viernes, 14 de octubre de 2011

Victoriano Cremer - Muchacha fea ante el espejo

Tímidamente pregunto
por mi carne de nardo
a los hondos espejos de la noche,
en la soledad de las alcobas.

Como ríos inmóviles, naciendo de improviso,
la imagen desolada me devuelven,
en un oscuro grito sumergido:

(Mi quebrada cintura, el amplio abrazo,
que sostienen mis hombros;
mis duros besos, la mirada
de doliente tigresa
y este mi vientre estéril
que soporta su brío de mar encadenado.)

Los encajes marchitan sus frescas azucenas
entre olor de manzanas;
y los oscuros cuencos que contendrán mis senos
se esparcen como rosas quemadas en la espera.

¿Qué tonos violentos, qué descrinados potros
romperán con sus cascos mis helados cristales,
mi azorado silencio,
mi soledad, poblada de nieblas y rubores?

Me siento desvelada por manos de ceniza,
recorrida por tristes miradas compasivas,
evitada por sauces y ríos vigorosos
a quienes doy mi blanco desnudo palpitante.

Lejanas voces claman.
Cuerpos, como montañas, se golpean, se funden,
y su lava se vierte
sobre la vida ávida, fecundando sus brotes...

Rompen ríos de sangre sus oscuras cortezas,
y entre bosques, se buscan
y mezclan sus furiosos caudales enemigos
elevando a los cielos sus sangrientos despojos.

Y yo, sola, me busco
entre espejos siniestros;
sin encajes ni lágrimas, con mi triste desnudo
—¡Oh fealdad doliente!—,
saltándome a los labios
como un perro, en la triste soledad de mi alcoba...

Ventanas de Manhattan


Curiosamente, Antonio Muñoz Molina se refiere varias veces en Ventanas de Manhattan a “presencias reales”, con lo que alude a una potenciación reveladora de cualquier tipo de realidad. Estamos en una inquietud de época por descubrir lo oculto bajo las apariencias engañosas, evidentes en un lugar tan complejo como Nueva York. La sorprendente metrópolis ha producido caudales generosos de arte, en novela, cine, poesía o ensayo. No merece la pena citar creadores o títulos de todos conocidos, desde Dos Passos o Lorca hasta Woody Allen. En esa estela se halla la indagación de Muñoz Molina, con un texto denso en el que logra un sello distintivo al hacer que confluyan impulsos distantes.

El primer impulso tiene que ver con la fusión de testimonio, autobiografía y narración. ¿Quién diría no hallarse ante una novela al caer en la red del primer párrafo del libro, de una fuerza narrativa que parece anunciar una poderosa fábula decimonónica? La cosa no sigue por ahí, pero tampoco se aleja de ello por completo, pues la presencia de una voz en primera persona, aunque se identifique con el propio autor (quien, por cierto, no da nunca su nombre propio, ni el de los suyos, y tampoco el nombre completo de amigos o conocidos, salvo una excepción), podría ser un narrador que escribe la novela de una ciudad y de un tiempo.

No es la primera vez que Muñoz Molina hace algo parecido. Confesión directa hay en Ardor guerrero (1995), que contiene una minuciosa crónica de sus ácidos recuerdos del servicio militar en un texto confesional, sin disimulos, autobiográfico. Y el propio escritor se incorpora en el capítulo final a Sefarad (2001), una obra que tiene mucho que ver con esta indagación neoyorquina de añora y que confirma, una vez más, el fondo unitario de la escritura del autor de El jinete polaco.

Las coincidencias entre Sefarad y Ventanas de Manhattan deben subrayarse porque ilustran el sentido de este nuevo acercamiento a la metrópolis americana: al margen de similitudes en algún pasaje (cierta visita a un museo), guardan bastante semejanza a causa de una común preocupación por el motivo del exilio y por la intensa evocación de la tierra natal.

La diferencia con esos textos, en el caso presente, está en otro impulso, el libro de viajes. Esto tampoco supone decir mucho, porque existen bastantes modalidades de escritos de andar y ver, desde el exotismo morboso de los románticos hasta el puntillismo satírico de Stendhal. Muñoz Molina marca aquí su propio territorio, que consiste en una relación expositiva (algo habitual en sus escritos), en una plataforma real y concreta desde la cual remontar las impresiones hasta la noble altura de un discurso estético, vital y moral.

Esa relación se derrama por medio de una prosa de párrafo amplio, llena de subordinadas, proclive a la utilización de conjunciones copulativas encadenadas, rica en largas enumeraciones, que se deja llevar hacia el énfasis, y musical, con un ritmo mental bien recreado por oraciones algo barrocas. Es lo propio de una escritura argumentativa, que tiene un trasfondo moral.

Esta prosa un poco oratoria también acoge la imagen poética, el atisbo impresionista, el impacto de la luz y el color (abundan los adjetivos cromáticos) y la melancolía que rescata emociones de un pasado; el escritor adulto pone enfrente al artista adolescente en la provincia. Todo ello surge de un rico juego de miradas, hacia el exterior y hacia adentro. Despliega el autor una infatigable actividad de voyeur, de mirón confeso, como revela el propio título. Es muy “ventanero”, como decía de sí misma Carmen Martín Gaite con una expresiva voz castellana que indica la cualidad básica de observador que sostiene a muchos escritores.

Desde la ventana, o mediante constantes paseatas urbanas, el autor jiennense constata la intrincada realidad de Manhattan, se fija en el elemento humano, en los contrastes sangrantes, usos y rasgos diferenciadores de una sociedad marcada por el exilio de sus gentes; “un gran sumidero de desconocidos, desamparados, solitarios y enfermos”. No hay en él un costumbrismo tópico ni limitador, pero también proclama, frente a una creencia muy del día, y muy de nuestro país, la virtualidad universalizadora del localismo. Con razón sostiene cuánto deben lo mejor de las letras y el cine americano a su cercanía a una inmediatez de vecindario.

El panorama social, según resulta lógico en alguien siempre atento a estas cuestiones, ocupa mucha de su atención, pero deja un amplio terreno a los aspectos culturales y artísticos, acerca de los que despliega abundantes anotaciones de receptor sensible y muy fino y penetrante. Esta vertiente analítica funciona como un puente hacia un tercer y capital impulso, el paisaje interior del propio autor, y todo ello se engarza en una de las mayores afirmaciones de vitalismo que se encuentren en las letras actuales.

El léxico de la obra da prueba de ello: con frecuencia utiliza las palabras plenitud, gozo, celebración o felicidad. Y se refiere a una explícita voluntad de gustar la riqueza del mundo, que llega por los sentidos, por el cultivo de la sensibilidad y que surge de una mirada múltiple: sorprendida, tierna, crítica, rebelde... Ventanas de Manhattan está transido del clásico carpe diem. Este disfrute justifica el censo un tanto ramoniano del inmenso rastro neoyorquino, pero no pierde de vista las aristas de la realidad, y subraya lo efímero y cambiante como cualidades distintivas de la ciudad. Por descontado que tal percepción desemboca en ráfagas elegíacas.

Dice Muñoz Molina que en el periódico “se ve que cualquier faceta de la vida real es de una complejidad inabordable para la literatura”. A esa certeza responde con la forma documental de este libro, su modo de perseguir la plenitud comunicativa. Porque la obra, por supuesto, no consiste en un retrato más o menos inspirado de ese gran emblema absoluto del mundo moderno. De pasada nos da la clave de su empeño. Se refiere a cómo “el arte enseña a ver el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo”. Y explica que en los cuadros o en los libros se busca “una forma verdadera y pura de conocimiento”.

Esa razón motiva estas Ventanas, que no son instantáneas para “viajeros en casa”, como decía la publicidad de los viajes románticos, sino, también, una manera de alcanzar el distanciamiento enriquecedor de la realidad doméstica. Aparte del interés por lo diferente, deja claro el autor que “viajar sirve sobre todo para aprender sobre el país del que nos hemos marchado”. Muñoz Molina se sirve de los rostros de Nueva York para ampliar su retrato moral de nuestro tiempo.

Santos Sanz Villanueva (El Cultural)

Susan Boyle - I Dreamed A Dream


Los Miserables en el Teatro Musical de Barcelona


Reparto: GERÓNIMO RAUCH (Jean Valjean), IGNASI VIDAL (Javert), ENRIQUE R. DEL PORTAL (Sr. Thenardier), GUIDO BALZARETTI (Marius), LYDIA FAIREN (Eponine), VIRGINIA CARMONA (Fantine), EVA DIAGO (Sra. Thenardier), DANIEL DIGES (Enjolras, TALÍA DEL VAL (Cosette), VÍCTOR DÍAZ (Capátaz / Brujón), PACO ARROJO (Bamatabois / Montparnasse), DAVID ORDINAS (Obispo / Combeferre), CARLOS SOLANO (Grantiere), ÁLVARO PUERTAS (Claquesous), ALBERTO ALIAGA. GUILLERMO SABARIEGOS, EDGAR MARTINEZ, DIEGO RODRIGUEZ, MARCOS PÉREZ, DAVID VELARDO, RUTH CALVO, RAQUEL ARCOS, RAQUEL ARCOS, SILVIA LUCHETTI, ELENA MEDINA, ADRIANA VAQUERO, XENIA GARCÍA, ANA SAN MARTÍN, ANGEL SAAVEDRA, LOURDES FABRÉS, MARÍA JOSÉ LUCAS MARTÍNEZ, GONZALO ALCAÍN, SANTIAGO CANO

Creación: Alain Boublil y Claude-Michel Schönberg

Letras: Herbert Kretzmer

Dirección: Trevor Nunn y John Caird

Página oficial


Dicen que este año la temporada teatral de Barcelona estará repleta de musicales, y de grandes musicales. De momento coinciden en la cartelera dos de los musicales que el año pasado iluminaron todo Madrid: Chicago y Los Miserables. Pero ahora nos quedamos con el segundo, un monumental fresco, una auténtica obra audiovisual (tanto se disfruta des de la oreja como con los ojos), majestuosa en todos los sentidos. Aunque no conozco otras propuestas que se hayan hecho de esta obra, intuyo que esta producción de Cameron Mackintosh (con un equipo de grandes profesionales de los musicales en toda Europa) para el 25º aniversario del legendario musical de Boublil i Schönberg debe ser de las mejores que se hayan hecho.


La historia es muy interesante, la vida de un ladrón rehabilitado (por la gracia de Dios? ejem, ejem….) que se pasa la vida huyendo de su perseguidor, un representante de la ley que quiere hacerle volver a la cárcel. Claro está que pasan muchísimas más cosas que añaden a tal argumento altas cuotas de intensidad emocional. Además, claro está, estamos hablando de una obra histórica, ambientada en la Francia revolucionaria del siglo XIX. Una obra escrita por Victor Hugo, uno de los mejores escritores en lengua francesa, el más romántico y revolucionario en su momento (y en este momento, depende de para quien también podría serlo). Pero, y aunque el trasfondo social es vital, el conflicto mayor está entre el perseguido y el perseguidor, el héroe y el antagonista, Jean Valjean y Javert. Estos dos personajes se van dibujando a lo largo de los años que marca la obra, tienen sus encontronazos violentos, se separan y se vuelven a encontrar porque uno no existe si el otro. Valjean necesita de Javert para recordar quién era y reafirmarse en su nueva posición de padre protector. Javert necesita de Valjean para saciar sus ansias de venganza y para ponerse al lado de la ley y de dios (lo divino en esta obra sirve para lo bueno y para lo malo). Y la resolución definitiva de todo el conflicto es simplemente magistral. Y eso me sugiere un enlace para hablar de la escenografía.
Como ya he dicho es una obra que se disfruta tanto en lo auditivo, grandes voces al servicio de grandes canciones, como de lo visual. La escenografía es impactante, desbordante, gigante, barroca en escenas más corales, minimalista en escenas más íntimas. Pasando de la espléndida barricada a las catacumbas proyectadas en video. Punto aparte merece el juego de las luces (magnífica la interpretación lumínica en el ataque a la barricada) y los fondos que pasan de las escenas más costumbristas a los paisajes románticos y tenebrosos inspirados en las pinturas de Hugo, aportando, a su vez, un dinamismo y profundidad. Siento repetirme, pero es un monumental fresco.


Y claro está, magnífica interpretación vocal de todos y cada uno del elenco. Con especial querencia para los dos protagonistas. Valjean es Gerónimo Rauch, y este chico hace con su voz auténticas virguerías, pasando del trueno al agudo más delicado e hiriente. Y luego tenemos a Javert, el actor Ignasi Vidal. Éste al igual que Rauch maravilló a todo el público sobretodo en sus canciones en solitario como la de su epitafio. Pero no hay que desmerecer a nadie, ni tan solo a los niños que también lanzan sus gorgoritos. Y a nivel personal me quedo con la magnífica voz de Lydia Fairen al cargo de Eponine y ese fantástico profesional que es Enrique R. del Portal haciendo del bravucón mesonero Thenardier.
Aún resuena en mi cabeza varias canciones del musical, pero sobretodo la línea musical del Soñé una vida (para los menos entendidos, el I dream a dreamed que popularizó Susan Boyle). Y eso supongo que es un buen indicativo. Sin duda, Los miserables es un musical majestuoso.

Martí Figueras Martínez (másteatro.com)


Los eslóganes Más que un musical, una leyenda y El sueño se ha hecho realidad, que acompañan al título de esta nueva versión de Los miserables en su cartel promocional, no son una exageración. El musical más popular de todos los tiempos, basado en el novelón de Victor Hugo, ha llegado por fin a Barcelona en un montaje de 2010 con el que se celebra su 25º aniversario. Más de una treintena de intérpretes son la cara visible de una producción que cuenta con un centenar de personas, todas ellas al servicio de una puesta en escena actualizada francamente espectacular que incluye la proyección de dibujos que son originales del propio Hugo. El ambiente rural y parisiense de la primera mitad del siglo XIX que él describe está ahí, sobre el escenario, con su bruma y su miseria: las calles y los carros, las casas con sus balcones, la fábrica de Valjean convertido en Mr. Madeleine, la taberna de los Thénardier, las barricadas de los estudiantes revolucionarios, escena que por cierto es un Delacroix en movimiento; todo ello forma parte de un dispositivo escenográfico impecable, tremendamente eficaz y ágil. Las proyecciones facilitan la huida de Valjean con el joven Marius a cuestas por alcantarillas de la capital y, convertidas en las aguas del río, engullen literalmente a Javert, el inspector de policía, cuando se suicida lanzándose desde lo alto de un puente, uno de los efectos más logrados.
La treintena de temas musicales se siguen fluidamente unos a otros y la historia folletinesca de los protagonistas se explica perfectamente a través de ellos, sin apenas libreto, gracias a unos intérpretes que no solo cantan bien, sino que además se les entiende mientras lo hacen. Y no es una obviedad. Los personajes son de carne y hueso, sufren y emocionan. Todos están estupendos, incluso los niños, entre los que destaca el simpático Gavroche de Bruno Petra. La muerte de Fantine (Virginia Carmona) es conmovedora; los Thénardier (Enrique R. del Portal y Eva Diago), la grotesca pareja de bribones que regentan el hostal y cuidan de Cosette, protagonizan por separado un par de canciones que reúnen lo más cruel de La cenicienta y lo más diabólico de Sweeney Todd. La relación de perro y gato entre Javert (Ignasi Vidal) y Valjean (Jerónimo Rauch) está muy bien trabada, y las razones de ambos, bien definidas. En fin, vale mucho la pena.

Begoña Barrena (El País)

miércoles, 12 de octubre de 2011

El apartamento, Billy Wilder, 1960


Título Original: The Apartment
Director: Billy Wilder
Guión: Billy Wilder y I.A.L. Diamond
Música: Adolph Deutsch
Fotografía: Joseph LaShelle (B&W)
Productora:
País: Estados Unidos
Año: 1960
Género: Comedia
Duración: 125 min.
Reparto: Jack Lemmon, Shirley MacLaine, Fred MacMurray, Ray Walston, Edie Adams, Jack Kruschen, Joan Shawlee, Hope Holiday, David Lewis, Naomi Stevens, Johnny Seven, Joyce Jameson, Willard Waterman, David White, Edie Adams


La acción se sitúa en Navidad. C.C. Baxter (Jack Lemmon), empleado de la compañía de seguros Consolidated Life, asciende gracias a prestar su apartamento a su jefe, el director del departamento de personal Jeff D. Sheldrake (Fred MacMurray), casado y con dos hijos, y a la ascensorista Fran Kuberlik (Shirley MacLaine) que intenta suicidarse cuando es abandonada. Baxter lo impide y da lugar a una relación entre ellos.


Gratamente impresionado por su primera colaboración juntos en Con faldas y a lo loco, el director y guionista Billy Wilder prometió a Jack Lemmon que crearía un papel específicamente diseñado para que éste pudiera desplegar todos los registros de su talento. El resultado fue El apartamento (1960), una crítica agridulce de la laxitud moral que reinaba en la jungla empresarial de la Norteamérica contemporánea, de la que, una generación más tarde, se haría también eco Oliver Stone en Wall Street (1987).


Muy respetado por su habilidad para crear tanto duros dramas como atrevidas comedias, Wilder combina ambas en El apartamento, aprovechando el sentimiento de proximidad que despiertan entre el público los tres principales intérpretes -asociados normalmente con la comedia ligera para conducir al espectador hacia una visión desoladora y dramática de las relaciones sociales. Pocas veces ha sido utilizada con mayor destreza la simpatía innata de Lemmon, que, a su vez, es hábilmente complementada por la vapuleada fragilidad de MacLaine y por la afinidad, hasta entonces apenas explotada, entre MacMurray y el prototipo del canalla típicamente norteamericano. Este último, que ya había trabajado con Wilder en Perdición (1944), fue una opción de última hora al fallecer Paul Douglas durante el período de preproducción.


Caracterizada en todo momento por un tono compasivo y lleno de emoción, Wilder elude en esta película esa áspera amargura de la que, en ocasiones, era capaz (véase Bésame tonto [Kiss Me Stupid], 1964), para lograr la que quizás sea la película de mayor resonancia emotiva de toda su carrera y, ciertamente, una de sus obras más populares. Situada en la lista de las diez producciones más taquilleras de 1960, fue nominada para diez premios de la Academia, y, con ella, Wilder obtuvo la tripleta de mejor película, mejor director y mejor guión (este último escrito en colaboración con I. A. L. Diamond). El triunvirato formado por Wilder, Lemmon y MacLaine volvería a reunirse en Irma la dulce (Irma La Douce, 1963).

Allan Hunter, Los clásicos del cine

Los champis de Elena


Ingredientes:
  • 300 gr. de champiñones
  • 3 dientes de ajo
  • perejil
  • 1/2 vaso de vino blanco
  • 1 c.s. de aceite
  • sal


Preparación:
  1. Quitar los pedúnculos a los champiñones y limpiarlos.
  2. Poner a calentar el aceite en una cazuela pequeña y añadir el ajo picado, sofreírlo un poquito y añadir los champis.
  3. Saltear los champis durante unos minutos hasta que estén casi cocidos. Añadir la sal, el perejil y rociar con el vino blanco.
  4. Tapar la cazuela y dejar reducir unos 15-20 minutos.

Monty Phyton - Always Look on the Bright Side of Life