domingo, 16 de octubre de 2011

Granadas con moscatel


Ingredientes (4 personas):

  • 2 granadas grandes
  • 2 c.s. de azúcar
  • 250 c.c. de vino moscatel

Preparación:

  1. Desgranar las granadas teniendo cuidado de que no queden restos de la parte amarilla que es muy amarga. Colocarlas en un bol.
  2. Rociar con el azúcar y el vino y mezclar.
  3. Dejar reposar unas horas en el frigorífico para que se maceren.

Ensalada de pollo


Ingredientes:

  • Lechuga a elegir (iceberg, oreja de burro, mezclum...)
  • Pechuga de pollo asada (puede ser un resto)
  • 1 huevo
  • 200 cc de aceite de girasol
  • zumo de limón
  • 50 gr. de avellanas
  • sal
Preparación:
  1. Cortar la lechuga más bien pequeña y disponerla en una fuente.
  2. Desmenuzar el pollo repartiéndolo por encima de la lechuga.
  3. Hacer una mahonesa con el huevo, el aceite de girasol y la sal. Añadirle un poco de zumo de limón. Distribuirla por encima de la ensalada.
  4. Picar las avellanas finamente y espolvorearlas sobre el resto de la ensalada.
Una receta muy sencilla y fácil de realizar, ideal para aprovechar unos restos de pollo que han sobrado (en casa suele hacerse después de comer pollo a l'ast porque siempre quedan pechugas que no quiere nadie). Es una alternativa a la típica ensalada de pollo con salsa rosa a la que las avellanas le dan un toque muy original.

Somewhere, Sofia Coppola, 2010


Título original: Somewhere
Dirección: Sofia Coppola
Guión: Sofía Coppola
Fotografía: Harris Savides
Música: Phoenix
Producción: Focus Features / Pathé / Medusa Film / Tohokushinsha / American Zoetrope
País: Estados Unidos
Año: 2010
Género: Drama / Comedia
Duración: 98 min.
Intérpretes: Stephen Dorff (Johnny Marco), Elle Fanning (Cleo), Chris Pontius (Sammy), Erin Wasson (Party Girl #1), Alexandra Williams (Party Girl #2), Nathalie Fay (Party Girl #3), Kristina Shannon (Bambi), Karissa Shannon (Cindy), John Prudhont (Chateau Patio Waiter), Ruby Corley (Patio Girl)


Johnny Marco (Stephen Dorff) es un actor de gran éxito cuya vida de excesos y lujo cambia por completo al aparecer su hija de once años (Elle Fanning) sin aviso previo. Johnny es una estrella de cine que vive en el lujoso hotel Chateau Marmont de Hollywood, conduce un ferrari y sale con bellas mujeres sin comprometerse con ninguna. Su vida es fácil y confortable, pero todo cambia cuando en el hotel aparece su hija preadolescente, fruto de un antiguo matrimonio fallido. (FILMAFFINITY) 


Vaya por delante un aviso: Os voy a pegar un rollo de tres párrafos simple y llanamente para situar la película de la que hablamos en su contexto y, ya puestos, para exponer la actitud con la que iba predeterminado cuando me senté a verla. Allá va:
Hubo una época en que los parabienes de la crítica hacia el clan Coppola se centraban en el bueno de Francis, patriarca familiar, y en menor medida (por puro desconocimiento) en su padre Carmine, notable compositor y director de orquestra. Algunos caían en la cuenta de que Nicolas Cage formaba parte de la familia (sí, ESE Nicolas Cage, antes de las pelucas, los vástagos con nombre kryptoniano y esa irritante manía en hundir su carrera a golpe de histrionismo mandibular), y los menos recordaban que Talia Shire también participaba en las cenas navideñas de tan pintoresca estirpe. No hace tantos años de ello, aunque por aquél entonces en Nueva York aún podías hacer equilibrismos en una cuerda de metal entre dos torres del World Trade Center, y los Red Sox no ganaban la liga ni a tiros.
Algunas cosas han cambiado desde entonces, y entre ellas la presencia de tan itálico apellido en las comidillas de Hollywood. Tras la desgraciada muerte del hijo mayor, el resto de la prole de Francis Ford Coppola ha hecho sus pinitos en la cosa esta del cine. Roman y Sofia, a golpe de heráldica pero también de talento, se han hecho un hueco en la división más cool del séptimo arte a menudo por la puerta del videoclip. El caso de ella es el más notorio: en 1999 se estrenó en el largometraje con Las vírgenes suicidas, que pasó relativamente desapercibida en nuestro país pero se ganó las alabanzas de la crítica. Sólo algunos mencionaban de pasada que, hasta ese momento, la directora novel era recordada por robarle el papel de Mary Corleone a Wynona Ryder en El Padrino parte III (dos Razzies, a la peor nueva actriz y a la peor intérprete secundaria) y por su breve aparición en Star Wars I: La amenaza fantasma (otra nominación al Razzie a la peor intérpete secundaria y, agárrense, a la peor nueva actriz de la década). De repente, los más modernos del barrio empezaron a adorar a Sofia. Cinco años más tarde, con el estreno de Lost in Translation llegó su consagración definitiva, en forma de premios, taquilla, y un oscar al mejor guión original. De repente, cuernos, todo el mundo empezó a adorar a Sofia. Así las cosas, más chula que un ocho, en 2006 estrenó María Antonieta, y llovieron chuzos de punta. Una parte de la crítica (y no estrictamente francesa) la vapuleó agitando el espantajo del rigor histórico. A otros, simplemente, les pareció vacua, esteticista sin más y profundamente aburrida. De repente, el mundo empezó a odiar a Sofia. Bueno, más que odio, se minimizaba su trabajo anterior (excesivamente hinchado quizá), se la tachaba de superficial, frívola y cuentista. Que si estaba acabada, que si se le veía el plumero, que si rechazo, chanzas, antipatía, miraditas por encima del hombro, defenestración… En fin.


Tras esta voluble tormenta de reacciones a una filmografía que, hasta la fecha, contaba simplemente con tres títulos, llega Somewhere, estrenada con un año de retraso y sin el bombo y las alharacas de las producciones anteriores. Y dejemos las cosa bien claras: A servidor de voacés siempre le ha gustado el cine de la hija de Francis Ford. Más allá del ruido informativo y crítico que han despertado sus trabajos, de la tontería pseudogrouppie que acompaña Las vírgenes suicidas o Lost in Translation, sus películas me han interesado siempre, por muy ancladas en el lado más facilón de la estética cool que estuvieran, a pesar de todos los pesares, siempre me han aportado algo donde otros compañeros de su generación han fallado, una panorámica del vacío existencial y de las relaciones humanas en pleno siglo XXI perfectamente traspasable a otras épocas. Su nuevo trabajo, esta Somewhere, insiste en algunas de las constantes temáticas de su filmografía. A través de la historia de un actor de éxito que languidece en el Chateau Marmont, en una aburrida vorágine de fiestas, bailarinas de peep show y peterpanismo atravesado, Coppola nos habla de nuevo del tedio como forma de vida, del paso de las horas en habitaciones de hotel de una clase acomodada que vive su privilegiada situación como una forma de prisión orgánica y, en ocasiones, totalmente inconsciente. Johnny Marco se encuentra en una especie de standby existencial, parado como un atontado en el pasillo de tránsito entre una época de su vida y la siguiente (el paso a la siguiente etapa de madurez, otra obsesión de Coppola), jugando con la Playstation, coqueteando con toda entrepierna femenina que se le ponga por delante, midiendo su calendario en función de las necesidades de promoción de la productora de turno. Su mundo de feliz complacencia y terrorífica apatía se ve sacudido sutilmente con la irrupción de su hija Cleo, a la que ve solo de vez en cuando y que se instala en sus habitaciones del Chateau cuando su exmujer la abandona presa de una crisis, quizá la misma que asaltaría al protagonista si se parase a pensar sólo por un momento. En un par de semanas, padre e hija viajan a Milán a publicitar la nueva película de Marco, comen helado, se bañan en piscinas, juegan con el Rock Star de la Play, hablan, se conocen, y al padre irresponsable le pasa por la cabeza que quizá el tedio ya no sea un buen compañero. Nada nuevo que no nos hayan contado hasta el aburrimiento y más allá en multitud de ocasiones. Pero Coppola huye de los grandes discursos y de las frases relamidas. Poco hay en los 97 minutos que dura la película que nos haga pensar en grandes giros de guión, de esos que de tan evidentes resultan rijosos. La entrada de Cleo en el mundo de Johnny se produce sin artificios y su relación fluye con notable naturalidad. Lo que vemos en pantalla es un padre y una hija que comparten pequeños momentos de una rutina tamizada por el entorno de gran estrella de Hollywood, pero que destila retazos que son fácilmente reconocibles en cualquier otra circunstancia. A través de ellos, Johnny se acerca a su hija, una deslumbrante chiquilla de 12 años que pone patas arriba su percepción del mundo con las armas de la naturalidad y el desparpajo, actuando como elemento distorsionador de la manera más elegante y soterrada posible. Cuando acaba la película, el efecto de su presencia en la vida del actor será imborrable, y todo ello sin grandes explosiones de afectado lloriqueo, ni gritos, ni profundas revelaciones basadas en elementos de guión que se han introducido 70 minutos antes solo para explotar al final y justificar la conclusión de la historia. El cambio que vertebra el filme, sólido y creíble, simplemente ocurre por la fuerza de sus personajes, por la química que desprenden y por la intensidad de una acumulación de escenas empeñadas en ilustrar el aburrimiento y el vacío existencial. Como la vida misma.


La evolución de la narrativa de Coppola va de más a menos. Si en Las vírgenes suicidas y María Antonieta el hilo narrativo aún está trufado de giros, saltos temporales y otros elementos que dotan de complejidad a la historia, Lost in Translation (escrita en el proceso de preproducción de la película sobre la reina de Francia, aunque rodada finalmente antes) ya presenta síntomas de una considerable simplificación de los puntos que sostienen la estructura de los tres actos. Y lo que era un apunte dramático en la historia de amor ambientada en Tokio se convierte en toda una declaración de intenciones en Somewhere. La madurez de la directora queda patente en una realización que huye de efectismos, su dominio de la cámara y de la puesta en escena le permite resolver escenas con la cámara fija y en un solo plano, y todo ello sin perder ni un ápice de belleza en la composición ni de claridad expositiva. La dirección de actores recupera (o descubre, según se mire) a un Stephen Dorff que hace el papel de su vida: el de un adolescente trasnochado, o el de un adulto con cara de niño. A su lado, Elle Fanning ratifica su condición de most promising newcomer (o como puñetas se diga) con una naturalidad desarmante y un desparpajo ante la cámara cuanto menos refrescante. Cómplice de la directora, suerte de alter ego de la niña que creció en la vorágine de una industria poderosa, ella es en la película la salvación de toda pulsión autodestructiva. Si Hollywood no la jod… Si Hollywood no la fastidia, si la sienta en el banquillo de Jodie Foster o Liz Taylor en lugar de en el del pobre Brad Renfro o Haley Joel Osment, si hacen bien su trabajo, esta chiquilla hará cosas grandes. Mientras tanto, la podemos ver brillar en el trabajo más modesto de Sofia Coppola, aunque sólo sea en apariencia. Desprovista de la atención mediática de sus otros trabajos, fuera del centro de las cámaras, quizá ahora podamos apreciar en su justa medida el trabajo de la pequeña de uno de los clanes con más relumbrón del cine norteamericano.
Y qué feo es el Chateau Marmont, madre mía…

Manel Carrasco (La Casa de los Horrores)


viernes, 14 de octubre de 2011

Victoriano Cremer - Muchacha fea ante el espejo

Tímidamente pregunto
por mi carne de nardo
a los hondos espejos de la noche,
en la soledad de las alcobas.

Como ríos inmóviles, naciendo de improviso,
la imagen desolada me devuelven,
en un oscuro grito sumergido:

(Mi quebrada cintura, el amplio abrazo,
que sostienen mis hombros;
mis duros besos, la mirada
de doliente tigresa
y este mi vientre estéril
que soporta su brío de mar encadenado.)

Los encajes marchitan sus frescas azucenas
entre olor de manzanas;
y los oscuros cuencos que contendrán mis senos
se esparcen como rosas quemadas en la espera.

¿Qué tonos violentos, qué descrinados potros
romperán con sus cascos mis helados cristales,
mi azorado silencio,
mi soledad, poblada de nieblas y rubores?

Me siento desvelada por manos de ceniza,
recorrida por tristes miradas compasivas,
evitada por sauces y ríos vigorosos
a quienes doy mi blanco desnudo palpitante.

Lejanas voces claman.
Cuerpos, como montañas, se golpean, se funden,
y su lava se vierte
sobre la vida ávida, fecundando sus brotes...

Rompen ríos de sangre sus oscuras cortezas,
y entre bosques, se buscan
y mezclan sus furiosos caudales enemigos
elevando a los cielos sus sangrientos despojos.

Y yo, sola, me busco
entre espejos siniestros;
sin encajes ni lágrimas, con mi triste desnudo
—¡Oh fealdad doliente!—,
saltándome a los labios
como un perro, en la triste soledad de mi alcoba...

Ventanas de Manhattan


Curiosamente, Antonio Muñoz Molina se refiere varias veces en Ventanas de Manhattan a “presencias reales”, con lo que alude a una potenciación reveladora de cualquier tipo de realidad. Estamos en una inquietud de época por descubrir lo oculto bajo las apariencias engañosas, evidentes en un lugar tan complejo como Nueva York. La sorprendente metrópolis ha producido caudales generosos de arte, en novela, cine, poesía o ensayo. No merece la pena citar creadores o títulos de todos conocidos, desde Dos Passos o Lorca hasta Woody Allen. En esa estela se halla la indagación de Muñoz Molina, con un texto denso en el que logra un sello distintivo al hacer que confluyan impulsos distantes.

El primer impulso tiene que ver con la fusión de testimonio, autobiografía y narración. ¿Quién diría no hallarse ante una novela al caer en la red del primer párrafo del libro, de una fuerza narrativa que parece anunciar una poderosa fábula decimonónica? La cosa no sigue por ahí, pero tampoco se aleja de ello por completo, pues la presencia de una voz en primera persona, aunque se identifique con el propio autor (quien, por cierto, no da nunca su nombre propio, ni el de los suyos, y tampoco el nombre completo de amigos o conocidos, salvo una excepción), podría ser un narrador que escribe la novela de una ciudad y de un tiempo.

No es la primera vez que Muñoz Molina hace algo parecido. Confesión directa hay en Ardor guerrero (1995), que contiene una minuciosa crónica de sus ácidos recuerdos del servicio militar en un texto confesional, sin disimulos, autobiográfico. Y el propio escritor se incorpora en el capítulo final a Sefarad (2001), una obra que tiene mucho que ver con esta indagación neoyorquina de añora y que confirma, una vez más, el fondo unitario de la escritura del autor de El jinete polaco.

Las coincidencias entre Sefarad y Ventanas de Manhattan deben subrayarse porque ilustran el sentido de este nuevo acercamiento a la metrópolis americana: al margen de similitudes en algún pasaje (cierta visita a un museo), guardan bastante semejanza a causa de una común preocupación por el motivo del exilio y por la intensa evocación de la tierra natal.

La diferencia con esos textos, en el caso presente, está en otro impulso, el libro de viajes. Esto tampoco supone decir mucho, porque existen bastantes modalidades de escritos de andar y ver, desde el exotismo morboso de los románticos hasta el puntillismo satírico de Stendhal. Muñoz Molina marca aquí su propio territorio, que consiste en una relación expositiva (algo habitual en sus escritos), en una plataforma real y concreta desde la cual remontar las impresiones hasta la noble altura de un discurso estético, vital y moral.

Esa relación se derrama por medio de una prosa de párrafo amplio, llena de subordinadas, proclive a la utilización de conjunciones copulativas encadenadas, rica en largas enumeraciones, que se deja llevar hacia el énfasis, y musical, con un ritmo mental bien recreado por oraciones algo barrocas. Es lo propio de una escritura argumentativa, que tiene un trasfondo moral.

Esta prosa un poco oratoria también acoge la imagen poética, el atisbo impresionista, el impacto de la luz y el color (abundan los adjetivos cromáticos) y la melancolía que rescata emociones de un pasado; el escritor adulto pone enfrente al artista adolescente en la provincia. Todo ello surge de un rico juego de miradas, hacia el exterior y hacia adentro. Despliega el autor una infatigable actividad de voyeur, de mirón confeso, como revela el propio título. Es muy “ventanero”, como decía de sí misma Carmen Martín Gaite con una expresiva voz castellana que indica la cualidad básica de observador que sostiene a muchos escritores.

Desde la ventana, o mediante constantes paseatas urbanas, el autor jiennense constata la intrincada realidad de Manhattan, se fija en el elemento humano, en los contrastes sangrantes, usos y rasgos diferenciadores de una sociedad marcada por el exilio de sus gentes; “un gran sumidero de desconocidos, desamparados, solitarios y enfermos”. No hay en él un costumbrismo tópico ni limitador, pero también proclama, frente a una creencia muy del día, y muy de nuestro país, la virtualidad universalizadora del localismo. Con razón sostiene cuánto deben lo mejor de las letras y el cine americano a su cercanía a una inmediatez de vecindario.

El panorama social, según resulta lógico en alguien siempre atento a estas cuestiones, ocupa mucha de su atención, pero deja un amplio terreno a los aspectos culturales y artísticos, acerca de los que despliega abundantes anotaciones de receptor sensible y muy fino y penetrante. Esta vertiente analítica funciona como un puente hacia un tercer y capital impulso, el paisaje interior del propio autor, y todo ello se engarza en una de las mayores afirmaciones de vitalismo que se encuentren en las letras actuales.

El léxico de la obra da prueba de ello: con frecuencia utiliza las palabras plenitud, gozo, celebración o felicidad. Y se refiere a una explícita voluntad de gustar la riqueza del mundo, que llega por los sentidos, por el cultivo de la sensibilidad y que surge de una mirada múltiple: sorprendida, tierna, crítica, rebelde... Ventanas de Manhattan está transido del clásico carpe diem. Este disfrute justifica el censo un tanto ramoniano del inmenso rastro neoyorquino, pero no pierde de vista las aristas de la realidad, y subraya lo efímero y cambiante como cualidades distintivas de la ciudad. Por descontado que tal percepción desemboca en ráfagas elegíacas.

Dice Muñoz Molina que en el periódico “se ve que cualquier faceta de la vida real es de una complejidad inabordable para la literatura”. A esa certeza responde con la forma documental de este libro, su modo de perseguir la plenitud comunicativa. Porque la obra, por supuesto, no consiste en un retrato más o menos inspirado de ese gran emblema absoluto del mundo moderno. De pasada nos da la clave de su empeño. Se refiere a cómo “el arte enseña a ver el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo”. Y explica que en los cuadros o en los libros se busca “una forma verdadera y pura de conocimiento”.

Esa razón motiva estas Ventanas, que no son instantáneas para “viajeros en casa”, como decía la publicidad de los viajes románticos, sino, también, una manera de alcanzar el distanciamiento enriquecedor de la realidad doméstica. Aparte del interés por lo diferente, deja claro el autor que “viajar sirve sobre todo para aprender sobre el país del que nos hemos marchado”. Muñoz Molina se sirve de los rostros de Nueva York para ampliar su retrato moral de nuestro tiempo.

Santos Sanz Villanueva (El Cultural)

Susan Boyle - I Dreamed A Dream


Los Miserables en el Teatro Musical de Barcelona


Reparto: GERÓNIMO RAUCH (Jean Valjean), IGNASI VIDAL (Javert), ENRIQUE R. DEL PORTAL (Sr. Thenardier), GUIDO BALZARETTI (Marius), LYDIA FAIREN (Eponine), VIRGINIA CARMONA (Fantine), EVA DIAGO (Sra. Thenardier), DANIEL DIGES (Enjolras, TALÍA DEL VAL (Cosette), VÍCTOR DÍAZ (Capátaz / Brujón), PACO ARROJO (Bamatabois / Montparnasse), DAVID ORDINAS (Obispo / Combeferre), CARLOS SOLANO (Grantiere), ÁLVARO PUERTAS (Claquesous), ALBERTO ALIAGA. GUILLERMO SABARIEGOS, EDGAR MARTINEZ, DIEGO RODRIGUEZ, MARCOS PÉREZ, DAVID VELARDO, RUTH CALVO, RAQUEL ARCOS, RAQUEL ARCOS, SILVIA LUCHETTI, ELENA MEDINA, ADRIANA VAQUERO, XENIA GARCÍA, ANA SAN MARTÍN, ANGEL SAAVEDRA, LOURDES FABRÉS, MARÍA JOSÉ LUCAS MARTÍNEZ, GONZALO ALCAÍN, SANTIAGO CANO

Creación: Alain Boublil y Claude-Michel Schönberg

Letras: Herbert Kretzmer

Dirección: Trevor Nunn y John Caird

Página oficial


Dicen que este año la temporada teatral de Barcelona estará repleta de musicales, y de grandes musicales. De momento coinciden en la cartelera dos de los musicales que el año pasado iluminaron todo Madrid: Chicago y Los Miserables. Pero ahora nos quedamos con el segundo, un monumental fresco, una auténtica obra audiovisual (tanto se disfruta des de la oreja como con los ojos), majestuosa en todos los sentidos. Aunque no conozco otras propuestas que se hayan hecho de esta obra, intuyo que esta producción de Cameron Mackintosh (con un equipo de grandes profesionales de los musicales en toda Europa) para el 25º aniversario del legendario musical de Boublil i Schönberg debe ser de las mejores que se hayan hecho.


La historia es muy interesante, la vida de un ladrón rehabilitado (por la gracia de Dios? ejem, ejem….) que se pasa la vida huyendo de su perseguidor, un representante de la ley que quiere hacerle volver a la cárcel. Claro está que pasan muchísimas más cosas que añaden a tal argumento altas cuotas de intensidad emocional. Además, claro está, estamos hablando de una obra histórica, ambientada en la Francia revolucionaria del siglo XIX. Una obra escrita por Victor Hugo, uno de los mejores escritores en lengua francesa, el más romántico y revolucionario en su momento (y en este momento, depende de para quien también podría serlo). Pero, y aunque el trasfondo social es vital, el conflicto mayor está entre el perseguido y el perseguidor, el héroe y el antagonista, Jean Valjean y Javert. Estos dos personajes se van dibujando a lo largo de los años que marca la obra, tienen sus encontronazos violentos, se separan y se vuelven a encontrar porque uno no existe si el otro. Valjean necesita de Javert para recordar quién era y reafirmarse en su nueva posición de padre protector. Javert necesita de Valjean para saciar sus ansias de venganza y para ponerse al lado de la ley y de dios (lo divino en esta obra sirve para lo bueno y para lo malo). Y la resolución definitiva de todo el conflicto es simplemente magistral. Y eso me sugiere un enlace para hablar de la escenografía.
Como ya he dicho es una obra que se disfruta tanto en lo auditivo, grandes voces al servicio de grandes canciones, como de lo visual. La escenografía es impactante, desbordante, gigante, barroca en escenas más corales, minimalista en escenas más íntimas. Pasando de la espléndida barricada a las catacumbas proyectadas en video. Punto aparte merece el juego de las luces (magnífica la interpretación lumínica en el ataque a la barricada) y los fondos que pasan de las escenas más costumbristas a los paisajes románticos y tenebrosos inspirados en las pinturas de Hugo, aportando, a su vez, un dinamismo y profundidad. Siento repetirme, pero es un monumental fresco.


Y claro está, magnífica interpretación vocal de todos y cada uno del elenco. Con especial querencia para los dos protagonistas. Valjean es Gerónimo Rauch, y este chico hace con su voz auténticas virguerías, pasando del trueno al agudo más delicado e hiriente. Y luego tenemos a Javert, el actor Ignasi Vidal. Éste al igual que Rauch maravilló a todo el público sobretodo en sus canciones en solitario como la de su epitafio. Pero no hay que desmerecer a nadie, ni tan solo a los niños que también lanzan sus gorgoritos. Y a nivel personal me quedo con la magnífica voz de Lydia Fairen al cargo de Eponine y ese fantástico profesional que es Enrique R. del Portal haciendo del bravucón mesonero Thenardier.
Aún resuena en mi cabeza varias canciones del musical, pero sobretodo la línea musical del Soñé una vida (para los menos entendidos, el I dream a dreamed que popularizó Susan Boyle). Y eso supongo que es un buen indicativo. Sin duda, Los miserables es un musical majestuoso.

Martí Figueras Martínez (másteatro.com)


Los eslóganes Más que un musical, una leyenda y El sueño se ha hecho realidad, que acompañan al título de esta nueva versión de Los miserables en su cartel promocional, no son una exageración. El musical más popular de todos los tiempos, basado en el novelón de Victor Hugo, ha llegado por fin a Barcelona en un montaje de 2010 con el que se celebra su 25º aniversario. Más de una treintena de intérpretes son la cara visible de una producción que cuenta con un centenar de personas, todas ellas al servicio de una puesta en escena actualizada francamente espectacular que incluye la proyección de dibujos que son originales del propio Hugo. El ambiente rural y parisiense de la primera mitad del siglo XIX que él describe está ahí, sobre el escenario, con su bruma y su miseria: las calles y los carros, las casas con sus balcones, la fábrica de Valjean convertido en Mr. Madeleine, la taberna de los Thénardier, las barricadas de los estudiantes revolucionarios, escena que por cierto es un Delacroix en movimiento; todo ello forma parte de un dispositivo escenográfico impecable, tremendamente eficaz y ágil. Las proyecciones facilitan la huida de Valjean con el joven Marius a cuestas por alcantarillas de la capital y, convertidas en las aguas del río, engullen literalmente a Javert, el inspector de policía, cuando se suicida lanzándose desde lo alto de un puente, uno de los efectos más logrados.
La treintena de temas musicales se siguen fluidamente unos a otros y la historia folletinesca de los protagonistas se explica perfectamente a través de ellos, sin apenas libreto, gracias a unos intérpretes que no solo cantan bien, sino que además se les entiende mientras lo hacen. Y no es una obviedad. Los personajes son de carne y hueso, sufren y emocionan. Todos están estupendos, incluso los niños, entre los que destaca el simpático Gavroche de Bruno Petra. La muerte de Fantine (Virginia Carmona) es conmovedora; los Thénardier (Enrique R. del Portal y Eva Diago), la grotesca pareja de bribones que regentan el hostal y cuidan de Cosette, protagonizan por separado un par de canciones que reúnen lo más cruel de La cenicienta y lo más diabólico de Sweeney Todd. La relación de perro y gato entre Javert (Ignasi Vidal) y Valjean (Jerónimo Rauch) está muy bien trabada, y las razones de ambos, bien definidas. En fin, vale mucho la pena.

Begoña Barrena (El País)