Todavía te busco, mujer que busco en vano,
mujer que tantas veces cruzaste mi sendero,
sin alcanzarte nunca cuando extendí la mano
y sin que me escucharas cuando dije: «te quiero...»
Y, sin embargo, espero. Y el tiempo pasa y pasa.
Y ya llega el otoño, y espero todavía:
De lo que fue una hoguera sólo queda una brasa,
pero sigo soñando que he de encontrarte un día.
Y quizás, en la sombra de mi esperanza ciega,
si al fin te encuentro un día, me sentiré cobarde,
al comprender, de pronto, que lo que nunca llega
nos entristece menos que lo que llega tarde.
Y sentiré en el fondo de mis manos vacías,
más allá de la bruma de mis ojos huraños,
la ansiedad de las horas convirtiéndose en días
y el horror de los días convirtiéndose en años...
Pues quizás esté mustia tu frente soñadora,
ya sin calor la llama, ya sin fulgor la estrella...
Y al no decir: «¡Es ella!» —como diría ahora—
seguiré mi camino, murmurando: «Era ella...»
viernes, 9 de septiembre de 2011
jueves, 8 de septiembre de 2011
Costillitas de cabrito empanadas
Ingredientes (4 personas):
- 750 gr. de costillitas de cabrito
- 1 huevo
- Harina para rebozar
- Pan rallado
- Aceite para freír
- Sal
Preparación:
- Poner a calentar el aceite en una sartén, tiene que ser una cantidad abundante para poder freír bien, aunque luego sobrará.
- Salar la carne y rebozarla en harina, huevo y pan rallado en este orden.
- Cuando el aceite esté suficientemente caliente (se puede saber si ha adquirido la temperatura adecuada poniendo la punta de un palillo en él, si se forman burbujas alrededor significa que ya se puede utilizar), ir colocando las costillitas por tandas hasta que se doren por ambos lados.
- Sacarlas de la sartén y colocarlas sobre papel absorvente para que desprendan el exceso de aceite.
- Servir con una guarnición al gusto. En este caso han sido unos pimientos del piquillos sofritos con ajo en láminas finas.
Ensalada con queso de cabra y vinagreta de miel
Ingredientes (4 personas):
- 300 gr. de ensaladas variadas (en este caso: escarola blanca, escarola lollo, rúcula y canónigos)
- 4 rodajas de queso de cabra de rulo
- 50 gr. de nueces picadas
- 50 gr. de pasas de Corinto
- 2 c.s. de miel
- 2 c.s. de vinagre de sidra
- 6 c.s. de aceite de oliva virgen
- sal y pimienta.
- Pasar el queso por una sartén sin aceite para que se caliente y coja un bonito color dorado.
- Colocar las ensaladas variadas en cuatro platos. Espolvorear por encima las nueces y las pasas.
- Colocar las rodajas de queso doradas en el centro.
- Hacer una vinagreta con el resto de los ingredientes y rociar la ensalada con ella.
Le quattro volte, Michelangelo Frammartino, 2010
Título original: Le quattro volte
Director: Michelangelo Frammartino
Guión: Michelangelo Frammartino
Fotografía: Andrea Locatelli
Música: Paolo Benvenuti
Producción: Coproducción Italia-Alemania-Suiza
País: Italia
Año: 2010
Género: Drama
Duración: 88 min.
Reparto: Giuseppe Fuda, Bruno Timpano, Nazareno Timpano
Una visión poética de los ciclos de la vida y de la naturaleza, de las tradiciones olvidadas de un lugar fuera del tiempo. Una película de ciencia ficción sin efectos especiales, que acompaña al espectador a un mundo desconocido y mágico, para descubrir el secreto de cuatro vidas misteriosamente entrelazadas entre sí. (FILMAFFINITY)
Está claro que cada espectador le pide lo que le pide al cine. Que las necesidades son muy de cada uno y las filias y fobias totalmente personales. Vale. Pero parémonos a pensar un minuto. ¿Podríamos llegar a encontrar una película que de tan pura pudiera llegar a tocar la fibra a cualquiera? Bueno, sí, claro, para eso está "El globo rojo". O "¿Dónde está la casa de mi amigo?". Se puede llegar a la potencial película apta para todo el mundo, pero muy probablemente la operación a seguir será despojarla de artificios y construcciones colaterales para ofrecer el núcleo duro, su tesis desnuda.
Es más o menos lo que es "Le quattro volte". Una película que demuestra que a veces lo que parece hermético, ensimismado y autista no es sino un tratado de naturalidad y simplicidad universal aplastante. Que de tanto que lo es llega a parecer otra pajarada autoral, si se quiere; otro momento de iluminación del genio de turno, pero que en realidad pide a gritos un visionado desprejuiciado y transparente.
Otra cosa es que todo el mundo pueda llegar a conectar con la espiritualidad de aplastante sencillez y con la filosofía en miniatura de la película. Que la gente considere que ya ve suficiente naturaleza cuando sale al parque (sic), que lo que necesita son aventuras excitantes tras cada esquina y una profusión de argumentos, razones, dramas encapsulados a razón de a siete por minuto. Eso es muy respetable. Pero los demás a lo mejor pueden disfrutar con "Le quattro volte".
La excusa que envuelve la película de Michelangelo Frammartino es simple. Cuatro historias, cuatro momentos de la materia en cuatro estados distintos entrelazados en un ciclo vital, en el marco rural de la italiana región de Calabria: un pastor anciano que fallece y que tras su muerte da paso al nacimiento de un cabritillo. El cual se pierde en un bosque y muere a los pies de un gran árbol; que será talado y troceado tras un ritual ancestral y convertido en un gran horno de carbón en beneficio del hombre. Fin de la historia.
"Le quattro volte" tiene tanto de pequeño cuento filosófico sobre los ciclos de la vida y la muerte como de documental observacional. No lo es; supuestamente esto es una construcción ficcionada, pero hay tanto de retrato rural, de reflejo telúrico de unas costumbres ancestrales y de una antropología de la tradición que a menudo no sabemos cuánto hay de escrito y cuánto de cine directo. Hasta dónde penetra la construcción dramática en este slice of life campestre. Y es que aquí no hay ni siquiera música incidental, ni diálogos explícitos más allá del que establecen los hombres con los animales, estos con las plantas o ellas con los seres humanos de nuevo. Con ello, remite todo a una concepción del mundo con elementos que podrían hacernos pensar en el hinduismo y a conceptos relacionados con el animismo. Sea como sea, lo cierto es que todo gira entorno a un pueblo que se ha detenido en el tiempo, que sigue haciendo co-depender todos los elementos naturales y que parte de su interdependencia para subsistir.
Así que nadie debería esperar de "Le quattro volte" algo que no fuera tan sosegado, tan minimalista como los propios ciclos naturales. La sensación que ofrece la película es la de la construcción sobre sí misma. La de una soterrada épica pastoral que va avanzando poco a poco en relaciones causales, pero con una voluntad más poética que narrativa: en muchos momentos, en todo esto cuentan más las sensaciones que los mensajes. Incluso la expresión de la belleza pura y dura más que la sumisión a la tiranía del guión.
Porque hay mucha belleza serena en todo esto. Fotografiada con impresionante capacidad plástica, Frammartino presta atención a los detalles para lograr esa interconexión entre los elementos. En los nexos físicos que unen sus cuatro aventuras; las motas de polvo flotando en el aire, los rayos de sol asomando por la montaña, el ladrido de un perro que llega a todos los rincones y callejuelas del silencioso poblado. Es un tratamiento extremadamente sensible que requiere de paciencia y sosiego, casi como si se sentara uno ante una película de Erice o de Kiarostami (sí, otra vez ellos). Al final, si se está dispuesto a entrar en el juego, "Le quattro volte" va calando y termina conmoviendo profundamente, más allá de sus connotaciones espiritualistas y de la tolerancia del espectador hacia las mismas.
Y es que dejando al margen consideraciones elitistas o ramalazos snob, el cine ha demostrado siempre, y lo sigue haciendo, ser un arte libre y desapegado de cualquier limitación formal y narrativa. Que aún haya gente que pueda valorar las películas por su nivel de somnolencia es perfectamente lícito, pero no deja de responder a una lamentable falta de educación audiovisual. Porque "Le quattro volte" es, al final, una nueva y sincera muestra de esa libertad a la que puede aspirar la creación cinematográfica: la de tener la posibilidad de contar una historia universalmente sencilla; y viceversa.
John "Bluto" Blutarsky (La casa de los horrores)
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Bailar en la oscuridad, Lars von Trier, 2000
Título original: Dancer in the Dark
Director: Lars von Trier
Guión: Lars von Trier
Fotografía: Robby Müller
Música: Björk
Producción: Coproducción Dinamarca-Alemania-Holanda-Italia-EEUU-Reino Unido-Francia-Suecia-Finlandia-Islandia-Noruega; Fine Line Features / Zentropa Entertainments4 / Trust Film Svenka / Liberator Production / Film I Väst
País: Dinamarca
Año: 2000
Género: Drama. Musical
Duración: 140 min.
Reparto: Björk, Catherine Deneuve, David Morse, Peter Stormare, Jean-Marc Barr, Joel Grey, Udo Kier, Vincent Paterson, Cara Seymour, Vladica Kostic, Siobhan Fallon, Zeljko Ivanek, Jens Albinus
Selma es una emigrante checa en los Estados Unidos. El año, 1964. Selma trabaja incansablemente, a menudo haciendo turnos de noche y de día en una fábrica para ahorrar; necesita el dinero para salvar a su hijo Gene mediante una operación que le curará de una enfermedad hereditaria que ella le ha transmitido y que inevitablemente le llevará a la ceguera. Tras sus gruesas gafas Selma tiene ya serias dificultades para ver y trabajar con seguridad, pero ese es su secreto, por nada del mundo quiere perder su trabajo. La medio ciega Selma adora el cine, especialmente los viejos musicales de Hollywood. En los momentos en que se siente fuerte, Selma cree estar viviendo ella misma en un musical. Kathy, su compañera de trabajo y vecina es su mejor amiga y conoce su secreto. Kathy la acompaña al cine y le describe las secuencias de los musicales que ya no puede ver. También están sus caseros, Linda y su marido Bill son buenas personas, amables con Selma; Pero Bill está arruinado; lo ha perdido todo y no se atreve a confesarlo a su mujer por miedo a perderla. Bill descubre el lugar donde Selma guarda sus ahorros para la operación de su hijo y los roba. Cuando Selma se lo reclama, ambos forcejean con la pistola del policía, que morirá de un disparo… nadie creerá que Selma no es una asesina.
Reducida a sinopsis la historia de Bailar en la Oscuridad puede asemejar la de un culebrón o uno de aquellos arrebatados dramones de la etapa mexicana de Buñuel, pero esta película de sentimentalidad arrebatada es un milagro porque es obra de uno de los directores realmente revolucionarios que aún quedan en el séptimo arte, el danés Lars Von Trier, y lejos de cualquier exceso, Bailar en la oscuridad es sobrecogedora, emocionante, un prodigio artístico de deslumbrante genialidad e insoportable dolor. Bailar en la Oscuridad cierra la trilogía llamada Corazón de Oro y si en su anterior entrega, la maravillosa Rompiendo las Olas, Lars von Trier reflexionaba sobre el concepto del milagro en la lucha de una mujer contra la intolerancia y la incomprensión, aquí el milagro es la protagonista en sí misma, Selma, uno de los grandes personajes femeninos de la historia del cine, que una no-actriz, la cantante Björk eleva a alturas siderales con su no-interpretación, capaz de emocionar al espectador hasta casi lo insoportable.
Como la Bess de Rompiendo las Olas y la Karen de Los Idiotas, esta Selma de Bailar en la Oscuridad tiene una razón para inmolarse, para sufrir hasta lo indecible, el sacrificio por su hijo que la eleva por encima de lo humano, hacia una forma de santidad se diría si tenemos en cuenta la devoción de Von Trier por el cine religioso de Carl Dreyer. Selma es fruto de la impagable entrega de Björk, que sufrió lo indecible y discutió atrozmente con el director intentando ambos hacer de ella no un personaje a interpretar, sino una piel que encarnar. Una piel azorada por su creador, desgarrada por su destino y maltratada por la vida. Björk no interpreta, padece. Y nosotros con ella.
Es mucha la osadía formal desplegada en esta película, los recursos y estilos contradictorios: melodrama escalofriante, realismo sucio, musical pobre… Estamos ante la reinvención de la gramática del cine. Y estamos ante un desafío en toda regla a la ideología fílmica del propio cineasta, que goza traicionando sus propios principios. Es la obra del director más destacado de cuantos desde Dinamarca promovieron el manifiesto Dogma 95, la más radical reducción del cine a su mínima esencia. El voto de castidad de Dogma 95, que ha dado lugar a muchas obras menores, pero también a genialidades como Mifune, Los Idiotas y Celebración, prohibía emplear iluminación y música añadidas, escenas de violencia con armas, flashbacks y hasta la firma del director. Como Moisés ante el Becerro de Oro, Von Trier en Bailar en la Oscuridad rompe sus Tablas de la Ley. Hace nada menos que un musical, aunque un musical con sus propias reglas, de todo menos convencional. Como ocurre con cualquier película de las que cambian la historia del cine, ésta también despierta odios viscerales en la crítica más carca, ésa que reniega de todo lo que sobrepase el canon que consideran inmutable, ésa que piensa que el cine ya está inventado y pontifica con suficiencia que cualquier innovación es un capricho de modernos deseosos de epatar. Ellos se lo pierden.
Pero la ruptura con el Dogma no es completa. Ese naturalismo radical está en las secuencias de vida cotidiana protagonizadas por Selma. Sin embargo Lars Von Trier decide que la magia del cine está para utilizarla. Emplea cámara digital para aumentar la sensación de cotidianeidad en la primera parte y acrecentar la sordidez de la vida en prisión en la segunda. Pero los números musicales están filmados con cien cámaras a la vez, reservando una fotografía nítida y brillante a los sueños coreografiados de Selma. Es una coreografía mucho más austera que la de los clásicos musicales norteamericanos, pero original y hermosa, en particular en el número del tren de la canción I’ve seen It All.
La película evoluciona al ritmo marcado por Björk, autora de una banda sonora que une atrozmente drama y melodía en su tercio final, escalofriante en 107 Steps cuando se cuentan y cantan los ciento siete pasos que separan la celda de Selma del patíbulo. En la música hallamos la clave: Selma contra la vida. Hasta el final Selma proyecta en su escenario vital lo que dicta su corazón: musicales al ritmo de los ruidos de la vida. La vida responde sin piedad.
Selma es un personaje dickensiano. Tiene una vida desgraciada y la inmensa bondad que desprende es aprovechada por sus prójimos para su propio beneficio. Pese a todo, es feliz soñando despierta. Cómo madre sólo vive para su gran obra, a la que siempre va a amar incondicionalmente, y por su hijo se expone de manera abierta al dolor, el sufrimiento y finalmente el sacrificio supremo. Habrá quien considere excesivo ese derroche de sentimientos. Hay quien no cree en milagros, pero los milagros existen. Bailar en la Oscuridad es la prueba.
Federico Vaz (Cuatrocientos Golpes)
Federico Vaz (Cuatrocientos Golpes)
martes, 6 de septiembre de 2011
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