sábado, 12 de noviembre de 2011

Cenicienta, Géorges Méliès, 1899

Título original: Cendrillon
Dirección: Georges Méliès.
Guión: Georges Méliès, basado en el cuento de Charles Perrault.
Producción: Georges Méliès para Star Film Studios (Montreuil, Francia). E: octubre de 1899.
País: Francia.
Duración: 140 metros (6 min. aprox.).
Intérpretes: Srta. Barral (Cenicienta), Bleuette Béron (el hada madrina), Georges Méliès (el gnomo barbudo en el péndulo), Jehanne d'Alcy (la reina), señora Depeyrou (una de las hermanastras), M. Carmély (el príncipe).


En su ya considerable trayectoria, el genio de Méliès ha demostrado su extraordinario talento en todos aquellos géneros cinematográficos que ha tocado. De ese modo, tanto los films de trucos teatrales, como las actualidades reconstruidas o las fantasías cinematográficas saben ya de la maestría del mago de Montreuil. En esta ocasión, Méliès se asoma a la imaginación infantil con Cendrillon, una comedia que él mismo había representado tiempo atrás en la escena y cuyo argumento está inspirado en un cuento de Charles Perrault.
La producción es abordada desde el primer momento con la envergadura que merece y, con sus más de 100 metros, se trata del film de mayor duración rodado hasta la fecha por el realizador. Fiel a su estilo habitual, Méliès concibe para el film una planificación absolutamente teatral. De ese modo, la película está dividida en cuadros, mientras los actores aparecen dispuestos sobre un escenario y se desenvuelven con un estilo interpretativo basado en la mímica y el gesto. Además, la continuidad narrativa espacio-temporal se respeta con todo rigor. Aunque el resultado es, en efecto, una pantomima filmada, Méliès no renuncia a introducir en ella ciertos trucos propios del medio cinematográfico. Así, la transfiguración de la calabaza en carroza se realiza mediante una parada por sustitución, mientras que, para enlazar la secuencia en que Cenicienta sale de su coche con otra en que la muchacha entra en el salón de baile, se utiliza el efecto denominado mutación a la vista, que no es sino la manera que Méliès tiene de entender el montaje. Como colofón a la obra de gran espectáculo que es, la película finaliza con una apoteosis inspirada en la opereta y el music-hall, en la cual llegan a coincidir treinta y seis comparsas en pista.

Luis Enrique Ruiz, Obras Pioneras del Cine Mudo (1895-1917), Ediciones Mensajero, Bilbao, 2000

Visita submarina del acorazado Maine, Géorges Méliès, 1898

Título original: Visite sous-marine du Maine
Dirección: Georges Méliès.
Guión: Georges Méliès (actualidad reconstruida).
 Fotografía: Georges Méliès.
Producción: Georges Méliès para Star Film Studios (Montreuil, Francia).
País: Francia.
Estreno: abril de 1898.
Duración: 20 metros (1 min. aprox.). 



El film es una de las cinco cintas dedicadas a los sucesos de Cuba.

El reciente afán de los cineastas por llevar a la pantalla los hechos más relevantes de la actualidad mundial, brinda al espectador la oportunidad de degustar el cine en su vertiente catastrofista. En estas fechas, el conflicto hispano-norteamericano es, sin duda, una de las noticias más explotadas. Los EEUU basaron su declaración de guerra al hacer responsable a España de la voladura del acorazado Maine, ocurrida el 15 de febrero de 1898 en la bahía de la Habana (el 21 de abril de 1898). Pese a que la causa de tan desgraciado episodio, que provocó la muerte de 264 tripulantes, no puede ser establecida, influyentes grupos de presión yanquis se encargan de intoxicar a la opinión pública de su país para forzar una guerra que pueda asegurarles la influencia político-económica sobre Cuba.
Méliès nos ofrece su visión de la crisis cubana en una serie de cinco films que rueda en su estudio con gran meticulosidad, valiéndose para ello de las ilustraciones de los periódicos de la época. Encuadradas dentro de sus actualidades reconstruidas, las cintas recomponen los hechos mediante maquetas y efectos especiales muy logrados. La última, Les scaphandries au travail. Visite sous-marine du Maine, la más interesante de la serie, resulta una brillante recreación del reconocimiento del casco del buque hundido por buzos españoles y americanos. La minuciosidad del realizador se manifiesta sobre todo en la cuidada puesta en escena del film, que se complace en regalarnos con los primeros efectos cinematográficos del fondo del mar. Méliès muestra las evoluciones de los escafandristas filmándolos a través de un auténtico acuario en donde nadan peces vivos. Del conjunto, muy realista, el realizador se muestra especialmente orgulloso, hasta el punto de considerar la película como su obra maestra del género.

Luis Enrique Ruiz, Obras Pioneras del Cine Mudo (1895-1917), Ediciones Mensajero, Bilbao, 2000

Escamoteo de una dama, Géorges Méliès, 1896

Título original: Escamotage d'une dame chez Robert Houdin.
Dirección: Georges Méliès.
Guión: Georges Méliès.
Producción: Georges Méliès para Star Film Studios (Montreuil, Francia).
País: Francia.
Estreno: diciembre de 1896.
Duración: 30 metros (75 seg. aprox.).
Intérpretes: Georges Méliès (ilusionista), Jehanne d'Alcy (la dama).





La historia está basada en uno de los números escénicos de mayor éxito de Méliès, en el que el mago ejecuta uno de los trucos inventados por Buatier de Kolta -hacía aparecer y desaparecer a una dama con ayuda de un velo-. En la película, que se rueda a finales de 1896 en su jardín de Montreuil-sous-Bois, Méliès complementa la técnica teatral con el truco aprendido [la parada de la grabación y el cambio de plano]. Así, sirviéndose de una trampilla disimulada en la escena, la dama desaparece a través del diario trucado posado en el suelo, mientras el efecto de parada de cámara permite a Méliès obviar el velo en el momento en que el esqueleto hace su aparición sobre la silla. Es el primer uso conocido que hace Méliès del truco. El film, por descontado, hace las delicias del público.

Luis Enrique Ruiz, Obras Pioneras del Cine Mudo (1895-1917), Ediciones Mensajero, Bilbao, 2000


viernes, 11 de noviembre de 2011

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, Stanley Kubrick, 1964


Título original: Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb
Dirección: Stranley Kubrick
Guión: Stanley Kubrick, Terry Southern, Peter George (Novela: Peter George)
Fotografía: Gilbert Taylor (B&W)
Música: Laurie Johnson
Producción: Columbia / Hawk Films
País: Reino Unido
Año: 1964
Género: Comedia
Duración: 93 min.
Intérpretes:  Peter Sellers, George C. Scott, Sterling Hayden, James Earl Jones, Keenan Wynn, Slim Pickens, Peter Bull, Tracy Reed, Jack Creley, Frank Berry, Glenn Beck, Shane Rimmer, Paul Tamarin, Gordon Tanner, Robert O'Neil, Roy Stephens


Convencido de que los comunistas están contaminando a la nación americana, un general ordena, en un acceso de locura, un ataque aéreo nuclear por sorpresa sobre la Unión Soviética. Su ayudante, el capitán Mandrake, trata de averiguar el código para detener el bombardeo. Para solucionar el problema, el presidente de EE. UU. se comunica con Moscú para convencer al dirigente soviético de que el ataque es un estúpido error. Mientras tanto, el asesor del presiente, un antiguo científico nazi, el Dr. Strangelove, confirma la existencia de la “Máquina del Juicio Final”, un dispositivo de represalia soviético capaz de acabar con la humanidad para siempre.


Una bomba para gobernarlos a todos, una bomba para encontrarlos…

Al hablar de una película que trata de un tema que fue tan trascendente durante gran parte del siglo pasado, uno tiene la sensación de que debería tratarse con cautela, rigor y seriedad. La amenaza nuclear, tan cacareada durante aquellos años y coleando todavía en la actualidad, fue seguramente la que más cautivó la imaginación, los temores y la irracionalidad de los seres humanos (seguida de cerca por la chorrada OVNI), o al menos la imaginación de las personas que no tenían otras cosas más importantes en que pensar, como qué dar de comer a sus hijos al día siguiente. Por eso esta película me parece tan trascendental, hasta el punto de ser mi película favorita del a veces genial Stanley Kubrick. Un tratamiento dramático del tema, como el que lleva a cabo la semifallida película Punto límite (Fail Safe, Sidney Lumet. 1964) del mismo año con la misma temática, resulta irrisorio por lo absurdo que en sí mismo conlleva el tema. Una estupidez tan monumental como la guerra nuclear no puede ser tratada en serio sin caer en lo grotesco (¡ojo!, que no digo que no sea verídico, pero cualquiera coincidirá conmigo que hay pocos hechos tan absurdos en la historia de la humanidad como planear la destrucción global, incluida la propia).

Y resulta sorprendente si partimos del individuo (con perdón) que perpetró esta obra cumbre de la historia de la farsa. Un tipo frío, serio, distante, con complejo de semideidad que tenía que tocar todos los temas y sentar cátedra en cada uno de ellos, con una solemnidad y petulancia que hace que aunque me encante su cine, me sonroje y moleste tanta muestra de pulcra perfección. Es cierto que casi todas sus películas, sobre todo las primeras, son geniales, pero tanta genialidad pedante a veces cansa.



Así que llega el tío y te planta una comedia sobre este tema tan importante. Así, por las buenas. Y en esta comedia no deja de dar cera a nada ni nadie. Desde la vocación pacifista del ejercito (es Genial con mayúsculas la secuencia de la batalla en el cuartel delante del cartel que reza “nuestra profesión es la paz”) hasta la eficiencia de las políticas de intimidación, pasando por los intereses gubernamentales o la validez y conveniencia de aquellos a los que elegimos para gobernarnos. Una parodia a la altura de las grandes hazañas fílmicas como Ser o no ser (To Be or Not to Be, Ernst Lubitsch. 1942) o El gran dictador (The Great Dictator, Charles Chaplin. 1942), con las que el espectador se ríe a carcajadas mientras le van denunciando y mostrando las mayores atrocidades a tiempo real, porque son tan estúpidas que producen hilaridad.

Lo que nos cuenta la película es terriblemente sencillo. A un milico americano se le va la olla y decide bombardear la URSS con un montón de bombas atómicas montadas en aviones B-52. (Teniendo en cuenta que algún presidente americano estaba alzahimérico perdido mientras custodiaba el botón, y lo que es peor aun, consultaba a menudo a su astrólogo antes de tomar las decisiones, es una hipótesis bastante plausible). Lo que no sabe es que los rusos han puesto en funcionamiento la máquina definitiva, que consiste en un ingenio que automáticamente lanzaría todo el potencial nuclear Ruso sobre el resto del mundo en cuanto detectara una explosión, sin que haya forma humana de evitarlo (ahí está el truco). Así que el gobierno americano decide ayudar al soviético a detener la amenaza, pero la bien entrenada tripulación de uno de los bombarderos hará todo lo posible por cumplir su cometido. Por si alguno lo desconoce, no cuento el final, pero la tensión y comicidad que desprende, y su total capacidad de sorpresa, lo catapultan a todas las antologías del cine, permaneciendo algunas de sus imágenes como inolvidables iconos de la cultura cinematográfica.



Sólo en un sentido la película está un poco desfasada y peca un poco de ingenuidad. En la época en que se hizo aun no se tenía muy claro eso de la radiactividad, ni que podía durar muchos años (uno de los trucos de la máquina definitiva es que lleva un compuesto radiactivo que durará casi 100 años, y a esto se le saca mucho partido en la parte final). Pero en todo lo demás la cinta es cáustica y certera como pocas veces en la historia del cine (la película tubo que hacerse en Inglaterra, porque dudo que en los USA la hubieran permitido, y menos en esa época). El retrato que hace del macartismo, del comunismo (las conversaciones telefónicas entre el presidente americano y el ruso son hilarantes), del ejercito en general y la cúpula militar en particular, o de la carrera armamentística no tienen desperdicio.

Pero quizá el punto fuerte de la moraleja de la película sea la crítica del uso de la bomba como elemento intimidatorio. La política que desvió la atención de la opinión pública hacia la muy cómoda amenaza nuclear mientras que los temas importantes eran ignorados por el público y los medios. La bomba fue usada como cebo por las partes en conflicto y mientras la atención del mundo estaba fija en este punto ambos movían sus fichas en el tablero global para controlar, expoliar y tapar la vergüenza con que estaban cubriendo el mundo, hambre, guerras civiles, saqueo de los bienes de otros países en nombre de sus respectivos “ideales”. Al igual que la novela “Rebelión en la granja” denunciaba la falsa moral soviética, esta cinta destapa las bajezas de un gobierno cuyos tentáculos apretaban hasta el cuello más lejano, a las puertas mismas de Rusia (perdón por la digresión pseudo-política).


La película se desarrolla en tres escenarios, el cuartel del general que ordena el bombardeo, la sala de mando del ejército en la que se reúne toda su cúpula con el presidente, y el interior de un bombardero B-52. El protagonismo va pasando del primer escenario al último, comenzando con un cierto tono serio que va degenerando en una burla feroz especialmente en las escenas en el cuartel general. Sin embargo, la parte del avión se mantiene (casi) siempre en tensión, sintiéndote identificado con los miembros de la tripulación y deseando que puedan cumplir su tarea de provocar una destrucción a escala global. Los efectos especiales, especialmente los movimientos del avión, parecen chascarrillos cómplices (poco después, en 2001: Una odisea del espacio / 2001: A Space Odyssey, 1968 demostró lo bien que se puede llegar a hacer esto, pero aquí es lo que menos importa). Pero los momentos en los que los tripulantes preparan el bombardeo comprobando los sistemas, con primeros planos de los mandos con zoom bruscos que acercan aun más el plano, provoca una sensación de tensión similar a la que consigue en la también magistral Atraco perfecto (The Killing, 1956) con los saltos temporales.

Cabe destacar el protagonismo del histriónico Peter Sellers, que no conforme con hacer de presidente de los EE UU, hace otros dos papeles protagonistas: el coronel que intenta hacer entrar en razón al general enajenado, y el Dr. Strangelove que da título a la película (en el título original). Este desternillante personaje es un antiguo alto mando alemán que hace de consejero para el presidente americano desde su silla de ruedas, y en la parte final tiene un par de memorables peleas con su mano de saludar a Hitler, mientras da grandes ideas fascistas para salvar a la humanidad que son recibidas con gran entusiasmo.


En definitiva, un hito en la historia del cine, del humor y la ironía, y que además deja un profundo poso de amargura y reflexión. Un aspecto visual magnífico, incluyendo los comentados efectos especiales de mentirijillas, y una puesta en escena de absoluta antología que la convierten en la película antimilitarista y antibelicista más lograda de la historia, y una de las más divertidas comedias. Su mensaje mantiene plena actualidad y quizá la deberían reponer en muchos países para escarnio de nuestros dirigentes. Ojalá llegue un día en que se quede anticuada.

Javier Castro (Miradas de Cine)

jueves, 10 de noviembre de 2011

El hijo único, Yasujirö Ozu, 1936


Título original: Hitori musuko
Diracción: Yasujirö Ozu
Guión: Yasujiro Ozu, Tadao Ikeda, Masao Arata
Fotografía: Shojiro Sugimoto (B&N)
Música: Senji Itô
Producción:  Shochiku Kinema Kenkyû-jo
País: Japón
Año: 1936
Género: Drama
Duración: 87 min.
Intérpretes: Chouko Iida, Shinichi Himori, Masao Hayama, Yoshiko Tsubouchi, Mitsuko Yoshikawa, Chishu Ryu, Tomoko Naniwa, Bakudankozo, Kiyoshi Seino, Eiko Takamatsu


Una mujer, que vive en el campo, intenta hacer lo máximo para que su hijo pueda tener una buena educación en Tokio. Años más tarde, le va a visitar a Tokio, pensando que es feliz y ha conseguido un buen nivel de vida. Pero se entera rápidamente que, al contrario, trabaja como profesor dando cursos por la noche y vive sumido en la pobreza con su mujer... (FILMAFFINITY)


La primera película sonora de Yasujirö Ozu es extraordinariamente conmovedora. El Hijo Único es una de las más grandes obras del director japonés, una simple historia sobre una madre bondadosa que renuncia a todo para asegurar la educación y el futuro de su hijo. 


La industria japonesa tardó en adoptar el cine sonoro. Los benshi (narradores orales que acompañaban las proyecciones con sus comentarios sobre la historia y su contenido emocional) eran muy populares entre el público y tenían gran relevancia en términos económicos. Ozu fue uno de los pioneros en la utilización del sonido a pesar de que en Occidente ya hacía años que se había incorporado a la producción cinematográfica (El cantor de jazz fue la primera película sonora que se estrenó y está datada en 1929). 


Ozu acomete la utilización de las técnicas del sonoro con maestría, las bellas discusiones entre la madre y el hijo están intercaladas con soberbios momentos de silencio, gracias principalmente a la inserción de planos fijos que muestran los alrededores, con el efecto poético añadido de la ropa ondeando al viento o los matorrales mecidos por la brisa. Las palabras no lo dicen todo, el hijo encuentra en el fondo de sí mismo las fuentes para tirar adelante aunque las palabras de la madre actúan como un bálsamo sobre el hijo que parecía haberse rendido ya, y se percibe una evolución en la concepción para la madre del término "un gran hombre", no tanto por su posición económica sino por su comportamiento desinteresado y noble.




El Hijo Único es posiblemente la más melodramática de todas las películas de Ozu aunque se identifica con el estilo del resto de su obra por los suaves momentos melodramáticos, los introspectivos planos estáticos de la geografía circundante y por una narrativa simplista. El tono de la obra anuncia una increíble precisión en el tratamiento de las relaciones familiares que Ozu extenderá al resto de su filmografía posterior.

Texto de Abu a partir de diferentes comentarios encontrados por la red.




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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Franco Battiato - Selección de temas















El ilusionista, Sylvain Chomet, 2010


Título original: The Illusioniste
Dirección: Sylvain Chomet
Guión: Sylvain Chomet, Jacques Tati
Fotografía: Animation
Música: Sylvain Chomet
Producción: Coproducción Francia-Reino Unido; Django Films
País: Francia
Año: 2010
Género: Animación. Drama
Duración: 76 min.


Segunda película del director de "Bienvenidos a Belleville", basada en un guión de Jacques Tati que nunca fue producido. Cuenta la historia de un viejo mago que trata de no defraudar a una niña convencida de que sus trucos de magia son reales. (FILMAFFINITY)


Sin ánimo de filosofar ni elaborar análisis semiológicos de chicha y nabo, podríamos plantearnos que parece que estamos en un tiempo en que la modernidad está mutando hacia unos conceptos timoratos basados en lo audaz de las formas pero en lo apolillado de los fondos. Vamos, que, por lo menos en cine de animación -y terrenos Pixar y Miyazaki aparte- parece que están volviendo a ser prêt-à-porter una serie de contenidos antiguos en el mejor de los casos (anticuados en la mayoría) que sin embargo se visten de gala digital para ofrecer la mayor y más tragable experiencia de gatoporliebrización del cine-espectáculo actual. Es lo que ha hecho Disney con su última producción; es lo que viene haciendo DreamWorks en cuatro de cada cinco películas que entrega.
Pero lo que era casi inédito es el deporte que practica el francés Sylvain Chomet, corredor solitario que ya se emborrachó de éxito con su muy celebrada "Bienvenidos a Belleville". Se trata de rescatar y reverenciar un cierto pasado y doblegarse a sus designios conceptual y formalmente: hacer una peli de antes con técnicas como las de antes. Y la excusa le viene al pelo: rescatar un guión dejado a medias a principios de los años sesenta por esa figura capital de la comedia cinematográfica europea llamada Jacques Tati.

Era la historia de Tatischeff, un mago francés old fashioned que se ve obligado a peregrinar por Europa buscándose su fortuna sobre las tablas o su sustento donde pueda. En esas, cuando recaba en Edimburgo una curiosa aliada le surge: Alice es una niña que aún cree en la magia y se maravilla con cada paso de mano abracadabrante del viejo Tatischeff. Y que terminará acompañándolo como sidekick en su cruzada por mantener vivo el alehop, chan, conejo de la chistera.
Entre ambos no tardará en surgir una inevitable complicidad no ilícita basada en una suerte de relación padre-hija. Peor, en el desequilibrio del sacrifico de uno ante la acomodación de la otra.


Con esta parrilla de salida, Chomet se da el pistoletazo hacia una maratón con una única meta: construir un precioso (¿y necesario? estas cosas siempre lo son) homenaje al maestro francés que dejó su obra a medias, lograr la película que podría haber resultado de llevar Tati su empresa hasta el final. De modo que los ingredientes dispuestos obedecen casi al cien por cien (cosecha Chomet: elegir la animación como soporte expresivo) al universo personal que el director desplegó a lo largo de sus seis y pico películas. Y un poquito de Tati hay en cada recoveco de "El ilusionista": la historia está apoyada casi totalmente en lo visual, de modo que los diálogos son escasísimos. Se vira hacia un humor que coquetea con el slapstick y se otorga -el maestro ya era un ídem en ello- una importancia capital al sonido y a las construcciones narrativas que este puede ofrecer. El personaje de Tatischeff toma su nombre del apellido real del director y evoca directamente ese alter ego llamado Monsieur Hulot que protagonizó algunas de las más populares comedias de Tati: el mago de Chomet actúa, se expresa y se mueve igual. E incluso la música remite en algunos pasajes a las partituras de Alain Romans. Y, claro, se pueden buscar reminiscencias de "Traffic" en esa secuencia en el taller de coches, de "Las vacaciones de monsieur Hulot" en la actitud de su protagonista, de "Playtime" en la perplejidad del personaje ante la imposición de un nuevo orden tecnológico. Y hasta aparecen en una ocasión unas imágenes reales de "Mi tío", en el momento en que el ilusionista se mete en un cine. ¿Más evidencias?
El resultado, puede uno imaginárselo. Una historia con vocación de atemporal y mucho cariño por el pasado que queda evidenciado en cuanto los personajes cobran vida. "El ilusionista" está plasmada en un delicioso 2D (con un ocasional 3D nada presuntuoso) que busca el encanto de lo clásico, que en este caso gasta el nombre de Disney pre-años 80. Con la preciosa "Los Aristogatos" como referente casi directo, Chomet juega a la identificación con esa corriente de línea clara europea (¿algo de BD en todo esto?) de trazo ligero, ambientación cuidada, animación volátil, color suave, fondos añejos y personajes con gracejo.


Un aprecio por una época que, más allá de un peso visual, se extiende hasta la médula argumental de la película. Lo de Chomet es amor por (o por lo menos homenaje a) una época pretérita y un cine perdido; un intento de imaginar un panorama en el que no hubiera pasado el tiempo desde que Tati se fue a otro lado a hacer mejores cosas. Pero la realidad es distinta, nos recuerda el director: el tiempo avanza como una apisonadora de gasoil; para el mago Tatischeff la esquizofrenia escénica del rock substituye a la puesta en escena más cercana, a la magia más tradicional. La ilusión y la inocencia están cediendo terreno ante el cinismo, ante la modernidad acelerada y los nuevos intereses de la chavalería, que han perdido el gusto por lo fait maison.
Todo ello conduce a un punto inevitable en el que el humor amable (aun con ese toque de ironía agridulce) es liquidado de un plumazo por un final desarmante, demoledor, lleno de nostalgia por el cambio de ciclo y desesperanza por el fin del music-hall de antaño. No hay más que ver los destinos que aguardan al mago, al payaso, al ventrílocuo. Escuece y coge por sorpresa y con las defensas bajas.
Pero ofrece un lazo emocional tremendo para esta pequeña historia que se instala en el cerebelo en forma de delicia, como una encantadora miniatura elegante, grácil, fluida y transparente. Y tremendamente emotiva, claro.
Xavi Roldan (La Casa de los Horrores)



ENTREVISTA A SYLVAIN CHOMET

¿En qué forma se te presentó el guión de El ilusionista (L’Illusionniste) cuando lo descubriste? ¿Era un guión detallado con diálogos?
No era un guión normal. No había diálogos. Era una historia muy sencilla y escrita de una forma muy bonita. Investigando, me enteré de que Tati siempre tomaba muchas notas en cuadernillos, y que su secretario en la época, un jovencísimo y talentosísimo Jean-Claude Carrière, le ayudó a dar forma a todas esas ideas. Creo que le salió muy bien, a partir de ese material de base. Era muy hábil.
Adaptar un guión de un realizador tan conocido y respetado como Tati debió suponerte todo un reto…
Pues no, por cómo se hicieron las cosas. Como yo sabía que a Sophie Tatischeff le había gustado Bienvenidos a Belleville, y que ella sugirió a mi productor, Didier Brunner, que yo podría adaptar el guión de EL ILUSIONISTA (L’Illussionniste) para la animación, me sentí aceptado y bienvenido, “había pasado la prueba” de alguna forma. Y no me sentía “bajo la sombra” de Tati. Conocía muy bien su cine, sus películas, porque siempre formaron parte de mi vida. Su visión del mundo me dice mucho.


Además del cambio de ciudad, ya que reemplazaste a Praga por Edimburgo, ¿qué otras modificaciones aportaste al escribir la adaptación del guión, y qué elementos y personajes nuevos que añadiste?
Tan sólo cambié el 30% del guión, principalmente porque había escenas que estaban mucho menos desarrolladas que otras, o que Tati tenía que tenerlas tan claras en su mente que las había descrito de forma incompleta y elíptica en sus notas. Me acuerdo sobre todo de una escena tratada a la manera burlesca del cine mudo, que ocurría cuando el ilusionista trabaja en el taller mecánico. Alice le encuentra por casualidad. Ella se hace con el sombrero de una turista americana, creyendo que el ilusionista lo había hecho aparecer por arte de magia, y después él tiene que apañárselas para devolverlo, pero la turista se sienta encima del sombrero. Como era un poco largo, modifiqué la escena. Reemplacé ese pasaje cómico por la escena del ragoût, donde el ilusionista cree que su conejo ha sido cocinado por Alice. En principio, en el guión, él hacía sus números de magia con gallinas, pero no me imaginaba a las gallinas viviendo en su apartamento, haciendo sus necesidades por todas partes… Por eso las reemplacé por un conejo totalmente opuesto al cliché monísimo de los dibujos de Disney. Me imaginaba a un conejo horrible, acerbo, agresivo y además, ¡carnívoro! ¡Todo un monstruo! (risas). En cuanto a los personajes humanos, añadí el del clown, en clara referencia a los amigos clown de Tati, a los que ayudó económicamente cuando comenzó a tener éxito en el mundo del cine. Añadí también al ventrílocuo, para mostrar a otros artistas a los que aún les iba peor que al ilusionista. Nuestro héroe al menos tiene a Alice que le hace compañía. No está solo, ni desesperado.


¿En algún momento has tenido la sensación de estar en el lugar de Tati, de reaccionar como él, llevado por esta historia?
No, yo diría que no. Pero he utilizado una forma de narración visual que corresponde a su historia, a su estado de ánimo. Sobre todo en la elección de la larga duración de los planos: no utilizo elipsis en esta película. Las cosas duran lo que duran. Si me hubieran dicho hace diez años que yo haría una película de animación en la que vemos a un personaje en plano fijo durante más de un minuto, ¡no me lo habría creído! Sin embargo, esa duración y ese realismo de las acciones, tan opuestos a lo normal en los dibujos animados, eran indispensables para adaptar esta historia que es aparentemente sencilla, pero cuya estructura es en realidad de una complejidad extraordinaria. Es eso lo que permite al espectador tener la impresión de que está al lado de los personajes, de que comparte su intimidad.
En la mayoría de películas de animación se habla mucho, mientras que en El ilusionista (L’Illusionniste) encontramos muy pocos diálogos. ¿Es una libertad que acogisteis con gusto, o un fastidio que os obligó a multiplicar las astucias de la narración visual?
No es un fastidio, porque es animación y yo adoro ese arte. Adoro ver cómo los personajes de dibujos animados cobran vida y se mueven y expresan cosas simplemente mediante el movimiento. Siempre he pensado que la voz es un poco superficial en la animación. No hablo del sonido, que es muy importante, sino de la voz. El único fastidio es que había que ir a lo esencial, sobre todo en una película en la que no hay primeros planos, y hay muy pocas palabras. Eso complicó un poco el trabajo, pero es divertido hacer cosas complicadas.


¿Qué te gustaría decir a los espectadores de El ilusionista (L’Illusionniste) que están a punto de descubrir la película?
Me gustaría que la gente se montara su propia película. Que se tomaran el tiempo de hacer sus propios primeros planos, su propio viaje por estas imágenes encuadradas como si fuera teatro. Son ellos los que decidirán qué personaje es más importante. EL ILUSIONISTA (L’Illusionniste) no tiene nada que ver con las películas americanas de animación que te lo dan todo hecho. ¡No es una montaña rusa! Es un viaje personal que cada uno tiene que hacer. El espectador es en esta película igual de importante que el realizador. Los dos somos realizadores: el espectador y yo.