sábado, 10 de diciembre de 2011

Jane Eyre, Cary Fukunaga, 2011


Título original: Jane Eyre
Dirección: Cary Fukunaga
Guión: Moira Biffini, basado en la novela de Charlotte Brontë
Fotografía: Adriano Goldman
Música: Dario Marianelli
Producción: BBC Films / Focus Features / Ruby Films
País: Reino Unido
Año: 2011
Género: Drama. Romance
Duración: 120 min.
Intérpretes: Mia Wasikowska como Jane Eyre, Michael Fassbender como Rochester, Jamie Bell como St John Rivers, Judi Dench como Mrs. Fairfax, Su Elliot como Hannah, Holliday Grainger como Diana Rivers, Tamzin Merchant como Mary Rivers, Amelia Clarkson como Young Jane...


Jane Eyre, una muchacha educada en un orfanato, huye de Thornfield House, poco después de haber sido contratada como institutriz por el acomodado Edward Rochester. La aislada y sombría mansión, así como la frialdad del dueño de la casa ponen a prueba la resistencia y la fortaleza de la joven. Sin embargo, después de reflexionar sobre su pasado, su curiosidad natural la impulsará a regresar para averiguar el terrible secreto que oculta el señor Rochester. (FILMAFFINITY)


El director Cary Joji Fukunaga (Sin nombre, 2009), y la guionista Moira Buffini (Tamara Drewe, 2010) infunden una inmediatez contemporánea a la clásica e inmortal historia de Charlotte Brontë en esta nueva y atrevida versión cinematográfica de Jane Eyre. Mia Wasikowska [Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland, 2010)], y Michael Fassbender [Malditos Bastardos (Inglourious Basterds, 2009)] protagonizan los icónicos papeles principales de este drama romántico, la heroína del cual no ha dejado de inspirar a las nuevas generaciones de lectores y espectadores devotos.


Regreso a Thornfield

A lo largo de más de 160 años, Jane Eyre, la novela de Charlotte Brontë, se ha convertido en uno de los libros más populares del mundo. Texto fundamental en todas las listas de lecturas escolares, ha estado traducido prácticamente a todos los idiomas. Una historia con una protagonista a la que Brontë entendió como "una heroína tan sencilla y pequeña como yo misma", que sigue inspirando a generaciones e influyendo en los narradores.

El poder de la historia y la popularidad de la novela de 1847 ha generado una ingente cantidad de adaptaciones del libro: ha habido 18 largos previos, siendo el primero de 1910, y el más reciente, el de 1996, además de nueve versiones televisivas. El equipo de la que sería la versión de 2011 de Jane Eyre se motivó con el objetivo de conseguir un film que llegase a todo el público cinéfilo del mundo, sin por eso dejar de honrar la novela.


El productor Alison Owen, nominado al Oscar y ganador del Emmy, reflexiona: "Si se le preguntase a alguien '¿Cuál es la versión cinematográfica definitiva de Jane Eyre?' no encontrarías a nadie que tenga la respuesta realmente. Y después de haber hecho cierto número de films de ficción sobre las mujeres, me pregunté: ¿Por qué no?".

"Somos una compañía que se está forjando una sana reputación y capacitada para llevar a la gran pantalla o a la pequeña obras literarias de gran prestigio. Abordar a Brontë nos parecía el siguiente paso lógico en la ascensión por la escalera literaria" --indica el productor Paul Trijbits--. "Es un libro que ya sabíamos que gozaba de amplia base de seguidores, por lo cual la responsabilidad también era una consideración mayor. Queríamos trasladar esta interpretación al siglo XXI, pero manteniendo la inquietante belleza de la historia."

Ruby Film & Television, de Owen y Trijbits, empezó a trabajar en el proyecto, que se llevó a una de las más prolíficas organizaciones financiera de cine de todo el Reino Unido: la BBC Films, para empezar el proceso de desarrollo.


Tan pronto como el guión estuvo listo, Owen buscó a un director que estuviera en la misma longitud de onda. El oscarizado estudiante Cary Joji Fukunaga, que se había iniciado en la dirección con la película Sin nombre, de Focus Features, y que le proporcionó muy buenas críticas y algunos premios, como el de su estreno en el Festival de Cine de Sundance de 2009, para continuar con su distribución a todo el mundo.

Este thriller dramático de corte épico sobre unos inmigrantes de América Central que van hacia la promesa de mejor vida en los Estados Unidos, "aunque aparentemente alejada del todo de la historia de Jane Eyre, aborda el tema de la pérdida y la busqueda de una vida mejor" --subraya el productor--. "Lo que se hace evidente tan pronto como se visiona el trabajo de Cary, es que se trata de un realizador visceral, con fuerte voz autoral, algo que queríamos sobre todo para Jane Eyre."


Fukunaga subraya: "Era consciente que afrontaba un film de época y una historia con elementos de terror. Caminar por la línea que transcurre entre estos dos tonos se presentaba difícil, pues es muy fácil fallar en uno o en el otro. Quería mantener cierta consistencia en el estilo de narrar la historia."

Y sigue: "Donde Jane Eyre resulta similar a Sin nombre es en su exploración de los misterios de las relaciones humanas, particularmente las familiares. Jane no ha tenido una familia en toda su vida y busca una, por no decir un lugar al que llamar hogar. Pero cada vez que se aproxima a alguien, resulta apartado de él o de ella."

"Otro tema parejo es el que se refiere al viaje que emprende la protagonista, en el que conoce a alguien con quien poder relacionarse, que ha sufrido la pérdida como ella misma, en tanto se ve inmersa en situaciones y emociones complejas. Y con secretos del pasado emergiendo de nuevo, ¿perderá una vez más a alguien que le es muy próximo?"


Si bien Mia Wasikowska impresionó mucho a Michael Fassbender, todavía apareció otra actriz en el reparto que le provocó tal sorpresa que realmente le conmocionó. "Bien, ya se la imagina, la Dama" --se maravilla--. "¡Enterarme de que Judi Dench estaba en el reparto...! Uno se siente bendecido por tan solo estar aquí en el camerino, sentado, hablando. En ella hay como un polvo de oro, y uno anhela que algo del mismo le caiga encima cuando ella pasa. Llevo en el corazón muestras escenas compartidas."

Fassbender y Dench bromeaban sobre mantener el espíritu alto mientras trabajaban en alguno de los pasillos más fríos y oscuros del célebre Haddon Hall. Wasikowska estaba emocionada de poder ver como trabaja Judi".



Consneguir que Dench encarnará al ama de llaves de Thornfield, la señora Fairfax, se consideró toda una gesta por parte de la producción. Fue una carta personal del propio Cary Fukunaga que persuadió a la actriz para que aceptara el papel. "Cuando Dench dicho que sí, el proceso se hizo, si cabe, más excitante" --subraya--, "particularmente desde que estábamos introduciendo a alguien que equivalía a toda una institución en el Reino Unido. Es la fuerza de la seriedad, y la mera idea, o más bien miedo, de trabajar con ella en el plató hacía mucho mayores tanto el reto como la alegría del proyecto. ¿Qué se le puede decir en realidad a alguien que ha participado en más películas (al lado de colaboradores con mucho más talento) de las que yo podré aspirar a realizar en toda mi vida?"

La actriz ganadora del Oscar asegura haber leído la novela "tan pronto como Charlotte Brontë la publicó" --y ríe la broma antes de recordar su pasado--. "La leí en la escuela, creo. Siempre he opinado que se trababa de una historia magnífica. La llevo siempre conmigo."



En consecuencia, Dench se sentía intrigada por el tono que los realizadores le darían al film. La actriz añade: "Esta historia se ha hecho en cine muchas veces, pero creo que a Cary le asisten ideas totalmente diferentes y oscuras sobre la misma que, espero, animen al público a leer el libro.

Para las secuencias que implican a los rivales tanto de Jane como de Rochester, Wasikowska y Fassbender volvieron a encontrarse con actores con los que ya habían trabajado previamente, incluso en climas más fríos. La emergente actriz Imogen Poots, que había compartido las únicas escenas íntimas con Fassbender en Centurion (Centurion, 2010), fue incorporada como Blanche Ingram, la prometida potencial de Rochester; y Jamie Bell, el personaje que había cortejado al de Wasikowska en Residencia (Defiance, 2008), basada en hechos reales sucedidos durante la Segunda Guerra Mundial, haría ahora lo mismo en el papel de St. John Rivers.


viernes, 9 de diciembre de 2011

Albóndigas con sepia


Ingredientes (4 personas):

Para la masa de las albóndigas:

  • 500 gr. de carne picada (mitad de ternera y mitad de cerdo)
  • 30 gr. de miga de pan blanco sin corteza
  • 1 huevo
  • 2 dientes de ajo
  • 1 ramita de perejil
  • 1 cucharadita de pimentón dulce
  • Leche, cantidad suficiente para mojar la miga de pan
  • Harina, cantidad suficiente para rebozar las albóndigas
  Para la salsa:
  • 1 cebolla grande rallada o triturada
  • 1 sepia grandecita limpía (puede ser congelada)
  • 1 taza de guisantes desgranados (pueden ser congelados)
  • 1 taza pequeña de vino blanco
  • 2 tazas de agua
  • 1/2 cucharadita de pimentón dulce
Además:
  • 1 taza de aceite de oliva
  • Sal y pimienta negra
Y si hace falta espesar la salsa:
  • 1 cucharada de harina de maíz (Maicena)
  • 1/2 taza de agua


Preparación:

  1. Un par de horas antes de hacer el guiso, preparar la masa de las albóndigas, para ello colocar en un bol la carne picada con la miga de pan remojada en leche, el huevo, el ajo y el perejil cortados muy finos, el pimentón, un poco de pimienta negra y un par de pellizcos de sal. Revolver todos los ingredientes con las manos hasta que quede una masa homogénea. Taparlo con papel film y dejarlo reposar.
  2. Formar las albóndigas de una en una, cogiendo una cucharada de masa y dándoles forma redondeada haciéndolas girar entre las manos enharinadas hasta que queden redondas. Rebozarlas en harina, sacudiéndolas un poco para que se desprenda la harina sobrante y depositarlas en una fuente en la que se haya espolvoreado un poco de harina para evitar que las albóndigas se peguen.
  3. Poner una sartén al fuego con el aceite a calentar, cuando esté caliente ir friendo las albóndigas hasta que queden doradas pero sin llegar a ponerse demasiado oscuras. Freír por tandas y dejarlas en reserva sobre un plato o fuente cubierto con papel absorvente para eliminar el exceso de aceite.
  4. Pasar por un colador de malla muy fina un par de cucharadas del aceite de freír las albóndigas para quitarle los restos de harina quemada que hayan podido quedar y ponerlas en una cazuela plana. Añadir la cebolla picada y un poco de sal para que sude, dejarla cocer hasta que se ponga transparente (unos 10 min.). Agregar la sepia cortada en dados no muy grandes, saltearla hasta que tome color. Espolvorear media cucharadita de pimentón e inmediatamente, para que no se queme, el vino y el agua. Cuando empiece a hervir, poner las albóndigas en la cazuela, taparla y dejar cocer a fuego suave durante 20 min.
  5. Echar los guisantes sobre el resto del guiso y cocer 10 min. más tapado. Si la salsa hubiera quedado excesivamente líquida, se le puede añadir la harina de maíz disuelta en agua, una vez en la cazuela, se le deja dar un hervor hasta que espese.
Las albóndigas son uno de esos platos que requieren bastante tiempo en su elaboración, como contrapartida, es, así mismo, uno de esos guisos que ganan con el reposo y están incluso mejor de un día para otro. También es una receta que admite perfectamente el congelado por lo que no es mala idea dedicar un día a preparar una gran cantidad de albóndigas, congelarlas y echar mano de ellas otro día en el que no se disponga de tanto tiempo.

Las albóndigas con sepia es una de las muchas recetas típicas de la cocina catalana, en la que se encuentran muchas preparaciones que combinan carnes con frutos del mar -conocidos popularmente como "mar i muntanya"-. Aunque en un principio pueda resultar una mezcla sorprendente para quienes no están acostumbrados a ella, vale la pena probarlo porque la conjunción de sabores que se logra está a la altura del más exigente de los paladares.

Tortilla de espinacas de la "iaia"


Ingredientes (4 personas):

  • 400 gr. de espinacas
  • 100 gr. de panceta o bacon
  • 2 dientes de ajo
  • 4 huevos
  • Aceite de oliva
  • Sal


Preparación:
  1. Poner una olla con agua a calentar, mientras rompe el hervor, limpiar las espinacas y cortarlas más bien pequeñas.
  2. Hervir las espinacas durante 3-5 min., escurrir y reservar.
  3. Cortar la panceta a dados pequeños y picar el ajo.
  4. En una sartén, poner un chorro de aceite, sofreír el ajo y la panceta. Añadir las espinacas bien escurridas y saltear.
  5. Batir 2 huevos y mezclarlo con la mitad de las espinacas salteadas con panceta y ajo.
  6. Cuajar la tortilla en una sartén grandecita. Tiene que quedar una tortilla más bien fina.
  7. Repetir el proceso con los 2 huevos restantes y con el resto de las espinacas.

Ser o no ser, Ernst Lubitsch, 1942


Título Original: To Be or Not to Be
Dirección: Ernst Lubitsch
Guión: Edwin Justus Mayer
Fotografía: Rudolph Maté (B&W)
Música: Werner R. Heymann
Producción: Romaine Film / Alexander Korda
País: Estados Unidos
Año: 1942
Duración: 99 min.
Género: Comedia
Reparto: Carole Lombard, Jack Benny, Robert Stack, Stanley Ridges, Felix Bressart, Lionel Atwill, Sig Ruman, Tom Dugan, Charles Halton, George Lynn


Segunda Guerra Mundial. Varsovia, durante la ocupación alemana. El profesor Siletsky, un espía al servicio de la Gestapo, está a punto de entregar una lista con el nombre de los colaboradores de la resistencia. Joseph Tura, actor polaco intérprete de Hamlet y esposo de María Tura, también conocida actriz, intentará solucionar esta peligrosa situación y, con la ayuda de los actores de su compañía, se hará pasar sucesivas veces por el cruel coronel Erhardt y por Siletsky para entrar en el cuartel general de las SS. (FILMAFFINITY)


A vueltas con la representación

Me resisto a creer que el nombre de Ernst Lubitsch está siendo olvidado. Pero me temo que es así. La nueva cinefilia —de la que generacionalmente me siento partícipe— no habla ya casi del director alemán y lo considera un buen cineasta más de la era clásica al que no apetece revisar desde el presente. Lo mismo sucede con Ophüls, Tourneur, Ray, Sturges, Walsh o incluso Lean. Autores brillantes que, más allá de un par de títulos míticos (o ni eso), han dejado de cotizar en la bolsa crítica. Una tendencia, ésta, que tiene mucho de aquello de matar al padre (o, al menos, los gustos de éste) y que suele repetirse cada tantos años con nombres distintos. Hoy nos gustan Ozu, Browning, Garrel, Suzuki o Cassavetes. Mañana serán (como lo fueron ayer) Greenaway, Kim Ki Duk, Wong Kar Wai o Kusturika. Y así, infinitamente. Sin embargo, Lubitsch —así lo creo yo— nunca debería haber entrado en este intercambio de cromos. Es —como lo son Hitchcock, Murnau, Ford y unos pocos más— un pilar esencial. Sin sus películas —que llevaron al límite las posibilidades de la comedia dentro de los grandes estudios— hoy no existirían ni Judd Apatow ni Wes Anderson. Ellos —como tantos otros comediantes— le deben mucho a un hombre que, al alcanzar la máxima sofisticación posible dentro de los límites del clasicismo, abrió las puertas a otro tipo de sensibilidades humorísticas. Ninotchka, Un ladrón en la alcoba o Una mujer para dos nacieron para quedarse y sería muy absurdo que ahora las olvidásemos. Es cierto que el género ha mutado, pero las comedias de Lubitsch —de indudable importancia artística e histórica— no deberían quedarse como lujosas piezas de museo. Necesitan —como toda película— de un espectador que las (re)interprete. Y, en parte, de ahí nace nuestro interés por recuperar un filme tan comentado como Ser o no Ser. Se trata, quizás, del único clásico de Lubitsch que aún es realmente popular, pero eso no es motivo suficiente para dejarlo de lado. Pues pensamos que nunca está de más volver a escribir sobre una película, aplicarle nuestra propia mirada e incorporarla a los diálogos del presente mientras cuestionamos su vigencia.


Más interesante si cabe es nuestra misión cuando el título en cuestión es el más representativo de la apasionante carrera de Lubitsch. El director berlinés tiene un montón de comedias geniales, sutiles e irónicas. Pero ésta es, seguramente, la que trasciende a todas ellas, el punto álgido de su filmografía. Desde el primer paseo del Hitler-actor por Varsovia, el espectador ya intuye que el cineasta maneja un juego de representaciones más complejo de lo habitual. Las normas sagradas de Lubitsch se han roto con la llegada de la Segunda Guerra Mundial y las tensiones que antes latían en el fuera de campo resuenan ahora en primer término. Lo terrible alcanza dimensiones desconocidas, los enredos amorosos se revelan triviales y lo que resultaba una disputa de un trío, pasa a ser un conflicto que afecta a toda la comunidad. El horror nazi ha llegado y el director alemán no puede más que advertir a sus personajes —y por ende al público que convive con ellos— de lo que está sucediendo. Los rostros afectados de Maria Tura y su aviador dejan claro el posicionamiento moral de quien los dirige. Mientras ambos filtrean por segunda vez en el camerino, les llega la noticia de la guerra y, consecuentemente, no pueden más que conmocionarse. El cineasta sabe que la discusión de los amantes ya no tiene interés. La realidad se ha entrometido en la calma de la ficción y la bombardea. Desde ese momento, Lubitsch se ve obligado a transformar coherentemente su filme. Y lo que parecía una comedia romántica ubicada en los albores de la guerra, se convierte en una sátira social e individual sobre los responsables de ésta.


La crítica a los nazis de Ser o no Ser (aplicable a todo sistema autoritario) se basa sobre todo en dos mecanismos humorísticos: la imitación y la repetición. Al usar frases idénticas en diversas situaciones o en una misma escena e insistir con movimientos miméticos —como el de la mano alzada para saludar—, el cineasta consigue ridiculizar a los que llevan a cabo las acciones con gags a largo plazo y por acumulación. Mientras que al seguir el mecanismo de la imitación, el director plantea una reflexión mucho más amplia que va ligada al que es el gran tema de su filmografía: las apariencias. Lubitsch, que incluso en sus filmes más ligeros demostró ser un analista certero de los comportamientos sociales, propone en esta película un juego complejo de capas en el que varias identidades se superponen como muñecas rusas. Con disfraz o sin él, los personajes principales actúan camaleónicamente a varios niveles según la situación en la que se encuentran. A veces interpretan a otra persona, en ocasiones fingen ser quien no son para conseguir lo que quieren y, casi siempre, dicen indirectamente lo que piensan para guardar las apariencias. Sus acciones no son juzgadas por el cineasta que, huyendo de maniqueísmos, se atreve a retratar sin connotaciones negativas a los individuos nazis (resultan simpáticos, nunca les vemos matar a nadie). Todo ello sin rebajar la fuerza del mensaje contra el sistema hitleriano y con la intención de hacer explícita —y exagerada— la importancia que la representación tiene en la vida humana en general y en los regímenes fascistas en particular.

Entre otros juegos de apariencias, en Ser o no Ser asistimos a las calculadas coreografías del Führer y su ejército en el teatro, a los constantes cambios de máscara (y de guión) de los miembros de la resistencia y a las contradicciones de unos soldados alemanes que siguen fielmente a su líder, pero, a su vez, se ríen de él a sus espaldas. Situaciones, éstas, que ayudan a configurar un filme tan delirante como inapelable. Una pieza maestra que, pese a poner en evidencia su artificio —se representa la invasión de Polonia en un plató, con intérpretes que conversan en inglés y sin violencia—, consigue desenmascar la realidad desde la ficción, desvelar la esencia de la hipocresía humana a través del sentido del humor. Sólo por ello ya merecería la pena verla pensando en el mundo de hoy. Más de uno se llevaría una agridulce sorpresa.

Carles Matamoros (Miradas de Cine)


El cineasta alemán Ernst Lubitsch (1892-1947) desarrolló buena parte de su carrera en Estados Unidos, triunfando como maestro indiscutible en la llamada "comedia sofisticada". A partir de 1932, este director logra la cumbre de su carrera, con obras tan celebradas como Angel (1937), Ninotchka (1939), El bazar de las sorpresas (1940), El diablo dijo ¡No! (1943) o El pecado de Cluny Brown (1946).

De To be or not to be admiramos su capacidad -no disminuida con el paso del tiempo- para hacernos reír, así como el prodigioso guión y los diálogos. Frente a buena parte de las comedias actuales, hay que destacar la maestría del cine de los años treinta y cuarenta, en el que esta película tiene un puesto de honor. Contiene una de las secuencias más humorísticas que nos ha dado el cine. Se trata de aquella en la que los nazis, que han descubierto el cadáver del profesor Siletsky, tratan de desenmascarar al impostor Tura que se ha disfrazado del profesor. Le dejan solo con el cadáver en una habitación para que se desespere y, en una jugada maestra, el falso Siletsky le afeita la barba al verdadero con el fin de dar el pego. Sin embargo, la maestría del director se muestra en el retorcimiento a que llega el "gag" cuando, una vez engañado el coronel Ehrhadt, aparecen disfrazados de nazis los miembros de la compañía teatral y le muestran al coronel a Tura disfrazado de falso profesor.

El ingenio del director alemán se muestra en los diálogos, el dominio de las situaciones cómicas de enredo y un guión ágil y cuidadosamente medido. Así, la aparición del coronel Ehrhadt -el único personaje propiamente ridiculizado de toda la historia- se retrasa considerablemente, cuando es necesario para llevar hasta sus últimas consecuencias la sátira.

To be or not to be es una de las mejores comedias de Ernst Lubitsch. Frente a otras obras menos comprometidas, en este caso el humor está al servicio de la crítica política, lo que ya había llevado a cabo, refiriéndose a la Rusia soviética, en Ninotchka. En efecto, se trata de una de las sátiras antinazis más corrosivas que nos ha dado la historia del cine. La burla apenas utiliza elementos propiamente políticos. Como advierte un cartel al inicio del filme, los nazis, "además de hacerse odiosos, hicieron el ridículo". es decir, el humor se logra al ridiculizar el militarismo, el culto a la personalidad y la obediencia ciega. Casi se podría decir que lo que repugna al director alemán es la estética nazi (que, evidentemente, se corresponde con una ética).

• La "obediencia debida" a los superiores por la que los colaboradores del nazismo justificaron los crímenes en el proceso de Nuremberg aparece en la película ridiculizada hasta el extremo de los dos pilotos que se tiran del avión sin titubear porque se lo ordena el (falso) Führer.
• El coronel Ehrhardt aparece como el jefe inútil que descarga en sus subordinados la responsabilidad de sus actos; constantemente se escuda en los mandados para ocultar su incompetencia. Con esta situación, el director muestra lo ridículo que resulta un sistema jerárquico en el que no se discuten las órdenes y en el que cualquier jefe puede ser un déspota cuya conducta estúpida o criminal siempre es achacada a los subordinados.
• El juego de la compañía teatral en el desarrollo de la intriga pone de relieve la teatralidad del nazismo, es decir, el hecho de que la ideología nazi se basa en una puesta en escena de banderas, uniformes y saludos. La facilidad de los actores polacos para hacerse pasar por nazis es proporcional al vacío de identidad que tienen los nacionalsocialistas.
• Hay una crítica a la vanidad de los actores de teatro que, en este caso, se ejemplifica en el personaje de Joseph Tura. Siempre se ha dicho que para ser actor hace falta una dosis de esquizofrenia (o desdoblamiento de la personalidad) y no poca de exhibicionismo y deseo de llamar la atención.
• Paralelamente a la reflexión sobre el hecho teatral y sobre la vanidad de los actores, hay una valoración positiva de los cómicos de segunda fila, de esos secundarios y figurantes que no tienen ocasión de encarnar a un protagonista y viven la profesión con la esperanza oculta de que un día llegue su oportunidad. Uno de ellos es el actor que hace soldado en "Hamlet" y a quien le gustaría declamar desde el escenario un fragmento de "El mercader de Venecia". Sólo cuando sus compañeros vestidos de nazis representan su papel en la realidad, con peligro de sus vidas, ese hombre logra decir el monólogo que tantas veces deseó.
• También la teatralidad, entendida como falseamiento de la realidad, como adopción de papeles que ocultan la identidad o la ponen al servicio del engaño, aparece en el juego de los espías.

(Extraido de Kairos – CINEMATECA: Perspectivas didácticas)

miércoles, 7 de diciembre de 2011

¡Vivir!, Akira Kurosawa, 1952


Título original: Ikiru
Dirección: Akira Kurosawa
Guión: Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto, Hideo Oguni
Fotografía: Asakazu Nakai (B&W)
Música: Fumio Hayasaka
Producción: Toho Company
País: Japón
Año: 1952
Género: Drama
Duración: 137 min.
Intérpretes: Takashi Shimura (Kanji Watanabe), Shin'ichi Himori (Kimura), Nobuo Kaneko (Mitsuo Watanabe, hijo de Kanji), Kyôko Seki (Kazue Watanabe, nuera de Kanji), Makoto Kobori (Kiichi Watanabe, hermano de Kanji), Kumeko Urabe (Tatsu Watanabe, esposa de Kiichi), Miki Odagiri (Toyo Odagiri, empleado), Kamatari Fujiwara (jefe subsección),  Yûnosuke Itô (Novelista)...


Kanji Watanabe es un veterano funcionario de la administración que arrastra una vida monótona y gris; pero no es consciente del vacío de su existencia hasta que se entera de que tiene un cáncer incurable. Con la certeza de que el fin de sus días se acerca, surge en él la necesidad de buscar un sentido a la vida. Y cuando lo consigue se produce un cambio radical en su actitud respecto a los demás. (FILMAFFINITY)


La vida es corta

Akira Kurosawa realizó más de treinta filmes a lo largo de cinco décadas. Su extensa filmografía, descubierta en occidente a partir del éxito cosechado por Rashomon en 1950, obra que obtuvo el Óscar a la mejor película extranjera y el León de Oro en el Festival de Venecia, ha sido siempre analizada en dos categorías de obras: aquellas enmarcadas dentro de una tradición histórica anterior a la occidentalización que provocó el emperador Meiji en 1868 (las del llamado género jidai-geki), y aquellas otras de ambientación contemporánea (el género gendai-geki), en las que se realiza un análisis social de diversos aspectos del Japón anterior y posterior a la Segunda Guerra Mundial, en definitiva del tiempo y realidad sociales que vivió el mismo realizador.


Dentro de esta segunda categoría de filmes considerados por el mismo director como de tendencia realista (1), Kurosawa realizó en 1952 la película ¡Vivir!, una historia que narra los esfuerzos de un hombre por tratar de dar sentido a los pocos meses que le quedan de vida, tras habérsele diagnosticado un cáncer mortal de estómago. Conectada inevitablemente con Humberto D de Vittorio de Sica (1952), uno de los filmes paradigmáticos del neorrealismo italiano, la película de Kurosawa posee, pese al pesimismo existencialista aparente de su planteamiento, un mensaje más optimista que el de su contemporánea italiana. Watanabe, el protagonista de ¡Vivir! interpretado por Takashi Shimura, uno de los actores fetiches de Kurosawa y que realiza en este film una de sus mejores interpretaciones, es un hombre que, pese a la desesperación inicial que sufre ante la noticia de su inminente muerte, decide aprovechar los días que le quedan realizando una obra social que le permita sentir que su vida ha servido de algo. Watanabe había pasado sus días hasta el momento como funcionario al frente del departamento de atención al ciudadano, un departamento que, como el resto de secciones de la Administración, se desentiende completamente de las necesidades sociales y en el que los funcionarios se limitan a ejercer un trabajo burocrático rutinario y exento de cualquier implicación con la responsabilidad hacia la sociedad que deberían desempeñar. Este mensaje de crítica contra un sistema que poco o nada hace en ayuda de los ciudadanos más desfavorecidos es uno de los temas de fondo en esta película. Pese a que el cine de Kurosawa no puede considerarse un cine político, este espíritu de crítica social aparece frecuentemente en su filmografía, y está presente en filmes como El ángel ebrio (1948), Los bajos fondos (1957), Los canallas duermen en paz (1960), en la extraordinaria Barbarroja (1965) o en la posterior Dosdeska'den (1970).


En ¡Vivir! la denuncia contra la pasividad de los organismos gubernamentales ante la situación de crisis social y económica que atravesaba el Japón de la posguerra es evidente entre otros ejemplos en las afirmaciones de los mismos funcionarios que asisten al funeral de Watanabe, uno de los cuales reconoce abiertamente: "en la Administración no hay que hacer nada, ya que si haces algo te tachan de radical". Ejemplo de ello es la magnífica ambientación de la oficina, en la que se acumulan por todas partes montañas de solicitudes que dan muestra de la gran cantidad de quejas recibidas y del descuido y poca atención prestadas a ellas por los funcionarios. El mensaje dado por Kurosawa es sin embargo un mensaje esperanzador, representado en la lucha personal y posterior triunfo de Watanabe por conseguir realizar el proyecto de construcción de un parque para niños, lucha que viene a demostrar la posibilidad de mejorar la situación social existente. No obstante, y pese a este mensaje optimista, Kurosawa es realista, y aunque los funcionarios que asisten al entierro reflexionan sobre la necesidad y posibilidad de cambiar el orden de las cosas, la película se cierra con el retorno a la misma situación que abría el film, con el nuevo jefe de departamento desentendiéndose igualmente de los ciudadanos, y con la resignación cobarde de sus empleados ante esta vuelta a la vida rutinaria anterior (extraordinario plano el que muestra al único funcionario disconforme con la situación sentarse en su silla y esconderse tras las montañas de papeles que inundan su mesa).


¡Vivir! se estructura en dos partes, la primera de las cuales comprende la historia de Watanabe desde el planteamiento de su dedicación profesional y la noticia de su enfermedad hasta su decisión de emprender la lucha por la construcción del parque. Esta primera mitad desarrolla el conflicto emocional del personaje, el cual atraviesa una profunda situación de crisis personal como resultado del conocimiento de su inminente muerte. Watanabe tratará inutilmente de recuperar el tiempo perdido en su vida anterior, dándose cuenta de que ya no puede reparar la relación de incomunicación con su hijo y su nuera, y comprobando asímismo que el disfrute desenfrenado de las juergas nocturnas no le reporta ningún tipo de satisfacción vital. El protagonista encuentra sus únicos momentos de felicidad en sus encuentros con una joven ex-empleada en su departamento, cuya vitalidad le transmite por fin cierta alegría de vivir y que actúa como catalizador de la decisión de Watanabe por realizar una misión social que le haga por fin darle un sentido a su existencia. La segunda parte del film comienza tras la elipsis marcada por el narrador que anuncia la muerte del protagonista tras cinco meses transcurridos. En esta segunda mitad, y teniendo como fondo narrativo el funeral de Watanabe, se procede a la reconstrucción de la consecución del objetivo del protagonista, a través del testimonio de los diversos asistentes a su entierro. Pese a ser considerada por una parte de la crítica como reiterativa y demasiado larga, y aunque ciertamente algunos de los hechos explicados puedan resultar redundantes, la duración de esta larga secuencia del velatorio encuentra su explicación en la intención por parte de Kurosawa de escenificar el lento desarrollo de un ritual de estas características, en el que los diversos asistentes van conformando con sus comentarios –ayudados por la ebriedad que les va provocando el sake que se les ofrece–, un exhasutivo retrato del difunto, en el que saldrán a la luz tanto sus defectos como sus cualidades y en el que el fallecido se convertirá en el centro de un debate sobre su vida que realmente muy pocos o ninguno conoce realmente.


La estructura del filme, tanto de la primera como de la segunda mitad, está caracterizada por continuos flashbacks de breve duración que actuan como soporte explicativo a los hechos, recurso este ampliamente utilizado en la filmografía de Kurosawa y que había encontrado su máxima expresión formal en la innovadora estructura fragmentaria de Rashomon. Aunque de manera más lineal que en aquella, ¡Vivir! se desarrolla igualmente como un conjunto de situaciones significativas que propician una reconstrucción de los hechos por parte del espectador, fragmentos entre los que destacan los recuerdos del entierro de la esposa de Watanabe, con ese maravilloso encadenado al plano subjetivo del padre y del hijo viendo cómo se aleja la carreta que porta el féretro de la madre, o la alternancia de primeros planos del protagonista gritando el nombre de su hijo con escenas que recuerdan hechos destacados de la infancia del mismo. El tiempo es manipulado a gusto del realizador no sólo con los saltos atrás en el relato, sino también con la utilización frecuente de elipsis que resumen fragmentos de la historia. Excelentes ejemplos de este montaje elíptico son las secuencias del paso de un departamento a otro de la solicitud de construcción del parque por parte de unas mujeres o las diferentes situaciones vividas por el protagonista en sus noches de juerga junto a un joven escritor bohemio, personaje que actúa como una especie de Mefistófeles benigno en este descenso existencial de Watanabe a los infiernos.


¡Vivir! es una de las películas de Kurosawa en las que el lirismo visual está más conseguido. La impoluta realización en el montaje y la composición de los planos, muestra de la siempre soberbia puesta en escena y dirección características del realizador, llega a su cumbre en momentos tan perfectos como la escena del columpio, en la que Watanabe se balancea cantando "La vida es corta", esperando ya su muerte bajo la nieve. La presencia de la naturaleza y los fenómenos atmosféricos como elementos que acompañan a la narración y aportan especial significado a ella es otra de las constantes en el cine de Kurosawa, ejemplificada en la perfecta lucha final bajo la lluvia de Los siete samuráis (1954), en el viento que azota el pueblo en Barbarroja o en Trono de sangre (1957), o en la niebla que ahoga el valle en esta última y en La fortaleza escondida (1958), por citar sólo algunos ejemplos. Watanabe se mece en el columpio bajo una nieve que viene a reforzar el aire de leyenda que envuelve la historia de este héroe, conectando con la afirmación que haría el personaje central de Barbarroja al afirmar que no hay nada más solemne que los últimos momentos de un hombre. Shimura enriquece con su interpretación esta idea de dignidad y triunfo vital en su personaje, interpretación soberbia influida por el teatro japonés, en el que se enfatiza la expresividad del actor sobre un mínimo movimiento de su figura.


¡Vivir!, definida por José Enrique Monterde como perteneciente a un «neorrealismo de los sentimientos» (2), se configura al fin como un canto positivo hacia la vida y la necesidad de utilizar nuestro escaso tiempo vital de la manera más intensa posible. Lejos de un pesimismo existencialista que trate la muerte como el horrible final del camino, el mensaje final del film de Kurosawa es mucho más esperanzador, y consigue en su propuesta dejar la sensación de haber asistido a una extraordinaria lección de vida, lección coherente con la visión humanista presente en todo el cine del japonés, en el que se concluye que el ser humano ha de tratar al fin de dedicar todos sus esfuerzos en aprovechar al máximo el tiempo que le es dado, tiempo valiosísimo y demasiado corto como para ser malgastado inútilmente.

(1) Pese a esta definición, Kurosawa nunca se consideró un realista, sino un sentimental, aunque sus intenciones fueran de caracter realista (citado por Sara Torres en su artículo ¿Vivir?, revista NOSFERATU, especial Akira Kurosawa, nº 44-45, Diciembre 2003, p.156)
(2) Compormiso con el humanismo, revista NOSFERATU, íbid, p. 10.

Susanna Farré (Miradas de Cine)


Yo no puedo estar odiando a la gente, no tengo tiempo.

martes, 6 de diciembre de 2011

Magnolia, Paul Thomas Anderson, 1999


Título original: Magnolia
Dirección: Paul Thomas Anderson
Guión: Paul Thomas Anderson
Fotografía: Robert Elswit
Música: Jon Brion (Canciones: Aimée Mann)
Producción: New Line Cinema
País: Estados Unidos
Año: 1999
Género: Drama
Duración: 188 min.
Intérpretes:  Tom Cruise (Frank T.J. Mackey), Philip Seymour Hoffman (Phil Parma), Julianne Moore (Linda Partridge), Jeremy Blackman (Stanley Spector), Melinda Dillon (Rose Gator), Philip Baker Hall (Jimmy Gator), Ricky Jay (Burt Ramsey / Narrador), William H.Macy (Donnie Smith), Alfred Molina (Solomon Solomon), John C.Reilly (Oficial Jim Kurring), Melora Walters (Claudia Wilson Gator), Michael Bowen (Rick Spector), Jason Robards, April Grace, Eileen Ryan, Genevieve Zweig, Thomas Jane, Luis Guzmán, Michael Murphy, Robert Downey Sr., Miriam Margolyes, Cory Buck, Henry Gibson


La película consta de nueve tramas paralelas que tienen lugar en el Valle de San Fernando, en Los Angeles: un niño prodigio, el presentador de un concurso de televisión, un ex-niño prodigio, un moribundo, su hijo perdido, la mujer y el enfermero del moribundo. Son historias aparentemente independientes, pero que guardan entre sí una extraña relación. (FILMAFFINITY)


Finales del XX, principios del XXI


Las grandes epidemias han desaparecido. Brotes virales como la reciente neumonía asiática resultan más próximos al circo o espectáculo mediático que a la plaga de repercusión mundial que se anunciaba en los informativos. Vivimos, pese a la coexistencia con enfermedades como el SIDA o el cáncer (cada día más prevenibles y tratables gracias al progreso médico), con una enorme sensación de seguridad. Paralelamente, la mayor parte de la población mundial se ha ido concentrando intensamente en los grandes núcleos urbanos, formando enjambres en los que sentirse acogidos y protegidos. Lejos de la falacia de la inseguridad ciudadana perpetrada por la derecha (y ,lastimosamente, también por parte de la izquierda), el mundo occidental ha alcanzado un nivel de bienestar social envidiable y el problema más serio hoy en día lo encontramos en las desigualdades entre los diferentes mundos en los que se haya escindido el planeta. Si tuviera que efectuar un diagnostico sobre nuestra colectividad en lo que se refiere a las estructuras sociales básicas, diría que goza de una salud sana. Sin embargo, y ahora entraré en el difícil y pantanoso terreno que delimita lo social y lo individual, me parece que el individúo del final del siglo XX y principios del XXI se encuentra en una situación de debilidad e inferioridad respecto a su supuesto rol en la colectividad. Mientras todo parece marchar bien, algo no termina de funcionar en nuestras vida. Finalmente, resulta que toda aquella aparente coraza que nos protege no nos da la felicidad. Nos encontramos rodeados por millones de individuos como nosotros y nos sentimos solos y enfermos.

Magnolia es una película sobre la enfermedad del ser humano del presente. Una terrible y tortuosa soledad que nos hace sentir incomprendidos, maltratados y hundidos. Asimismo, Magnolia es también una película enferma. Desequilibrada, excesiva, opulenta, artificiosa y cinéfila. Y, sin embargo, es esa misma enfermedad la que la convierte en una experiencia arrolladora y traumática, explorando sin miedo al ridículo y con una sinceridad herida por la rabia la compleja sensibilidad de una realidad que contemplamos atónitos.

«I really do have love to give, I just don’t know where to put it.»
(Verdaderamente tengo mucho amor para dar, pero no sé dónde ponerlo)
Ex-niño prodigio Donnie Smith en Magnolia.


Las películas de Paul Thomas Anderson (PTA de aquí en adelante) hablan acerca del amor, el amor en todas sus formas: la necesidad de amar, la búsqueda de amor, la carencia de amor y la capacidad o incapacidad de amar. A diferencia de otras de sus películas, en Magnolia PTA concentra su interés en las diferentes formas de ausencia de ese amor.

Uno de los amores más sencillos y, aparentemente, fáciles que existen es el de la familia. Un amor que no necesita de coincidencias o esfuerzos para nacer. Un amor del que carece, por ejemplo, Frank Mackey (interpretado por un inspirado Tom Cruise). Desnudo por esa ausencia, convertido en un ser perdido, encontrará el camino para llenar ese vacío. La anestesia que le permite olvidar el dolor de la ausencia de su padre tiene forma de rencor. Un rencor que actúa como coraza y que apunta hacia todas las direcciones. Frank siente que todo el mundo quiere hacerle daño y ha encontrado la solución para que nadie le vuelva a hacerse sentir vulnerable: «respetar la polla, y domar el coño». Frank no desea relacionarse con seres humanos, Frank prefiere las pollas y los coños convirtiendo las relaciones humanas en campos de batalla en los que él siempre será el vencedor, ya no habrá más derrotas. Frank va a follarse a cualquier “coño” que desee y lo hará cuando quiera y donde quiera. Sólo la posibilidad de vengar el sufrimiento de su madre posibilitará que el muro en el que se ha convertido su mirada suficiente y orgullosa se derrumbe.

Si las heridas de Frank han endurecido su piel, las de Donnie Smith (William H. Macy) y de Claudia Wilson Gator (Melora Walters) los han convertido en seres débiles e inseguros. Con la capacidad y habilidad para amar amputada, Claudia, víctima de los abusos sexuales de su padre durante su niñez, es un ser que deambula desvalido por caminos de autodestrucción. El ex-niño prodigio Donnie Smith se siente confundido, confunde su obsesión por un camarero ignorante con un amor verdadero, y esto se suma al desconcierto que le provoca ser incapaz de canalizar y externalizar un sentimiento de amor que le absorbe y que convierte su inteligencia en una herramienta inútil que sólo ha servido para destruir lo único precioso que verdaderamente tuvo un día, su niñez (es tan fácil «confundir a los niños con ángeles»).


Pese a la existencia de muchísimos personajes no es algo usual encontrar el amor en pareja en las películas de PTA, Magnolia no es una excepción, sino más bien el paradigma de dicha teoría, a pesar del carácter coral de la obra, podría decirse que la única relación de pareja que presenciamos es la que nace entre Jim Curring (John C. Reilly) y Claudia. Historias de amor poco convencionales, nos muestran el encuentro de gente que por su carácter está acostumbrada a la soledad, que ha asumido esa soledad como algo natural y inherente a sus vidas, relaciones en las que se detecta que para estas personas relacionarse y comunicarse supone un esfuerzo demasiado grande. Las situaciones que vivimos junto a ellos están más caracterizadas por la incomodidad con la que las enfrentan que por la ilusión de un encuentro salvador e inesperado. El amor en pareja en las películas de PTA se nos presenta como un deseo de amor dulce y artificiosamente sincero que se intuye en pequeños detalles cuya ternura se ve enfatizada por la crudeza y tristeza que rodea a los personajes. Ese vertiginoso caudal de sinceridad verbal en el que se ven sumidos los personajes andersonianos los sitúa ante el espectador en un complejo equilibrio entre el ser desvalido del conocimiento de las reglas sociales más comunes y una persona que enfrenta a conciencia la realidad de sus problemas. La equidistancia a ambas posibilidades es un elemento de tensión dramática con la que juega constantemente PTA en sus diálogos, una de sus grandes virtudes o defectos. Pero volvamos al amor. Un amor que llama la atención por su inocencia, muy alejada de la naturaleza o comportamiento habitual de sus protagonistas, una inocencia cercana al amor infantil o platónico, una de las características del cual es la ausencia de carnalidad. El sexo se encuentra presente en mayor o menor medida en todas las películas de PTA. En Magnolia el sexo aparece mayormente en los diálogos, Frank Mackey habla continuamente acerca de sus hazañas sexuales, mientras que Linda (Julianne Moore) y Earl (Jason Roberts) mencionan el sexo durante las confesiones de sus infidelidades. También vemos sexo entre Jimmy (Phillip Baker Hall) y una de sus amantes, así como se intuye que existió sexo entre Jimmy y su hija Claudia años atrás. No es difícil ver como ese sexo no es nunca una expresión de amor, al menos del amor que se nos pretende mostrar en las historias que conforman el relatos. Pareciera que todo este sexo actúa principalmente como contraposición al amor de las parejas, subrayando el carácter inocente y puro de éstas (algo no carente de cierto conservadurismo).


«¡Hay que captar la atención del espectador en los cinco primeros minutos!» Paul Thomas Anderson

Esta afirmación hace referencia a los chistes o anécdotas que se pueden encontrar en las películas de PTA en los primeros minutos de duración, como por ejemplo la caja de cerillas que explota por combustión espontánea en el pantalón de John en Sidney o las tres historias de coincidencias que dan inicio a Magnolia. Yo iría más allá con esa afirmación, creo que los comienzos de las películas de PTA son apasionantes, no sólo por las bromas y por el humor del que a veces carece el resto del metraje de sus películas, sino por la capacidad para presentarnos en pocos minutos una situación inicial clara y simple en su planteamiento pero llena de matices, detalles y pistas de la innumerable cantidad de elementos que llenarán la pantalla durante las siguientes horas. Las películas de PTA son películas de personajes, y en pocos minutos los tenemos perfectamente definidos y situados. Las tácticas son diferentes pero el objetivo y el resultado similar. El caso de Magnolia es el más espectacular, ya que en un abrir y cerrar de ojos tenemos: la introducción con las tres historias de casualidades que nos ponen en el ambiente (“the mood”) de la historia y nos plantean algunas de las incógnitas que se tratarán de resolver y la presentación de todos (muy numerosos) los personajes protagonistas, conoceremos su situación, sus problemas, pinceladas de su carácter e incluso su función dentro del esquema de la película. Todo ello en un recital de velocidad narrativa, acumulación de detalles visuales y marcas de estilo (numerosos y variados movimientos de cámara, tipos de iluminación, recursos narrativos...).

Y ya que hablamos de comienzos, hablemos de la estructura completa de la películas. Sin necesidad de un esfuerzo de análisis demasiado intenso podemos dividir Magnolia en tres bloques claramente definidos: presentación de la situación, “breakdown” (término utilizado por el propio Anderson) y desenlace. Estos bloques son distinguibles no sólo por su contenido narrativo sino también, y sobretodo, por su ritmo. Presentación: mirar párrafo anterior. Breakdown: en esta fase de la película observaremos como todos los personajes se ven rendidos ante su enfermedad, una realidad que a ritmo de número musical se desvela como una caída imposible de parar. Todas estas situaciones provocan que el ritmo de la historia caiga en picado, abundan las transiciones de historia a historia y los tiempos muertos dramáticos, todo ello mientras la banda sonora (omnipresente a lo largo de casi todo el filme) intensifica el estado de tensión dramática latente, advirtiendo la inminente llegada del desenlace. Desenlace: redención y esperanza, ese parece ser el mensaje que PTA pretende que prevalezca en el final de sus historias, pero lo consigue solo a medias ya que, pese a ser un descarado amante de los finales felices, no puede pretender que tanto mal desaparezca de un plumazo. El final de Magnolia, en forma de epílogo literario, es la síntesis final de todas las preocupaciones y conflictos que se plantean en la película. Unos recibirán el perdón y una nueva oportunidad, otros no podrán superar el dolor de sus heridas, y sin embargo no todo queda tan atado como podría parecer. Me gustaría analizar con cierta profundidad la visita final de Jim a la casa de Claudia. Una declaración de amor (improvisada por PTA en el último momento, no aparece en el Shooting Script) y a la sonrisa de Claudia. Pero, ¿qué nos quiere decir esa sonrisa? Según PTA significa que aún existe esperanza y que Claudia enfrentará la posibilidad de amar y ser amada. Pero creo y defiendo que esa sonrisa puede tener más de un significado. Creo que esa sonrisa es interpretable como la exteriorización de una derrota tan intensa que sólo se puede expresar a través de una expresión opuesta a su origen, según esto podría leerse que, pese a que la belleza existe en este mundo, también existen personas que, como dice la canción que suena en ese preciso instante, “sospechan que nunca serán capaces de amar a nadie”. También pienso que esa sonrisa se puede interpretar como un guiño al espectador, una búsqueda de complicidad que nos permita decir “las cosas no son tan serias y terribles como se muestran en esta película”. No sé, yo me quedo con las tres.


«Cosas como éstas pasan todos los días»
narrador en Magnolia

Magnolia se presenta ante nosotros como una búsqueda de respuestas, como un estado de desorientación e incomprensión de una realidad que no sabemos explicarnos, como un estado de ansiedad que confunde nuestra razón. Una búsqueda de respuestas a ese algo que mantiene perdidos a los habitantes del universo Magnolia (una muestra del mundo, cuyas elecciones poco tienen que ver con la casualidad, según los ojos de PTA), la respuesta a: ¿cuáles son los mecanismos que rigen el transcurrir del tiempo, como máxima representación del suceder de las cosas?. Una de las expresiones más repetidas a lo largo de la película en forma de afirmación rotunda o dubitativa es el “son cosas que pasan”. El narrador de los tres sucesos (anécdotas) que conforman el singular comienzo de la película no puede dar crédito a que estas “cosas” sean fruto del azar («esto, por favor, no puede ser una de esas cosas, en mi opinión, no puede ser…»), Stanley Spector afirma con pasmosa tranquilidad, mientras observa una inexplicable lluvia de ranas, que ésa es una de esas cosas que pasan, y un cuadro en la pared de la habitación de Claudia Wilson Gator, nos rebela que aquello (la lluvia de ranas) realmente pasó.

Este enigma conforma la primera capa de la caleidoscópica Magnolia, la cáscara, que a modo de truco de guión ayuda a crear un primer clima de agobio que nos ponga alerta, que nos haga pensar “esto va a ser algo grande”. Porque no se me ocurre calificarlo de otra manera: un truco. Que fácil es desconcertar a una persona preguntándole “¿por qué pasan las cosas?”, imposible rehuir la pregunta, imposible esquivarla o buscarle un fallo que la anule. Las cosas pasan, el tiempo no se toma descansos y actúa como un motor sin piedad ante aquellos que quieren darle la espalda a la realidad, como es la gente que habita Magnolia.

Para dar todavía más juego a esta trampa, tenemos múltiples respuestas a la pregunta en cuestión, múltiples repuestas en boca de varios narradores. Cuando parece que las cosas empiezan a tener cierto sentido, aparece otro narrador que nos devuelve al lugar donde las preguntas no parecen tener repuestas. Primero, nos encontramos con el narrador que no aparece en pantalla, esa voz en off desconcertada que asiste alucinada y temerosa a todos los acontecimientos que vamos viendo. Este narrador tiende a representar la postura que afirma que todo es cuestión del azar, ya que, pese a repetir múltiples veces que esto no es así, la negación se transforma en defensa y nos permite aferrarnos a esa posibilidad. Podría parecer que ese narrador puede ser la voz de PTA en primera persona y por tanto su visión más personal, pero la voz del policía Jim Kurring está tan cerca de PTA como la del primer narrador. Jim Kurring representa claridad en medio del caos, todo parece derrumbarse, pero todavía existe gente buena que tiene unos principios claros, que actúa ante la vida de forma comprometida, cuyo trabajo-vida se rige por unas normas-principios que lucha por obedecer-defender. Jim Kurring sabe lo difícil que es perdonar, lo difícil que es escoger qué se puede perdonar, sabe lo que es vivir solo y sabe qué es lo que tiene que hacer. Por último, y como narrador menos importante, en mi opinión, tenemos las señales. Magnolia está llena de señales, señales escondidas que parecen decirnos que todo lo que va a pasar está determinado, que todo lo que está pasando tiene un porqué y una consecuencia, que todo nos lleva a un momento clave (lluvia de ranas) que va a desenredar la tela llena de nudos en la que se ha convertido la realidad. Las señales están por todas partes: escondidas en centenares de planos de la película existen referencia escondidas, o no tanto a una cifra: 8.2. Esto hace referencia al pasaje bíblico “Éxodo 8.2” que dice «Y si no lo quisieres dejar ir, he aquí yo castigaré con ranas todos tus territorios». Según esto, todo lo que nos sucede estaría guiado por una fuerza sobrenatural (Dios) que nos premia o castiga según nuestras acciones (en este sentido es interesante apuntar que en el primer guión de Magnolia se podía ver como recogían el cuerpo muerto de Jimmy Gator en el epílogo de la película, cosa que no queda del todo clara en el montaje final). PTA afirma lo siguiente respecto al tema del “Éxodo 8.2”: «el éxodo 8.2 describe la plaga de ranas en la Biblia. Lo gracioso es que mis razones para usar la plaga de ranas no es exactamente bíblica. En realidad no supe que esto aparecía en la Biblia hasta que terminé de escribir el guión. Las lluvias de ranas son algo que sucede realmente.» «Simplemente pensé que sería divertido como director plantar por todas partes el 8.2 como parte de un juego».


Y todo esto conforma ese juego-eje de esta historia, que pese a tener una presencia suficientemente intensa no es la única pieza interesante que compone Magnolia.

Lejos del juego se encuentra la realidad y la vida. Magnolia es un vómito de miles de ideas, reflexiones, principios, recuerdos y homenajes que rondaban por la mente de PTA cuando este decidió enfrentar la escritura del guión de la película. Esta suma de elementos hacen de Magnolia la película más personal de PTA. No defiendo como una virtud clara la aglomeración excesiva de elementos en pantalla, ya que este exceso no permite la fácil digestión de detalles visuales, pero me parece que lo que sí consigue PTA es que todas estas partículas de su experiencia y conocimiento apunten en la dirección que él desea. Hay multitud de ejemplos de la cantidad de fuentes de inspiración y experiencias que influyeron de una u otra manera en el resultado final de la película:

  • La frase, varias veces repetida por diferentes personajes «y el libro dice, podemos haber acabado con el pasado, pero el pasado no ha acabado con nosotros» que hace referencia a la influencia de las acciones del pasado sobre nuestra vida presente (sobretodo del sentimiento de culpa o de injusticia), no proviene, como parecería a simple vista, de la Biblia, sino del libro “The Natural History of Nonsense” de Bergen Evans, un libro acerca de fenómenos extraños parecido a los libros escritos por Charles Fort. Fue en uno de los libros de Charles Fort donde PTA leyó por primera vez acerca de la lluvia de ranas. Según PTA: «el libro de Evans intenta racionalizar el hecho de que la gente crea en rumores, leyendas urbanas y fenómenos extraños» (léase lluvia de ranas, submarinistas en medio de un bosque o GreenBarry Hill). Otro detalle, Stanely Spector aparece leyendo el libro “Wild Talents” de Charles Ford.
  • Durante la presentación de Stanley (repondiendo preguntas a toda velocidad en la pantalla de un televisor) una de sus respuestas es “Donald W. Winnicott”, un psicoanalista especializado en el efecto sobre la personalidad del trato recibido durante la infancia por parte de los padres, tema explorado y analizado en la película desde múltiples ángulos.
  • Otras referencias escondidas en la película apuntan a la Masonería. Uno de los libros que estudia Stanley es “La historia de la Masonería”. Pueden verse varios símbolos propios de la simbología masónica en los decorados del concurso “What Do Kids Know?” (un compás colocado al revés, una escuadra, el signo que representa al número pi…). La referencia más clara son ciertos detalles de la relación entre Jimmy Gator y el personaje que encarna Rick Jay (el productor del programa), estos apuntan a que ambos comparten el culto a la Masonería: antes de que Jimmy empiece el concurso Rick le da un saludo tradicional masónico, “we met on the level and we depart on the square”, además Jay coloca su mano sobre la espalda de Jimmy revelando que lleva un anillo típico masón. Todas estas referencias tomarían sentido en el hecho de que estas dos personas que deberían regirse por una serie de normas morales propias de la institución a la que representan (el amor al prójimo, el amor a los débiles, el rechazo a la avaricia o la protección de la inocencia) son dos de los personajes con una actitud moral más reprochable, mostrándose como seres despiadados, cobardes e irrespetuosos con una de las pocas cosas bellas de este mundo: la infancia y su inocencia.
  • Poco antes de escribir el guión PTA sufrió, en la carne de personas muy cercanas, la devastadora presencia del cáncer, “debo reconocer que, cuando el cáncer se entromete en la vida de un ser humano, se comporta como una gran ola. Yo he estado allí, y he sentido lo que es estar sumergido en la espiral que es el cáncer.”
  • Muchos de los personajes que aparecen en la película son un collage de elementos de la vida de PTA. Un ejemplo, Stanley Spector: durante sus primeros años de experiencia laboral, PTA trabajó en un concurso llamado “Quiz Kid’s Challenge” en el que vio a gran cantidad de niños utilizados como objetos de divertimento y lucro. Fiona Apple (compañera de PTA) le contó una vez que «cuando estaba empezando a dar conciertos, a los 19 años, se dio la situación donde ella tenía muchas ganas de ir al baño, pero sus managers la obligaron a salir al escenario», algo parecido a lo que le sucede a Stanley en el concurso. También quiso transmitir a través del personaje de Stanley una sensación que vivió después del estreno de Boogie Nights: «entonces había toda esa presión sobre mí. Y yo pensaba, vale, quería esto y lo he conseguido, pero todavía soy demasiado jodidamente joven y aniñado como para encontrarme realmente en esta situación».

«A veces la gente necesita ser perdonada»
Jim Kurring en Magnolia

Manuel Yañez (Miradas de Cine)

Santiago Montobbio - Ex-libris

No es bueno apretar el alma, por ver si sale tinta.
El papel sigue siendo el asesino -el asesino de ti-
y quizá es mejor que la sombra y que sus dagas
por antiguas voces descalzas vayan. Por antiguas voces,
muy lejos del número y sus cárceles, entre nieblas
olvidadas. Pero también pienso que con todo esto
tal vez puedas hacer algún día un cuadernillo;
que con todo esto -rojos, nieblas y niños
que se dicen adiós por las esquinas- quizá sí puedas
reunir unos ilegibles pedazos de diario
para con paciencia zurcirlos, tarde adentro,
hasta que torpemente formen un libro hecho de frío.
Y quizá sobre sus grises tapas de lluvia
puedas tú poner también mi nombre antiguo
y, justo debajo, las sabidas fechas
de mi nacimiento y muerte. Y entonces
mi nombre pequeño allí, mi nombre -pobre-
que no sé ya si da pena o si da risa
así grabado en unas tapas
ante las que puedas abrazar las evaporadas siluetas
de unos tristes fantasmas sentimentales que no soy
pero que los viejos papeles tercamente dicen que sí fui.