miércoles, 30 de noviembre de 2011

Arroz negro



Ingredientes (4 personas):

  • 1 sepia grande (con su tinta y su salsa)
  • 8 gambas langostineras
  • 4 cazos (de los de servir la sopa) de arroz
  • 2 pimientos verdes
  • 2 tomates maduros
  • 2 dientes de ajo
  • 1 puñado de piñones (unos 50 gr.)
  • 9 cazos de fumet de pescado
  • 1/2 taza pequeña de aceite de oliva
  • Pimentón
  • Sal
  • Salsa allioli (opcional)


Preparación:

  1. Limpiar la sepia reservando la tinta en una taza y la salsa por separado. Cortar la sepia a trocitos pequeños, como de 1 cm. por lado.
  2. Picar muy finos los pimientos y los ajos. Rallar los tomates.
  3. En una olla o cazuela mediana, poner el caldo a calentar.
  4. Poner el aceite en una paella a calentar y dorar en él los piñones a fuego bajo para que no se quemen. Sacar de la paella con una espumadera y reservar.
  5. En el mismo aceite, freír un poco las gambas, sacar del fuego y reservar también.
  6. Freír los trocitos de sepia, con cuidado porque pueden saltar, y cuando ya estén blancos, añadir el pimiento y los ajos a fuego medio con una pizca de sal para que suden.
  7. Deshacer la salsa de la sepia aplastándola con una espátula de madera sobre la superficie de la paella y mezclarla con el sofrito.
  8. A continuación agregar los tomates y rehogarlos hasta que pierdan un poco de líquido. Espolvorear por encima el pimentón e, inmediatamente, el arroz y los piñones. Darle unas vueltas para que el arroz se impregne con todos los sabores.
  9. Añadir el caldo caliente reservando un poco para desleir la tinta, repartiéndolo por igual por toda la paella. Salarla ligeramente.Cocer a fuego vivo durante 10 min.
  10. Mientras deshacer la tinta con un poco de sal machacándola en un mortero, desleirla con el caldo caliente reservado y añadirla a la paella después de la primera cocción. Probar el punto de sal y distribuir las gambas de manera decorativa por la superficie del arroz.
  11. Continuar cociendo de 8 a 10 min. más con el fuego rebajado. Pasado ese tiempo, probar si el arroz está en su punto.
  12. Dejar reposar la paella durante 5 minutos y servir acompañada de salsa allioli si así se desea.

Matar a un ruiseñor, Robert Mulligan, 1962


Título original: To Kill a Mockingbird
Dirección: Robert Mulligan
Guión: Horton Foote (Novela: Harper Lee)
Fotografía: Russell Harlan (B&W)
Música: Elmer Bernstein
Producción: Universal. Productores: Alan J. Pakula & Robert Mulligan
País: Estados Unidos
Año: 1962
Género: Drama
Duración: 129 min.
Intérpretes: Gregory Peck, Mary Badham, Brock Peters, Phillip Alford, John Megna, Frank Overton, Rosemary Murphy, Robert Duvall


Adaptación de la novela homónima de Harper Lee. En la época de la Gran Depresión, en una población sureña, Atticus Finch (Gregory Peck) es un abogado que defiende a un hombre negro acusado de haber violado a una mujer blanca. Aunque la inocencia del hombre resulta evidente, el veredicto del jurado es tan previsible que ningún abogado aceptaría el caso, excepto Atticus Finch, el ciudadano más respetable de la ciudad. Su compasiva y valiente defensa de un inocente le granjea enemistades, pero le otorga el respeto y la admiración de sus dos hijos, huérfanos de madre. (FILMAFFINITY)


Quien no haya visto nada de Robert Mulligan debería dejar de leer ahora mismo y ponerse a ver al menos un par de películas de su filmografía. Mis recomendaciones personales serían por supuesto la película que hoy nos ocupa, ‘Matar a un ruiseñor' (‘To Kill a Mockingbird’, 1962), seguida de ‘La noche de los gigantes’ (‘The Stalking Moon’, 1968) o ‘El próximo año, a la misma hora’ (‘Same Time, Next Year’, 1978), y a partir de ahí a gusto del consumidor. No hay duda de que su extensa filmografía, la más famosa de todas sus películas, aquella que ha dejado una de esas huellas imborrables en el transcurso de la historia del séptimo arte es sin duda ‘Matar a un ruiseñor’. Porque no estamos únicamente ante una película que posee unos trabajos de realización e interpretación sobresalientes, o una historia que atrapa desde su comienzo. Ni siquiera estamos únicamente ante una obra maestra, por mucho que dicha apreciación parezca sobada de más.


Más de una vez se me ha preguntado por películas de carácter pedagógico, y el trabajo de Mulligan suele ser el primero en mi lista de sugerencias. Su poder de sugestión, su capacidad para llevar al espectador a un mundo tan puramente cinematográfico y a la vez tan real como la vida misma, es tan grande que no desaparece a cada nuevo visionado, sino justamente lo contrario. ‘Matar a un ruiseñor’ es una de esas películas que podrían servir de materia educativa en cualquier escuela del mundo, por sus valores puramente humanos.


Matar a un ruiseñor’ adapta la novela ganadora del premio Pulitzer, obra de Harper Lee de claros tintes autobiográficos. Uno de los libros más leídos en la sociedad norteamericana del siglo XX da lugar a una de las películas más populares que existen. Lógica pura y dura. Pero esto no hubiera sido posible sin la implicación de Robert Mulligan en el proyecto, que junto con el guionista Horton Foote, supo captar la esencia del libro de Lee. En el film se tocan muchos temas de interés social, pero sobre todo estamos ante una película que habla de la inocencia. Por eso mismo, su mirada es siempre la de uno de los personajes centrales, Scout (Mary Badham), y de cómo los hechos que acontecen le afectan.


El film está dividido en tres bloques muy diferenciables entre sí, casi de carácter episódico, que Mulligan une en perfecta armonía. Ambientada en la época de la gran Depresión en un pueblo del Sur, Scout y Jem son dos hermanos, hijos de Atticus Finch (Gregory Peck) que pasan sus días de verano como mejor pueden en el vecindario. Reuniéndose con “Dill” —personaje a cargo del niño John Megna e inspirado en la figura de Truman Capote, amigo íntimo de Harper Lee— se sentirán atraídos, como todos los niños, por lo desconocido, en este caso el misterio que se oculta tras las puertas de una de las casas del vecindario, la de los Radley, donde dicen que habita un hombre horrible oculto a los demás. La imaginación de los niños hará el resto.


En realidad un bloque de presentación de personajes perfectamente dibujados en ese tramo a través de sus vivencias. Así del carácter infantil del trío protagonista, que les lleva a ser enormemente curiosos y temerarios, se pasa a la personalidad firme de Atticus Finch, el hombre con los pies en el suelo, padre viudo que educa a Scout y Jem sabiendo que no podrá librarles de todos los males del mundo. En dicho bloque ocurre uno de los instantes clave del film, el del perro rabioso que Finch eliminará con un rifle ante el asombro de sus hijos, sobre todo Jem. Dicha escena es un preámbulo de lo que le espera a Finch en el segundo bloque de la película, el perro representa el peligro irracional que se verterá sobre el pueblo y su habitantes cuando Tom Robinson (Brock Peters), un hombre de color, sea acusado por la violación de una chica blanca. Son tiempos en los que los negros son personas de segunda categoría, y cuya culpabilidad no suele ponerse en duda. Pero Atticus Finch no cree en las diferencias de color y la culpabilidad de alguien, blanco o negro, ha de probarse.


El juicio ocupa buena parte del metraje, y es un prodigio de ritmo y planificación. Una pantomima que Mulligan utiliza para hablar de lo miserable que puede llegar a ser el ser humano. Sin ningún tipo de manipulación, Mulligan expone los hechos poniendo en Finch la voz de la verdad, añadiendo la ironía de que ésta a veces no es suficiente para sobrevivir en un mundo dominado por la mentira y el engaño, donde es factible hacer daño el prójimo en beneficio propio, o simple y llanamente por odio. Un odio incomprensible que nace de la propia naturaleza del hombre, capaz de hacer el mal sólo porque sí, porque se es malvado, tal y como representa el personaje de Bob Ewell, a cargo de James Anderson, que se convertirá en el ogro del film, sobre todo en su tercio final, cuando la película alcanza el carácter de cuento de hadas con tintes terroríficos.


Y es precisamente en ese bloque final donde la película termina de presentar y jugar todas sus cartas. Tras la farsa de juicio de triste final, Scout y Jem será protagonistas de la que probablemente sea la aventura más emocionante de sus vidas, aquella en la que aquel al que temían al principio del film, Boo Radley, les salvará de las peligrosas manos de Bob Ewell. Una vuelta a la mirada de inocencia, pero esta vez centrada en el personaje retrasado Boo Radley, ese ser invisible que siempre se mantuvo a distancia de sus amigos, haciéndoles regalos desde la sombra. Radley salvará la vida de Jem y Scout terminando con la de Ewell. Es entonces cuando en la película se producen las dos certezas con las que ha estado jugueteando durante el resto del metraje. Finch abrirá los ojos al comprender que acusar a Radley por lo que ha hecho, sería como matar a un ruiseñor, valor que siempre le inculcó a sus hijos; y Scout certificará que nunca se conocerá a alguien hasta que se haya caminado con sus propios zapatos. Atención al instante en el que Scout descubre tras la puerta de su habitación a Radley —Robert Duvall en su primer papel para el cine— escondido, y antes de que Finch les presente, Scout casa todo en su mente y pronuncia su nombre.


A pesar de que en ‘Matar a un ruiseñor’ los personajes centrales son dos niños, el que queda en la memoria por encima de todos es el de Atticus Finch, elegido en numerosas ocasiones como el más grande héroe de ficción que ha tenido el cine estadounidense. Y es que hay algo en Finch que le distingue de los demás héroes cinematográficos: su patente verdad. Todos querríamos ser Atticus Finch, y lo que es más importante, todos podríamos serlo, a pesar de las enormes cargas de responsabilidad que ello conllevaría. Gregory Peck, que mantuvo amistad con Mary Badham hasta el final de sus días y a la que siempre llamó Scout, realiza la que muy posiblemente sea la mejor interpretación de toda su carrera, con una naturalidad y presencia imponentes. Dicen que Harper Lee, visitando el rodaje, no pudo contener las lágrimas cuando vio a Peck caracterizado de Finch pues le recordaba enormemente a su padre.


Matar a un ruiseñor’ es una de esas películas para las que el término de obra maestra parece quedarse corto. Su mirada va más allá de lo que son los recuerdos infantiles que rememoran noches lejanas de verano —una de las constantes del cine de Mulligan—, se adentra en ellos con un facilidad pasmosa, y trata de tú el enfoque de un niño ante las incomprensibles actitudes de los adultos. Sirva como ejemplo el momento en el que varios habitantes acuden a la cárcel para linchar a Tom Robinson y las preguntas inocentes de Scout hacen que se avergüencen de lo que iban a hacer, dejando a Atticus con el sabor del orgullo en sus labios. Al igual que ese reloj roto que representa lo efímero del tiempo, o esa mágica banda sonora de Elmer Bernstein, que representa la infancia, y varía según los estados anímicos a partir de las mismas notas, los hijos de Finch dejarán de ser niños algún día, y esa muestra de madurez prematura es señal inequívoca de ello.

Alberto Abuín (Blog de Cine Clásico)

martes, 29 de noviembre de 2011

Jan Svankmajer - Sombra/Luz/Sombra


"No soy director de cine de animación, todo lo que hago es poesía".
Jan Svankmajer

El doctor Frankenstein, James Whale, 1931


Título original: Frankenstein
Dirección: James Whale
Guión: Garret Ford & Francis Edward Faragoh (Novela: Mary Shelley)
Fotografía: Arthur Edeson (B&W)
Música: David Brockman
Producción: Universal Pictures
País: Estados Unidos
Año: 1931
Género: Terror. Ciencia Ficción
Duración: 71 min.
Intérpretes: Colin Clive (Henry Frankenstein), Boris Karloff (criatura), Mae Clarke (Elizabeth), Edward Van Sloan (Dr Waldman), Dwight Frye (Fritz), Frederick Kerr (Baron Frankenstein), John Boles (Victor Moritz)


El doctor Henry Von Frankenstein se embarca en un experimento tenebroso: construir, a partir de trozos de cadáveres, un nuevo ser humano. Ayudado por su criado Fritz se adentra durante la noche en los cementerios de la localidad para arrancar a los cadáveres las partes que necesita. El cerebro que utiliza en su experimento había pertenecido a un criminal. (FILMAFFINITY)


En 1931 verían la luz dos obras fundamentales del cine fantástico: el Dracula protagonizado por Bela Lugosi, y el Frankenstein de Boris Karloff. Ambos filmes resultarían influenciales en toda la historia del cine de horror e impulsarían el inicio de la era de oro del género, que se extendería durante la década del 30 y el 40. Y aún hoy, a más de 70 años de su creación y con multitud de versiones de la misma historia, nadie puede dejar de reconocer al Dracula y al Frankenstein de 1931 como las versiones más fuertes y memorables de dichos personajes (a Drácula sólo se le puede sumar la producción de 1958 de la Hammer, con Christopher Lee como el conde del título).


En general el cine de terror posee un elevado grado de caducidad, ya que los gustos y temores del público cambian en cada generación. Así mismo crece el grado crítico y cínico de las audiencias, por lo cual muchos clásicos reconocidos han envejecido muy mal (como el Dracula 1931) o han perdido el filo de sus colmillos (como el Dracula de 1958). De todo ese repertorio de incunables, el Frankenstein de James Whale es uno de los que mejor conserva su capacidad de impacto. No es estrictamente atemorizante (como lo fué en su época), pero sigue siendo movilizante. Posee una estructura cinematográfica realmente ágil -es un film que apenas pasa la hora de duración, y acierta a insertar toda la historia sin sobresaltos y con gran ritmo-, y además tiene un manejo de cámaras realmente muy moderno. Si uno se substrae al contenido de la historia, toda la secuencia de la creación de la criatura está filmada con multiplicidad de planos -cortos, generales, angulares- que es admirable para su época. Otros ejemplos de la maestría de Whale es en la escena de los preparativos de la boda en el pueblo, con rudimentarios pero efectivos métodos de cámara en movimiento, en donde la pantalla se disuelve y pasa a la criatura corriendo por el bosque. Es un cabal ejemplo de gran lenguaje cinematográfico; comparen esto con la inmovilidad de Dracula 1931.


Esta versión de Frankenstein no toma el original de Mary Shelley sino que sigue una adaptación teatral de 1927 (algo similar sucede con el Dracula de Tod Browning). Es un relato bastante despojado de connotaciones filosóficas, en donde la historia cae dentro de la rutina habitual del cine de monstruos; la diferencia fundamental está en que esta versión de Frankenstein es la que inventa dicha rutina. Aquí tenemos a otro científico loco, una creación que se escapa de sus manos, el deseo de jugar a Dios, el abrir la caja de Pandora de la ciencia, y todos los etc. que continuaremos viendo en los años 30, 40, 50 y 60. Lo que carece es de una meditación sobre la finalidad de dichos propósitos -Henry Frankenstein es un desquiciado más que un ser racional, que cumple con sus propósitos por un simple motivo de egolatría: ver si es capaz-. En ese sentido el film tiene algunos problemas de continuidad, tanto dramática como de profundidad. Una vez creado el monstruo, el relato salta inexplicablemente a los preparativos de la boda entre Elizabeth y el padre de Henry (Frederick Kerr, que roba todas sus escenas con su filosofía campechana). Hay otros huecos notables en el desarrollo dramático, como el surgimiento de la horda que quiere cazar a la criatura (aunque nadie la vio), y que en realidad deberían linchar a Henry ya que es el responsable máximo de toda la tragedia -en vez de liderar a la muchedumbre-. Así mismo el final es abrupto, con Henry Frankenstein lastimado y agotado, yaciendo en un lecho, sin ninguna otra explicación adicional (¿otro director y otro estudio que han vislumbrado la secuela?). Es bastante frustrante.


Pero en donde Frankenstein obtiene todos sus réditos es en la perfomance de Boris Karloff. Con Karloff el monstruo no es el demonio personificado sino una fuerza bruta descontrolada y patética, una victima del destino. Es imposible afirmar que la criatura posee maldad -la muerte de la niña es accidental; el asesinato de Fritz es en defensa propia- y, por el contrario, lo que vemos es a un alma en agonía. Desde los inocentes intentos por tocar la luz hasta los desgarradores gritos de Karloff cuando la muchedumbre lo acorrala, siempre vemos a un criatura indefensa y totalmente ajena a las reglas de este mundo. Curiosamente este sentimiento de simpatía por un ser abominable se ha traducido con el reconocimiento que ha recibido Karloff -con el paso del tiempo-, recibiendo cartas de miles de fans declarando su admiración por el monstruo (y una enorme cantidad de ellas, escritas por niños). Es un ser que despierta compasión más que repulsión.


Frankenstein sigue siendo un gran clásico, uno de esos que mantiene el suspenso y la atención del público. Existen fallas notables en la construcción del relato, pero a excepción de ello el resto es perfecto. Es un film realmente moderno de horror que no ha perdido su efectividad con el paso del tiempo.

Alejandro Franco (Arlequin)

Fito y Los Fitipaldis - Antes de que cuente diez



"No tengo nada para impresionar ni por fuera ni por dentro"

lunes, 28 de noviembre de 2011

El espíritu de la colmena, Víctor Erice, 1973


Título original: El espíritu de la colmena
Dirección: Víctor Erice
Guión: Víctor Erice & Ángel Fernández Santos
Fotografía: Luis Cuadrado
Música: Luis de Pablo
Producción: Elías Querejeta P.C.
País: España
Año: 1973
Género: Drama
Duración: 94 min.
Intérpretes:  Ana Torrent, Fernando Fernán-Gómez, Isabel Tellería, Teresa Gimpera, Laly Soldevilla, José Villasante



Ocurrió en un pueblo castellano a mediados de los años cuarenta, es decir, en plena postguerra. Un domingo, Isabel y Ana, dos hermanas de ocho y seis años respectivamente, vieron la película "El Doctor Frankenstein". A la pequeña le causó tal impresión que no dejaba de hacer preguntas sobre el monstruo a su hermana mayor. Cierto día, la familia se dio cuenta de que Ana había desaparecido de la casa. Y mientras todo el pueblo la buscaba, ella consiguió ver a Frankenstein reflejado en las aguas del río por la luz de la luna. Y desde entonces lo sigue invocando… (FILMAFFINITY)


Érase una vez...

Así comienza esta película, una fábula infantil sobre el despertar de la infancia al mundo, ejemplarizado por dos niñas de unos seis y ocho años de edad, que hacen frente a la vida a través de la muerte, a la realidad por medio de la fantasía. Pero también trata de muchas cosas: mientras las niñas despiertan, diríase que los adultos duermen, en una vida que no es vida, encerrados en una colmena, atrapados en las penurias de la posguerra franquista, atrapados en un páramo yerto, ajeno a la realidad.

En este mundo, un pueblo de la meseta castellana al finalizar la Guerra Civil, vive una familia conformada por Fernando, el padre, Teresa, la madre, y Ana e Isabel, las niñas; que los personajes se llamen igual que los actores que los representan es la prueba de que se trata de arquetipos, que nos movemos en un mundo plagado de simbolismos y representaciones, de ficciones antes que realidades. Cada uno de ellos se enfrenta al mundo de un modo diferente. Fernando se dedica a cuidar de sus abejas, escribir en su diario o pasear por el monte, donde va abriendo los ojos a las niñas, como cuando les enseña a reconocer las setas venenosas de las comestibles. Teresa se dedica a pasar la existencia en solitario, escribiendo cartas y esperando algo que quizá nunca llegue: puede que sea alguien que vive fuera de España, en la sede de la Cruz Roja Internacional sita en Niza (Francia), como se puede leer en la carta que quema, quizá un amante, o un hermano, un republicano huido de las fuerzas franquistas, acaso aquel que la niña encontrará en el caserón y confundirá con el monstruo. Las niñas, en definitiva, exploran el mundo abriéndose a él, a partir de la fascinación que les ejerce la muerte: al volver del cine, Ana pregunta a Isabel porqué el monstruo mató a la niña, y porqué luego matan al monstruo; Isabel intenta estrangular al gato, y luego se pinta los labios (se hace mujer) con la sangre producida por el arañazo del felino furioso; Isabel juega a estar muerta ante Ana, quien duda sobre la realidad del hecho; Ana encuentra a alguien en el caserón perdido en la meseta, acaso un maquis fugado, pero que para ella es Frankenstein: cuando la Guardia Civil acaba con él, ella encuentra restos de sangre en una piedra, enfrentándose por vez primera, si bien de forma esquinada, con la muerte.




Con todos, ambas niñas se enfrentan a la (ir)realidad de formas distintas: Isabel es mayor, más escéptica quizá, y sus juegos son conscientes ficciones; Ana, más joven, aún no es capaz de distinguir la realidad de lo que no es, aún es capaz de vislumbrar ese mundo mágico que coexiste entre nosotros, y que paulatinamente vamos perdiendo al hacernos más mayores, más prosaicos. Para ella el hombre del caserón es el monstruo de Frankenstein, que le quedará confirmado ha sido muerto por su padre, de ahí su huida. Una huida que la conducirá a encontrarse con el monstruo, con sus propios fantasmas: la confirmación de que ha perdido ese mundo le provocará el trauma.

Todo ello es narrado de una forma sutil, casi minimalista, por medio de tenues detalles que van cayendo con suavidad, casi imperceptiblemente, pero que van conformando uno de los mundos más ricos que ha deparado el cine español. La magistral fotografía impresionista de Luis Cuadrado, que retrata la casa de la familia en color miel, representando la colmena en la cual los personajes se hallan atrapados, como insectos en ámbar; la melodía de Luis de Pablo, bocetada por medio de tonadas infantiles, en particular Vamos a contar mentiras, que trasluce las intenciones del realizador, Víctor Erice, en plantear una dura realidad que se sostiene sobre los fuertes hilos de la fantasía.

El espíritu de la colmena es una de las mejores películas que ha ofrecido el cine español en toda su historia, y una de las más hermosas parábolas de la cinematografía mundial sobre la inocencia infantil, sobre la sorprendida mirada de una niña reflejada por los inmensos ojos de Ana Torrent.




Anécdotas:

* Premios: Concha de Oro en el Festival de San Sebastián 1973. En 1974, el Círculo de Escritores Cinematográficos la premió como mejor película. * El filme derivó de un proyecto de hacer "una película de Frankenstein". 
* El episodio del fugitivo confundido con un ser sobrenatural remite un tanto al film inglés Cuando el viento silba (Whitle Down the Wind, 1961), de Bryan Forbes; si en éste es confundido con el monstruo de Frankenstein, en aquél lo es con Jesucristo. 
* A Ana Torrent no le fue presentado el actor que hacía de monstruo, hallándose con éste directamente caracterizado, listos para rodar; eso le produjo un trauma y, quizá por ello, en el plano de la criatura alargando los brazos hacia ella se le ve temblando la barbilla de miedo. 
* El rodaje tuvo lugar donde transcurre la acción, así como en Parla (Madrid). 
* Los dibujos de los créditos iniciales fueron efectuados por las dos niñas protagonistas, así como por Alicia y María, hermanas de Isabel. 
* La película fue autorizada por el Ministerio de Información y Turismo el 5 de octubre de 1973, y estrenada en el cine Conde Duque de Madrid el 8 de octubre de 1973. Tuvo una recaudación de 260.511,37 €, con 520.901 espectadores.

Carlos Díaz Maroto (Pasadizo)