domingo, 27 de noviembre de 2011

La conquista del Polo, Georges Méliès, 1912

Título original: A la conquête du Pôle / Le voyage au Pôle
Dirección: Georges Méliès.
Guión: Georges Méliès, basado en la novela de Julio Verne.
Producción: Georges Méliès para Star Films.
País: Francia.
Distribución: Pathé Frères.
Estreno: febrero de 1912.
Duración: 650 metros. (33 min. aprox.).
Intérpretes: Georges Méliès (profesor Maboul / un obrero que sujeta la nave del globo), Fernane Albany (la presidenta de las sufragistas), integrantes del Folies Bergère, miembros del Carnavalet.


Tras la poco afortunada Las alucinaciones del barón Munchausen (Les Hallucinations du Baron de Münchausen, 1911), Méliès atraviesa un período nada prolífico. En un último esfuerzo por reincorporarse al tren de los gustos populares, el mago de Montreuil aprovecha la plena actualidad de las expediciones polares -Scott y Amundsen han organizado sus viajes ese año-, para embarcase en una superproducción de larga duración con la que espera poder mostrar el genio que aún atesora. Para su obra, Méliès se inspira parcialmente en la novela de Julio Verne La esfinge de hielo, y en el film Voyage of the Artic, or How Captain Kettle discovered the North Pole, si bien la base fundamental la toma de The adventourous voyage of the Artic (1903) de Robert William Paul.
A la conquête du Pôle representa un viaje fabuloso que, aunque no agrega nada nuevo a su obra precedente, viene en cierto modo a resumir cuanto caracteriza el estilo de Méliès. La desbordante imaginación del realizador unida a la perfección técnica de los trucos siguen siendo sus bazas más importantes. Para representar al gigante de las nieves se construye en el estudio un maniquí totalmente articulado. En el interior de su cabeza, de dos metros de alto, se introducen dos hombres que deben hacer funcionar sus ojos, orejas y boca mientras le hacen fumar una pipa. Sus brazos y manos son también móviles. Toda una ingeniosa maquinaria que, si bien demuestra que el talento de Méliès sigue intacto, evidencia unas ofertas plásticas y narrativas que no van más allá de los telones pintados y de los simples cuadros animados.
Asociado con la casa Pathé, que se encarga de distribuir la película, Méliès debe afrontar el fracaso comercial del film. El indiscutible arte de Méliès, del cual el presente film pudiera ser su culminación, aparece no obstante trasnochado en los tiempos que corren y para corroborarlo basta compararlo con otros estrenos de esa temporada. Incapaz de evolucionar y habiendo perdido el tirón popular que tuvo en su día, Méliès se separa de Pathé al año siguiente y se arruina. Se dedicará a vender juguetes en un puesto de su propiedad hasta poco antes de su muerte en 1938.

Luis Enrique Ruiz, Obras Pioneras del Cine Mudo (1895-1917), Ediciones Mensajero, Bilbao, 2000

Viaje a través de lo imposible, Géorges Méliès, 1904

Título original: Voyage à travers d'impossible
Dirección: Georges Méliès.
Guión: Georges Méliès, basado en obras de Julio Verne y Adolphe Philippe d'Ennery.
Producción: Georges Méliés para Star Film Studios (Montreuil, Francia).
País: Francia.
Estreno: 12 de octubre de 1904.
Duración: 470 metros (19 min. aprox. más 2 min. 30 seg. el suplemento).
Intérpretes: Georges Méliès (profesor Mabouloff), Fernande Albany (señora Latrouille), May de Lavergne (una enfermera), Jehanne d'Alcy (una campesina).


Cuando aún no se han apagado los ecos del extraordinario éxito del film Voyage dans la lune, Méliès decide prolongarlo con un tema de similares características. Voyage à travers l'impossible toma su título de una féerie del dramaturgo francés Adolphe d'Ennery que compila diversas novelas de Julio Verne y fuera estrenada en el teatro de la Gaîté en 1882. Inspirándose vagamente tanto en Verne como en H.G. Wells, Méliès elabora un guión fantástico en el que, combinando hábilmente invención, ironía y ciencia-ficción, nos propone un fabuloso viaje cuyo destino esta vez, es el sol.
Méliès dispone una obra vertiginosa en 43 cuadros donde no faltan efectos de maquinaria teatral, pirotecnia, maquetas, desarrollos horizontales y verticales; así como tampoco trucajes de paradas de cámara ni fundidos encadenados. Con todo ello, Méliès está configurando las bases del cine de gran espectáculo.
Bien es cierto que el realizador renuncia a aprovechar las posibilidades que le ofrece el montaje en cuanto a continuidad narrativa, repitiendo acciones que ya han acontecido en el cuadro anterior. Así, vemos a un automóvil que choca contra el muro de una casa y, en el cuadro siguiente, se nos muestra a una familia tranquilamente dispuesta en un comedor donde, instantes después, irrumpe el auto visto previamente. Poco o nada parecen importarle a Méliès estos detalles técnicos ni el ir asimilando las soluciones narrativas que el medio cinematográfico va descubriendo paulatinamente.
Sus auténticos valores son su desbordante imaginación y la calidad de sus trucos, posibles éstos gracias a la perfección mecánica alcanzada por los estudios de Montreuil. Así, el espectador, además del mejor sitio del teatro, puede disfrutar de un aluvión de sorprendentes acontecimientos. A destacar los impactantes efectos pirotécnicos observados en la obra, y el parecido de la fábrica metalúrgica del cuadro 31 con el hall de máquinas de la Exposición Universal Internacional de París de 1900.
Convenientemente coloreada a mano, la película es estrenada en otoño de 1904 y alcanza un gran éxito, que reafirma la madurez creativa alcanzada por el mago de Montreuil.

Luis Enrique Ruiz, Obras Pioneras del Cine Mudo (1895-1917), Ediciones Mensajero, Bilbao, 2000

El hombre de la cabeza de goma, Géorges Méliès, 1902

Título original: L'homme à la tête de caoutchouc
Dirección: Georges Méliès.
Guión: Georges Méliès.
Producción: Georges Méliès para Star Film Studios (Montreuil, Francia).
País: Francia.
Estreno: enero de 1902.
Duración: 45 metros (2 min. y medio aprox.).
Intérpretes: Georges Méliès (el químico / la cabeza viviente).


Acostumbrado a realizar muy diferentes labores de producción fílmica e incluso a asignarse la interpretación de varios personajes a la vez, Méliès se supera a sí mismo en L'homme a la tête de caoutchouc, al aparecer en pantalla por partida doble. Méliès personifica a un aplicado científico así como a la cabeza hinchable que descansa a su lado sobre una mesa. El efecto, que se logra mediante sobreimpresión, queda ensombrecido por otro mucho más espectacular, el de la cabeza creciendo vertiginosamente. El desarrollo de éste último truco requiere una elaboración muy minuciosa. Sentado en una silla, Méliès introduce la cabeza en una caja cuyo interior es de color negro, y de ese modo sólo la cabeza pueda ser fotografiada. La silla circula sobre unos raíles dispuestos con una pendiente, perfectamente calculada para que el cuello coincida en todo momento con la parte superior de la mesa. Mediante un sistema de poleas, la silla es movilizada hacia un proyector fijo que registra la sensación de agrandamiento de la cabeza. Unas marcas pintadas en el suelo sirven de referencia a un segundo operador para modificar los parámetros de la cámara, logrando con ello una nitidez constante. El truco puede considerarse precursor del travelling ya que no es la cámara la que se desplaza sino el objeto, obteniendo un efecto que simula un travelling hacia delante.
El primer plano obtenido por Méliès cuando su propia cabeza se halla hinchada al máximo, no busca desarrollar aspectos narrativos de la trama y sólo tiene finalidad de truco. En ese sentido, la idea ya ha sido desarrollada por los integrantes de la escuela de Brighton.
La película, que también presenta efectos de pirotecnia y trucos como la parada de cámara, resulta enormemente popular hasta el punto de constituirse en una de las obras más difundidas del autor.

Luis Enrique Ruiz, Obras Pioneras del Cine Mudo (1895-1917), Ediciones Mensajero, Bilbao, 2000

sábado, 26 de noviembre de 2011

Arthur Rimbaud - Ofelia

I
En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.

Hace ya miles de años que la pálida Ofelia
pasa, fantasma blanco por el gran río negro;
más de mil años ya que su suave locura
murmura su tonada en el aire nocturno.

El viento, cual corola, sus senos acaricia
y despliega, acunado, su velamen azul;
los sauces temblorosos lloran contra sus hombros
y por su frente en sueños, la espadaña se pliega.

Los rizados nenúfares suspiran a su lado,
mientras ella despierta, en el dormido aliso,
un nido del que surge un mínimo temblor...
y un canto, en oros, cae del cielo misterioso.

II
¡Oh tristísima Ofelia, bella como la nieve,
muerta cuando eras niña, llevada por el río!
Y es que los fríos vientos que caen de Noruega
te habían susurrado la adusta libertad.

Y es que un arcano soplo, al blandir tu melena,
en tu mente traspuesta metió voces extrañas;
y es que tu corazón escuchaba el lamento
de la Naturaleza –son de árboles y noches.

Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo
rompió tu corazón manso y tierno de niña;
y es que un día de abril, un bello infante pálido,
un loco miserioso, a tus pies se sentó.

Cielo, Amor, Libertad: ¡qué sueño, oh pobre Loca! .
Te fundías en él como nieve en el fuego;
tus visiones, enormes, ahogaban tu palabra.
–Y el terrible Infinito espantó tu ojo azul.

III
Y el poeta nos dice que en la noche estrellada
vienes a recoger las flores que cortaste ,
y que ha visto en el agua, recostada en sus velos,
a la cándida Ofelia flotar, como un gran lis.

John Everett Millais - Ophelia

Melancolía, Lars von Trier, 2011


Título original: Melancholia
Dirección: Lars von Trier
Guión: Lars von Trier
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Música: Mikkel Maltha
Producción: Coproducción Dinamarca-Alemania-Suecia; Zentropa Entertainments / Memfis Film / Slot Machine / Zentropa International Köln / BIM Distribuzione / Eurimages / Trollhättan Film AB / arte France Cinéma
País: Dinamarca
Año: 2011
Género: Drama. Ciencia ficción
Duración: 136 min.
Intérpretes: Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg, Kiefer Sutherland, Charlotte Rampling, Alexander Skarsgård, Stellan Skarsgård, Udo Kier, John Hurt, Brady Corbet


Justine (Kirsten Dunst) y Michael (Alexander Skarsgård) celebran su boda con una suntuosa fiesta en casa de su hermana (Charlotte Gainsbourg) y su cuñado (Kiefer Sutherland). Mientras tanto, el planeta Melancolía se dirige hacia la Tierra... (FILMAFFINITY)


Entrevista al director

Después del ballet inicial del fin del mundo, la película se divide en dos partes. La primera se titula “Justine” y trata de la hermana melancólica y de su boda. La otra se titula “Claire” y se ocupa de la cuenta atrás hasta el final. El director dice: “Si todo se va a ir a la mierda, más vale que empiece bien”.
La melancólica Justine está decidida a ser normal y por eso quiere casarse. “Desea acabar con toda la tontería, las ansiedades y las dudas. Por eso se empeña en tener una boda de verdad. Todo marcha de maravilla hasta que no puede cumplir con sus propias exigencias. ‘¿Eres feliz?’ es una pregunta recurrente, y debe serlo, si no la boda no tiene sentido. “Ahora debes ser feliz”. Todos intentan hacerla participar, pero no le apetece mucho”.

Parece incapaz de ser parte de la situación, ¿no se lo toma en serio?
“No se toma la boda muy en serio. Al principio es un juego; se siente muy bien y puede permitirse bromear con la boda. Pero poco a poco, la melancolía se apodera de ella, separándola de todo lo que ha puesto en marcha. Cuando llega el momento, es incapaz de enfrentarse a la situación”.

Parece estar en otra parte, ¿lo está?
“Sinceramente, creo que añora un naufragio y una muerte repentina, como dijo Tom Kristensen. Y lo consigue. Podemos decir que consigue sacar al planeta de su órbita y se entrega al cataclismo”.

En este caso, ¿no será porque el naufragio le parece más real que un mundo falso?
“Desde luego, está plagada por las dudas. Cuando llega el día de la boda que se ha impuesto a sí misma, la duda se apodera de ella”.

¿Qué duda?
“Si realmente vale la pena. Una boda es un ritual. ¿Hay algo más allá del ritual? Para ella, no”. “Es una lástima que los melancólicos no valoremos los rituales. Las fiestas me pesan, no entiendo eso de “Vamos a pasarlo bien”. Puede que los melancólicos pongan el listón más alto, que no les basten unas cervezas y algo de música. Me parece falso. Los rituales lo son. Pero si los rituales no son nada, entonces pasa lo mismo con todo lo demás”.


Supongo que así lo ve el melancólico, ¿para él todo es hueco?
“Estaría bien que hubiera algún valor más allá del ritual. El ritual es como una película. Tiene que haber algo en la película. La trama de la película es el ritual que nos lleva a lo que hay en el interior. Si hay algo dentro y más allá, puedo entender el ritual. Pero si el ritual es hueco, si ya no es agradable hacerse regalos en Navidad, si no se disfruta con la alegría de los niños, entonces eso de poner un árbol en el salón no tiene sentido”.

Entonces, ¿es esa la eterna pregunta del melancólico, el vacío?
“¿El emperador lleva ropa? ¿Hay un contenido? No lo hay. Es lo que ve Justine cada vez que se enfrenta a la puta boda. El emperador no lleva nada. Se ha sometido a un ritual carente de significado”.

La añoranza de la realidad
Justine, la melancólica, busca el dolor y el drama. “Añora algo que realmente tenga valor, y eso implica sufrir. Es nuestra forma de pensar. La melancolía nos parece más sincera. Preferimos la música, las artes plásticas con un toque melancólico. La melancolía en sí se convierte en valor. El amor infeliz y no correspondido es más romántico que el amor compartido, porque este último no nos parece del todo real, ¿verdad?”

Pero ¿por qué añora el melancólico un naufragio y la muerte repentina?
“Simplemente porque es verdad. La añoranza es real. Puede que no exista una verdad que añorar, pero la añoranza en sí es real. Está dentro de nosotros, es parte de la realidad”.

¿Qué sensación le causa la posibilidad de que el mundo se acabe?
“Si pudiera ser cosa de un instante, la idea me atrae. Ya lo dice Justine: “La vida es malvada, ¿verdad?” La vida es una idea maléfica. Puede que Dios se lo haya pasado bien durante la creación, pero no pensó bastante”. El director se ríe.
“Si el mundo se acabara y todo el sufrimiento y la añoranza desapareciesen en un santiamén, puede que yo mismo pulsara el botón. Habrá muchos que digan: “Vaya, ¿y qué pasa con todas las vidas que no se vivirán?”
Pero me sigue pareciendo algo malévolo”.


¿Qué abunda más en la vida, la tristeza o la alegría?
“La tristeza, ¡maldita sea! Es obvio. Puede que me diga, ¿y el orgasmo? Vale, muy bien. Pero los orgasmos, los Ferrari y otros placeres no tienen mucho peso si los comparamos a la muerte y a los sufrimientos. Y hay mucho más sufrimiento que placer. Además, cuando se disfruta de un día de primavera, también eso es un tipo de melancolía”.
La boda es el último intento de Justine para entrar en la vida en vez de quedarse fuera por añoranza. “Por eso quiere casarse”, dice Lars von Trier. “Piensa que si se obliga a pasar por los rituales, quizá saque algo en concreto. Para salir de una depresión hay que seguir ciertos rituales: paseos de cinco minutos, por ejemplo. Al repetirlo una y otra vez, el ritual adquiere un significado”.

Ya conoce el dicho: Finja hasta conseguirlo.
“Es exactamente lo que intenta hacer, pero sus añoranzas pueden con ella. Su necesidad de verdad es colosal. Creo que es algo que tenemos todos los melancólicos, requerimos la verdad”.

¿La añoranza es el rasgo más preeminente de “Melancolía”?
“Me gusta cómo suenan esas palabras. No hay nada tan emocional como una añoranza melancólica, creo. Evoca la imagen de lobos aullando a la luna”.

Pero puede haber algo bonito hasta la indecencia, ¿no cree?
“Claro, mientras haya una idea detrás. Con Anticristo tenía una sensación maravillosa, nada pulida, pero no me pasa con “Melancolía”. Siempre quise que fuese una película pulida, aunque espero que el espectador rasque y encuentre algo detrás del barniz”.
Lo peor fue cuando me dijeron en Nordisk Film que había imágenes preciosas. Fue un golpe bajo”, dice, riendo. “Si algún día hago una película que les guste, se acabó, no volveré a rodar”.

¿Es una ayuda destruir el mundo?
“Eso espero. El planeta que se acerca crea suspense, al menos. No puede haber mayor suspense que saber que un planeta diez veces mayor que el nuestro está a punto de llevárselo por delante. Supongo que impedirá que la gente se vaya a media película. Además, Thomas Vinterberg dijo algo muy sensato después de verla: ‘¿Cómo se hace otra película después de esto?’”, y se ríe a carcajadas.


La triste alteridad

“Mágico y reflexivo tratado sobre el ego, la vida y la muerte impregnado de un embriagador magnetismo en su segundo segmento que evoca la esencia y los miedos del ser humano."

El fin del mundo se acerca. Y lo hace, a ojos de los de autores europeos, de forma íntima y sin estridencias. Una afirmación que se extrae de dos de los largometrajes de mayor repercusión en la temporada de festivales: 4:44 Last Day on Earth (Abel Ferrara, 2011) y Melancholia (Lars Von Trier, 2011) que se unen a la norteamericana Another Earth (Mike Cahill, 2011) en una mirada introspectiva a la psique humana cuando el final se haya más cerca. En la oscuridad, aparece una recreación fidedigna del espíritu; un dibujo tan turbador cómo lleno de belleza. Es la mejor definición posible para el filme que hoy nos ocupa. Melancholia, es arte en su forma más vehemente, alumbrada por un virtuoso analista de los sentimientos más lúgubres y primarios, una película dotada de la personalidad de un cineasta que hace de su obra su propio retrato.

Von Trier, un genio incomprendido, ha firmado obras claves de la cinematografía europea de los últimos veinte años. Rompiendo las Olas (Breaking the Waves, 1996); Bailar en la Oscuridad (Dancer in the Dark, 2000) o Dogville (2003) son historia viva del cine continental y la constatación de una de la figuras referentes de la historia del cine nórdico. Con una filmografía irregular a sus espaldas, a caballo entre el dogma inicial y la deriva de sus últimas creaciones (Manderlay –2005-- y la poderosa pero insatisfactoria AnticristoAntichrist, 2009-), Von Trier vuelve al camino con Melancholia. Un filme que supone el retorno del nihilismo, de la filosofía irracional y emocional. Lo hace en forma de díptico, con un planeta de grandes dimensiones que amenaza a la Tierra mientras en un lugar de ésta se celebra un peculiar enlace.


Tras una larga y poco acertada “overture” que recuerda levemente a su coetánea El Árbol de la Vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011), Melancholia se presenta en dos segmentos bien diferenciados. A cada uno le dan nombre sus protagonistas: Justine y Claire. Dos episodios repletos de simbología y un dominio técnico sobresaliente. Desde grandes planos elevados por la sensacional fotografía del operador Manuel Alberto Claro hasta minimalistas enfoques que ahondan en el proceso interior de dos hermanas azotadas por la duda, el miedo y, ahora, el destino. La evolución de ambas es más que evidente tras el paso del metraje. Enorme mérito de unas entregadas actrices con la piel y voz de Charlotte Gainsbourg y Kirsten Dunst. Ellas son la musa que no sólo inspira a su director también a un espectador maravillado con semejante despliegue.

Kirsten Dunst, en el mejor papel de su carrera, compone a una insegura y depresiva Justine. Un personaje que se va cubriendo de tristeza en el día más importante de su vida. Ajena a la catástrofe que se avecina, la paulatina llegada de Melancholia marcha paralelo a la pérdida de la ilusión vital. Este segmento aúna momentos maravillosos con otros frívolos e insustanciales. Cómo ocurre con la apertura, todo se antoja superficial. Por suerte Dunst, rescata la función con esta compleja caracterización que le otorgó la Palma de Oro en la pasada edición de Cannes. No sería descabellado pensar en una nominación a los grandes premios americanos. La Virgen Suicida luce más hermosa y taciturna que nunca. Si Dunst representa la gracia en Melancholia, Gainsbourg es el miedo.


Del vano primer capítulo, a la tensa y maravillosa espera del segundo fragmento. Una parte sobresaliente donde el horror de Claire ante una posible mirada a la muerte llega a nuestro sistema nervioso. Gainsbourg, en su segunda colaboración consecutiva con el director danés, borda una interpretación llena de ansiedad y angustia. Cada ojeada suya al firmamento supone un momento de inflexión en Melancholia.

Un film irregular, con momentos mágicos que golpean nuestro corazón y retina por instantes, con otros menos inspirados y superfluos. Melancholia es más que un drama familiar lleno subterfugios morales y místicos. Es la dicotomía sobre la esencia de la vida. La visión de cada segmento variará según el prisma pero en líneas generales nos encontramos antes una obra sugerente, inteligente y de excelente factura. Es la vuelta del mejor Von Trier.

La vida no vale nada, pero nada vale una vida.”
Albert Camus.

Lo Mejor: Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg.

Lo Peor: La overture y partes frívolas del segmento dedicado a Justine.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Ciudadano Kane, Orson Welles, 1941


Título original: Citizen Kane
Dirección: Orson Welles
Guión: Orson Welles & Herman J. Mankiewicz
Fotografía: Gregg Toland (B&W)
Música: Bernard Hermann
Producción: RKO / Mercury Theatre Productions
País: Estados Unidos
Año: 1941
Género: Drama
Duración: 110 min.
Intérpretes: Orson Welles, Joseph Cotten, Everett Sloane, George Coulouris, Dorothy Comingore, Ray Collins, Agnes Moorehead, Paul Stewart, Ruth Warrick, Erskine Sanford, William Alland, Alan Ladd




Un importante financiero estadounidense, Charles Foster Kane, dueño de una importante cadena de periódicos, de una red de emisoras, de dos sindicatos y de una inimaginable colección de obras de arte, muere en Xanadú, su fabuloso castillo de estilo oriental. La última palabra que pronuncia antes de expirar, ”Rosebud”, cuyo significado es un enigma, despierta una enorme curiosidad tanto en la prensa como entre la población. Así las cosas, un grupo de periodistas emprende una investigación para desentrañar el misterio. (FILMAFFINITY)




La conocida afirmación de Francois Truffaut, según la cual, «todo aquello que importa en el cine a partir de 1940 ha recibido la influencia de Ciudadano Kane» es compartida por la práctica totalidad de la crítica especializada. Antiguo niño prodigio, cuya obra al frente de la compañía Mercury Theatre, tanto en los escenarios como en la radio, le había valido grandes elogios, granjeándole igualmente el merecido apelativo de «genio», Orson Welles fue contratado por la R.K.O. en 1939, cuando contaba tan sólo veinticuatro años de edad. Durante sus dos primeros años en los estudios, su trabajo en dos proyectos que finalmente no verían la luz, una versión de El corazón de las tinieblas y el thriller The Smiler with the knife, le permitieron absorber gran cantidad de información sobre la técnica cinematográfica y le llevaron a realizar el comentario de que los recursos del estudio eran «el tren eléctrico más grande que jamás había tenido un niño».




La película, conocida antes de iniciarse el rodaje bajo los títulos de «American» y «John Citizen, USA», está basada en un personaje real, el gran magnate William Randolph Hearst, cuyos adláteres se esforzaron en todo momento por conseguir su paralización. Si su admirada estructura, basada en la superposición de los relatos de varios testigos, se inspira en Poder y gloria (The Power and The Glory), una película de 1933, donde se narra la vida de un despiadado magnate de la industria por medio de flash-backs, su carácter de análisis de las complejas relaciones que existen entre el poder individual, la elección personal y el contexto social es un testimonio de la fascinación que Welles sentía por Shakespeare. Sin embargo, Ciudadano Kane fue, ante todo, una piedra angular en el desarrollo artístico y estilístico del cine.





Desechando la puesta en escena convencional, basada en el montaje de una sucesión de planos generales, planos cortos y primeros planos, y apostando, en su lugar, por una composición en profundidad en cada encuadre, Welles crea sentido a través de la forma en que los personajes se ubican en su entorno (el moribundo Kane, por ejemplo, perdido en el inmenso vacío de su mansión). Los logros del proteico Welles en sus distintas facetas de guionista, productor, director y actor no han quedado empañados en lo más mínimo tras el paso de más de medio siglo.

Allan Hunter, Los clásicos del cine, Alianza Editorial (1992).