amargo sobre las relaciones humanas y la propia existencia. Annie es un producto tóxico con apariencia de caramelo; un regalo de Allen para todos los Alvy Singer del mundo.

(1) Miradas de Cine nº20 Noviembre 2003. Acceder a la crítica

De Miradas de cine

viernes, 2 de septiembre de 2011

El perfecto anfitrión, Nick Tomnay, 2010


Título original: The Perfect Host
Director: Nick Tomnay
Guión: Nick Tomnay
Fotografía: John Brawley
Música: John Swihart
País: Estados Unidos
Año: 2010
Género: Intriga. Thriller
Duración: 94 min.
Reparto: David Hyde Pierce, Clayne Crawford, Nathaniel Parker, Helen Reddy, Megahn Perry, Joseph Will, Tyrees Allen, Brooke Anderson, Cooper Barnes


Basada en un corto del mismo autor. Después de atracar un banco, la cara de John Taylor aparece en los noticiarios locales, así que debe esconderse durante algún tiempo. En un barrio acomodado de Los Ángeles tiene la oportunidad de hacerse pasar por el amigo de una amiga de Warnick Wilson, el perfecto anfitrión. Cuando las horas transcurren y el vino fluye sin parar, Wilson descubrirá que las apariencias engañan. (FILMAFFINITY)


Nota: 6,5

Lo mejor: que seas un cazador de películas de culto.
Lo peor: los últimos 20 minutos enrarecen demasiado la función.
La suma: El Guateque + Funny Games = El Perfecto Anfitrión

A ver. Cuidado. Que la más que decente nota que encabeza esta crítica no significa que estemos ante una película que vaya a gustar a todo el mundo. Es más, serán pocos los que sientan indiferencia hacia El Perfecto Anfitrión y muchos los que la cataloguen de broma tramposa o de genialidad encubierta. Y seguramente todos tengan razón, pero esa huida deliberada de un género concreto y esa apariencia totalmente festivalera ya limitan de por sí sus posibilidades alejándola de otros ejercicios similares que se han convertido en clásicos como La Soga de Hitchcock o La Cena de los Idiotas de Francis Veber.

Para que nos entendamos, El Perfecto Anfitrión es una película rara de cojones que exige del espectador una mente abierta y muchas ganas de que jueguen con él. La trama nos presenta a John, un vulgar ladrón que acaba de robar un banco y que, ironicamente, es atracado en una gasolinera donde, para más inri, escucha en la radio que la policía le ha identificado. Desesperado, decide irrumpir en una casa haciéndose pasar por un amigo de la familia mientras espera que sus perseguidores le den por desaparecido. Pero resulta que Warwick (David Hyde Pierce), el anfitrión de la mansión, espera invitados, y la cena que se avecina promete ser peor que 7 años en San Quintin por robo con intimidación. A partir de este punto es casi imposible no desvelar nada de la trama de la cinta sin arruinar su magia, y creedme cuando os digo que si hay alguna película a la que merece la pena llegar completamente virgen es esta. Avisados estáis.

A pesar de que los primeros 15 minutos parecen incluso ambientarse dentro del universo de la serie Frasier que hizo mundialmente famoso a Hyde Pierce con el actor repitiendo su papel de pijo irritante, lo que acontece a continuación es un señor giro de guión que se puede intuir, pero que pillará por sorpresa a más de uno. El cazador se convierte en el cazado y la decepción del espectador tras comprobar lo poco que ha durado lo que parecía la premisa de la cinta (que el atracador no sea descubierto) deja paso a la curiosidad ante el nuevo panorama.

El thriller pierde fuelle en el segundo acto y la comedia negra se apodera de la función, que incluso se permite un número musical totalmente delirante. Aunque a estas alturas ya nada de lo que haga Warwick puede sorprender a un espectador que lleva casi una hora asisitiendo a un retrato del personaje cargado de matices realmente perturbadores. Pero es en su final donde la película pierde esa fuerza que otorga lo incómodo y lo extraño ya que, precisamente, todo se vuelve demasiado raro. Forzado. Casi irreal.

Ese último tercio innecesario es casi lo único negativo que se le puede achacar a El Perfecto Anfitrión, que ha supuesto un debut más que digno técnicamente para el cortometrajista Nick Tomnay. Precisamente, la película parte de un corto suyo de 2001 titulado The Host, y esa necesidad de alargar el metraje hasta lo que exige un estreno cinematográfico es lo que impide que la historia quede todo lo redonda que debería.
¿No hubiera sido mejor terminar la cinta cuando John gana la partida de ajedrez?, ¿Por qué Warwick no le pregunta nada a Taylor sobre el dinero si al final es capaz de arriesgar su carrera para conseguirlo?

Pero más allá de la trama, que daría para horas de análisis y comentarios sobre sus cientos de detalles más o menos afortunados, la cinta también cuenta con el aliciente de la interpretación de Hyde Pierce, difícil de ver en la gran pantalla y con un registro tan arriesgado como lucido. El desconocido Clayne Crawford (Kevin en la última temporada de 24) también aporta sus buenas formas porque, de otra forma, sería imposible sostener un relato que basa sus giros y juegos en el contrapunto entre dos personajes que representan las dos formas predominantes de entender la naturaleza humana: aquella que lo califica como un lobo para su especie y la que apela a su bondad, aunque en ocasiones sea complicado distinguir quién representa a cuál.

Pablo de los Ríos (La palomita mecánica)


The Perfect Host empezó como un corto titulado The Host. En un principio estaba ambientada en Byron Bay, una zona rural de Australia, y tenía mucho de thríller atmosférico, pero por mi estado de espíritu en aquel momento, y por vivir yo en una ciudad, el tono y la localización cambiaron. Tras escribir una primera versión del guión, solicité la colaboración de un amigo, Krishna Jones, y juntos escribimos The Host, en 1999. En 2000, la rodé, en 2001 empecé a mandarla por ahí y en 2002 hizo el circuito de los festivales.

Durante todo ese tiempo seguí haciendo spots. The Host ganó unos cuantos premios, entre ellos el Premio al Mejor Corto de la AFI (Academia de Cine de Australia). En ese tiempo también me busqué un representante y empecé a trabajar sobre el guión de The Perfect Host. De nuevo recurrí a la ayuda de mi amigo Krishna Jones para que me ayudase en una primera versión. Después de eso, mi mujer y yo nos trasladamos a Nueva York. En los cinco años siguientes seguí trabajando sobre el guión en Nueva York. Durante ese tiempo, a pesar del interés de dos productoras, no se llegó a concretar nada.

Así que seguí hacienda spots, al tiempo que trabajaba en el guión. Una noche mi representante me llamó para decirme que estaba harta de esperar y dijo que ella y su socia estaban decididas a producir y financiar la película. Yo dije que sí, y se incorporó otro productor, Mark Victor. Ya estábamos todos decididos a dar el siguiente paso: encontrar un actor para interpretar el papel de Warwick.

Con poco dinero para ofrecer a un actor, y con un personaje que hace cosas bastante extremas, no fue fácil buscar a un actor para hacer de Warwick. Más aún considerando que aquel actor tenía que ser realmente bueno.

Afortunadamente, David Hyde Pierce estaba dispuesto a arriesgarse; con Warwick y conmigo. En el otoño de 2008, me despedí de mi familia y me fui a Los Ángeles a hacer mi primer largometraje.

Rodamos la película en 3 semanas, todo un reto. Creo que si no hubiese proyectado la película miles y miles de veces en mi mente durante el proceso de escritura, The Perfect Host sería una película distinta. Pasé el año 2009 en Nueva York, en una sala de montaje.

Estoy realmente encantado de estar en Sundance. Es mi primera vez en este Festival y tengo muchas ganas de vivirlo y, sobre todo, de ver The Perfect Host con un público. Todas las películas se hacen para un público, y para funcionar, la nuestra necesita el suyo. La película es un relato, un enredo, que invita al espectador a un viaje con los realizadores y con los personajes. Esperemos que rían y disfruten en el transcurso de ese viaje”.
Notas del director