martes, 27 de diciembre de 2011

Contagio, Steven Soderbergh, 2011


Título original: Contagion
Dirección: Steven Soderbergh
Guión: Scott Z. Burns
Fotografía: Steven Soderbergh
Música: Cliff Martinez
Producción: Warner Bros. Pictures, Participant Media, Imagenation Abu Dhabi FZ, Double Feature Films, Regency Enterprises
País: Estados Unidos
Año: 2011
Género: Drama. Thriller
Duración: 106 min.
Intérpretes: Matt Damon como Mitch Emhoff, Kate Winslet como Dr. Erin Mears, Laurence Fishburne como Dr. Ellis Cheever, Marion Cotillard como Dr. Leonora Orantes, Jude Law como Alan Krumwiede, Gwyneth Paltrow como Beth Emhoff, Bryan Cranston como Lyle Haggerty, Jennifer Ehle como Dr. Ally Hextall, Sanaa Lathan como Aubrey Cheever, Elliott Gould como Dr. Ian Sussman, John Hawkes como Roger, Chin Han como Sun Feng, Monique Gabriela Curnen como Lorraine Vasquez


De repente, sin saber cuál es su origen, un virus mortal se propaga a nivel mundial y, en pocos días, empieza a diezmar a la población. El contagio se produce por mero contacto entre los seres humanos. Un thriller realista y sin efectos especiales sobre los efectos de una epidemia que se centra en la enfermedad que causa el virus a través de varias líneas argumentales.(FILMAFFINITY)


Notas del director

“Creo que siempre es interesante ver a gente enfrentándose a un problema real, especialmente cuando el tiempo corre en su contra, donde lo que está en juego no puede ser más importante”, afirma el director Steven Soderbergh, cuya nueva película, Contagio, plantea la duda de qué podría ocurrir, a nivel personal, nacional y mundial, si una enfermedad mortal desconocida se multiplicase a velocidad de vértigo, siendo capaz de propagarse sin control. ¿Cómo empezaría?, ¿Cómo se transmitiría?, ¿Cómo nos enfrentaríamos a ello? 
La inspiración para Contagio le llegó gracias a una conversación que él cree que “cualquiera podría tener”. Mientras trabajaban juntos en proyectos anteriores, como El soplón (The Informant!), Soderbergh y el guionista Scott Z. Burns viajaron mucho. Burns recuerda: “Steven y yo pasábamos mucho tiempo en el avión y hablábamos de que parece que a menudo la gente se enferma cuando viaja. Así que la idea empezó siendo la vulnerabilidad del ser humano en lugares públicos. Creo que todos nosotros, cuando enfermamos, tendemos a pensar con quién hemos estado los días anteriores, con quién hemos hablado, con quién nos hemos sentado o a quién hemos tocado. Es la naturaleza humana”.


Compartir el aire con un pasajero contagiado, llevar objetos portadores de bacterias e inconscientemente frotarse después los ojos, puede desembocar en un molesto resfriado, pero los dos empezaron a especular, ¿qué pasaría si estas interacciones comunes e inocentes hicieran circular algo peor? ¿Y si se propagara rápidamente por todo el mundo? 
La gente podría morir sin saber por qué. 
Y lo que es peor, en el intervalo de horas entre el contacto y la aparición de los síntomas, sería imposible averiguar quién lo tuvo primero o quién será el siguiente.
Contagio es la colaboración más reciente de Matt Damon con Soderbergh, que interpreta a uno de los personajes principales de la película y afirma: “Steven explota todos los elementos de sus películas, resultan rápidas y amenas. Para un tema como este, en el que el ritmo de la película refleja la progresión de la infección y cómo todo forma una espiral fuera de control, quieres ver esa sensación de aceleración. Sabe exactamente cómo mantener vivas múltiples amenazas y acabar con cada una de ellas en el momento adecuado. La historia es muy dinámica”.
“No es habitual tener la oportunidad de hacer una película que toque temas que afecten a todo el mundo y sea a la vez una película entretenida de suspense”, afirma Soderbergh. “Cuando Scott y yo hablamos de hacer una película seria sobre una pandemia, pensé que debido a lo que está ocurriendo en el mundo, más todos los adelantos en medicina y tecnología, teníamos que acercarnos lo máximo posible a la realidad”. Admite: “Después de todo lo que hemos investigado, ahora no volveré a pensar igual sobre la forma en la que interactuamos. No te puedes meter de lleno en este mundo, y no cambiar tu percepción después de haber tomado consciencia de ello”.
Esa concienciación, uno de los temas de la película, va aumentando a medida que el virus se extiende.


Lo que hace que Contagio sea tan aterradora, tanto a nivel intelectual como emocional, es que aunque sea ficción, es una película basada en ciencia real y en posibilidades reales, y visto desde el drama que supone para cada persona y para cada relación, que podrían cambiar o perderse para siempre. “Es importante que estos personajes sientan y padezcan como las personas normales y que no sean solo meros expertos médicos o profesionales en el campo”, comenta Kate Winslet, que interpreta a una doctora que trabaja en uno de los primeros focos identificados de la enfermedad. “Accedes al mundo de la epidemia a través de personas”.
Steven siempre pregunta: ‘¿Qué hay de real aquí, qué podría ocurrir y qué dirían?’, porque lo real es a menudo más escalofriante e ingenioso que cualquier cosa que puedas inventar”. Teniendo eso en mente, los cineastas se informaron y documentaron en el centro de prevención y control de enfermedades, y preguntaron a otros expertos en enfermedades contagiosas. Estos han sido los asesores técnicos de la película y al final, Sher llegó a la conclusión: “Creo que la pregunta que plantea Contagio no es si esto puede ocurrir, sino más bien cuándo ocurrirá”. Burns está de acuerdo: “La epidemia de gripe de 1918 causó 50 millones de muertos, la quinta parte de la población en ese momento, y más de la suma total de muertos de la Primera Guerra Mundial. La enfermedad se expandió de forma exponencial. Solamente hacen falta 30 pasos para pasar de uno a mil millones. Teniendo en cuenta el período de incubación, podríamos alcanzar ese número en 120 días”.


Sin embargo, la ciencia y las estadísticas cuentan solamente una parte de la historia. Haciendo un gran esfuerzo por esbozar un cuadro que él califica como “épico en escala y ambición pero también de carácter íntimo”, Soderbergh sigue el progreso de la pandemia desde varios puntos de vista muy personales, a través de vías que avanzan simultáneamente y que interfieren entre sí, pero no necesariamente se cruzan. En este sentido, Contagio no refleja solamente los actos de valor y sacrificio de la gente normal ni de los profesionales que se comprometen a protegerla, sino también las decisiones no tan acertadas tomadas en base a las emociones que es lo que les hace ser quienes son. En el proceso, añade: “Cada personaje afronta un aspecto de su vida al que nunca se habría enfrentado si esta enfermedad no hubiera salido a la luz”.


La ola, Dennis Gansel, 2008


Título original: Die Welle
Dirección: Dennis Gansel
Guión: Dennis Gansel, Peter Thorwarth (Historia: Johnny Dawkins, Ron Birnbach. Idea: William Ron Jones. Novela: Todd Strasser)
Fotografía: Torsten Breuer
Música: Heiko Maile
Producción: Constantin Film Produktion / Rat Pack Filmproduktion / Medienfonds GFP
País: Alemania
Año: 2008
Género: Drama
Duración: 110 min.
Intérpretes: Jürgen Vogel, Frederick Lau, Jennifer Ulrich, Max Riemelt, Christiane Paul, Elyas M'Barek, Jacob Matschenz, Cristina Do Rego, Maximilian Mauff, Maximilian Vollmar, Ferdinand Schmidt-Modrow, Tim Oliver Schultz, Amelie Kiefer, Fabian Preger, Odine Johne


En otoño de 1967 Ron Jones, un profesor de historia de un instituto de Palo Alto en California, no tuvo respuesta para la pregunta de uno de sus alumnos: ¿Cómo es posible que el pueblo alemán alegue ignorancia respecto a la masacre del pueblo judío? En ese momento Jones decidió hacer un experimento con sus alumnos: implantó un régimen de extrema disciplina militar en el aula, restringiéndoles las libertades. El nombre de este movimiento fue The Third Wave. Ante el asombro del profesor, los alumnos se entusiamaron hasta tal punto que a los pocos días empezaron a espiarse unos a otros y a acosar a los que no querían unirse al grupo. Al quinto día Ron Jones se vio obligado a acabar con el experimento antes de que las cosas llegaran demasiado lejos.

El director alemán Dennis Gansel (Napola) ha trasladado esta experiencia a nuestros días y a su tierra natal: Alemania. Esta vez es el profesor quien hace la pregunta a sus alumnos: ¿Creéis que es imposible que otra dictadura vuelva a implantarse en Alemania? Y comienza el experimento… Presentada en Sundance, "Die Welle" fue nº1 en la taquilla alemana. (FILMAFFINITY)


¿Puede el fascismo volver en pleno siglo XXI?

La pregunta no es baladí: los movimientos neonazis en Alemania siguen ahí, aletargados, pero no desaparecidos de la escena pública. En Italia hay loas al régimen fascista de Mussolini incluso desde algunas esferas del poder. En Austria ha habido personajes simpatizantes del régimen nazi al frente de alguna provincia. Y en Francia el movimiento ultra de Le Pen parece haber perdido fuelle, aunque tuvo una influencia no desdeñable en algunas elecciones presidenciales y legislativas.

Pero, ¿puede volver el fascimo a nuestra sociedad actual? ¿Es posible que las masas puedan sentirse fascinadas de nuevo por la parafernalia, la ideología y los uniformes nazis? Puede que la pregunta sea exagerada, pero quizá podamos pararnos un momento a pensarlo. Y eso es lo que ha hecho Dennis Gansel en su opera prima, La Ola (Die welle).


La película se basa en una novela de Todd Strasser, que recogía un hecho sucedido en una escuela estadounidense en 1967. Un profesor con pasado anarquista y okupa, Reiner (Jürgen Vogel), ha de tratar un tema concreto en una especie de asignatura de Educación para la Ciudadanía en un instituto de bachillerato. La Semana de los Proyectos, así se llama la experiencia docente, incluye diversos temas que tratar en clase, entre ellos anarquía y autocracia. Reiner prefiere el tema anarquista (el pasado okupa tira mucho), pero otro profesor, mayor en edad, se lo queda, y Reiner se ve obligado a desarrollar el tema de la autocracia. "¿Qué define la autocracia?", pregunta Reiner a los alumnos. Éstos son renuentes a responder: "ya no se dan las circunstancias para que haya otro Tercer Reich", dicen. Reiner no está muy convencido y decide experimentar en el aula.

Que lo alumnos le llamen "señor Wenger" y se pongan en pie para hablar es un primer paso. Que den patadas en el suelo, casi marciales, para que todos vayan al mismo paso, al unísono, es otro. Que se pongan camisas blancas como uniformes, que pongan nombre al grupo (La Ola), con logo y saludo propios, va entusiasmando a los alumnos, que pensaban que la asignatura sería un rollo. Pero las cosas se van desmadrando poco a poco y sin que Reiner se dé cuenta: junto a las camisas blancas - eco de las camisas negras del fascismo de Mussolini y de las camisas pardas de las SA nazis -, el saludo - como el brazo a la romana fascista -, y el logo - que tapa otros logos y que es pintado en las paredes y los locales por toda la ciudad -, aparecen la exclusión, la violencia, la marginación de quien no forma parte del grupo o de quien critica sus métodos. Reiner vive la experiencia docente, pero esta experiencia ha calado en los alumnos de otra manera, en especial en algunos de ellos: no casualmente los que no tienen una familia a su alrededor (Marco) o cuyos padres "pasan" de su hijo (Tim). Los críticos con La Ola son apartados y excluidos sin piedad, incluso se les prohíbe entrar en algunos espacios del instituto (les pasa a Karo y a Mona). No importa que haya "alemanes" de nueva generación en el grupo (caso de Sinan, el turco), siempre que sean miembros de La Ola serán bien recibidos. Y todo hasta llegar a una situación límite, de la que finalmente es consciente Reiner, que intenta atajar algo que se le ha ido de las manos.


El filme de Gansel plantea una pregunta y unas dudas: ¿es posible un regreso del fascismo? Sin embargo, banaliza las causas de una posible reinstauración, dejando de lado otras que sí son de peso. La vida en el instituto de bachillerato parece ideal, con buenas instalaciones y actividades extraescolares (waterpolo, por ejemplo). Fuera del aula, los alumnos van a fiestas, discotecas, se enamoran, se drogan, se divierten, como cualquier adolescente. ¿Qué podría llevarles a adherirse a un movimiento violento, excluyente, xenófobo y totalitario? Los totalitarismos no aparecen en situaciones de bonanza económica, de paz social o de estabilidad política. El fascismo italiano y el nazismo alemán aparecieron en momentos de crisis política, social y económica; en el caso del nazismo, la crisis económica de los primeros años 30 fue el catalizador de las masas, que apoyaron (no mayoritariamente) a un partido como el NSDAP.

Aunque banaliza las causas, la película apunta con no poca profundidad a otros elementos: la seducción por pertenecer a un grupo exclusivo, especial, único. El hecho de pertenecer a La Ola es lo que marcará, durante a una semana, a algunos alumnos (Tim, sobre todo, el marginado por antonomasia). Llevar camisas blancas crea dinámica de grupo. Un saludo y un logo "molan". No son suficientes, en mi opinión, para crear una dinámica "fascista": Nike hace lo mismo con sus Air Jordan, pero no por ello diríamos que promociona el fascismo. Cargando las tintas en las formas, más que en el contenido de La Ola, es donde la película flaquea. Del mismo modo, Gansel no sale de un desarrollo previsible de la trama, cuyo final se apunta bastante antes de que termine el metraje. En ese sentido, en una estructura algo acartonada, es donde la película flojea.


En cambio, en el desarrollo de La Ola como grupo, de las experiencias de los alumnos, dentro y fuera del aula, incluso de los críticos del mismo, es donde Gansel consigue convencer. Del mismo modo que en American History X o en Battle Royale se apuntaba una crítica a los totalitarismos y el darwinismo social exacerbado, en La Ola Gansel consigue que el espectador reflexione, aunque sea por un momento. El final, la última secuencia, es simplona y ataca donde quizá no debiera, cargando las tintas sobre un personaje en concreto, y dejando a los demás (que son lo que son... y no sigo, ved la película) sin ninguna responsabilidad... siendo justamente lo que son.

En definitiva, una interesante película, muy en boga actualmente con temas como el olvido, la memoria histórica y el lugar de los totalitarismos en la historia y en la educación.

Oscar González (Res Pvblica Restitvta)

viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad en Barcelona


Los experimentos llevados a cabo desde hace algunos días han dado sus frutos y, por fin, he conseguido colgar mi primer video en youtube.

Sirva el mismo para desear a tod@s l@s que lo vean unas muy felices fiestas.

Pina, Wim Wenders, 2011



Título original: Pina
Dirección: Wim Wenders
Guión: Wim Wenders
Fotografía: Hélène Louvart
Música: Thom Hanreich
Producción: Coproducción Alemania-Francia-GB; Zweites Deutsches Fernsehen (ZDF) / Neue Road Movies
País: Alemania
Año: 2011
Género: Documental. Musical
Duración: 100 min.
Intérpretes: Pina Bausch, Regina Advento, Malou Airaudo, Ruth Amarante, Rainer Behr, Andrey Berezin, Damiano Ottavio Bigi, Bénédicte Billet


Homenaje de Wim Wenders en 3-D a la bailarina y coreógrafa alemana Pina Bausch, maestra de la danza, en un documental que recoge principalmente los testimonios de sus colaboradores. (FILMAFFINITY)


Nacida en el contexto de las grandes vanguardias europeas del siglo XX, la danza expresionista, también llamada abstracta, es fundamentalmente la recuperación del movimiento libre, el desarrollo de una relación más dinámica con el espacio, y sobre todo la posibilidad de autoexpresión mediante el cuerpo. Es, en palabras de Pina Bausch, evocación, una ilusoria solución a la imposibilidad de la comunicación.



La película Pina, de Wim Wenders homenajea a la coreógrafa alemana, directora de obras como Tannhäuser, Ifigenia en Taúride, y La Consagración de la Primavera entre otras, pero rehúye los códigos del documental realista. Pina, de Wenders, elogia la figura de una mujer innovadora que reinventó los cánones de la danza clásica para mostrar la realidad y la capacidad del movimiento como transgresión. A finales de los años setenta apareció el concepto de ballet postmoderno, refiriéndose a un conjunto de rupturas, tanto estéticas como expresivas, que Wim Wenders presenta en su película y que potencia gracias a la utilización del 3D: la eliminación de la perspectiva unidimensional en favor de los espacios abiertos, ampliándolos; la revalorización de lo cotidiano y de los lugares comunes; el continuo humano en su expresión más trivial, incluyendo en estos cambios los sonidos ambientales. Y entre ellas, también el abandono de las tablas del teatro clásico por las superficies naturales y urbanas. Todo ello es parte de un estilo que alcanza su máxima expresión con Pina y su compañía, la Tanztheater Wuppertal Pina Bausch.

"Bailad, bailad o estaréis perdidos". La muerte de Pina antes del inicio del rodaje fue un golpe muy duro, pero los bailarines decidieron continuar con la obra de la compañía y con el proyecto de Wenders. Interiorizaron el método de trabajo de Pina Bausch, y con sus respuestas bailadas, con sus coreografías, dieron forma a la película. El principio básico de la filosofía de Pina se encuentra en sus palabras: no estaba tan interesada en cómo se movían sus bailarines, ella quería saber qué los movía. Ese acercamiento a la danza que Wim Wenders califica de "fenomenológico"[1], se trasmite a la perfección en su película, que está impregnada de una nostalgia futurista, del Sehnsucht[2] que caracterizó muchas de las piezas de Pina Bausch.



Los bailarines, que son los verdaderos motores del relato, muestran cómo se implicaban en la construcción de las obras, siguiendo el peculiar método de la directora, presentando sus propios miedos y deseos, poniendo de manifiesto toda su vulnerabilidad. Lo que el documental (o esta fantasía) evidencia, es como toda esa gestualidad de lo cotidiano, ese borboteo de gestos físicos y emocionales, se traducían de la mano de Bausch en composiciones llenas de originalidad, y sobre todo de cruel humanidad. Al trabajar con los miedos, los deseos, y también los complejos, las composiciones y escenas que Wenders nos presenta están henchidos de un desgarro total. De la mano de Pina, el ámbito de lo terrible, toda nuestra humana intimidad, se encarna sobre el escenario. De igual manera que lo plasmaron los expresionistas, como deja traslucir Wenders, la obra de Pina está llena de crueldad e ironía, y también de fragilidad y de una tremenda inseguridad, que siempre acaba materializándose en fuerza.



La película, al igual que las obras de Pina Bausch, no sigue una estructura narrativa lineal, ambas están construidas a partir de capítulos, representados en la película por el discurso-composición de cada uno de los bailarines que formaban el ballet, la intervención de cada uno de ellos se inicia siempre con una no-entrevista, un "retrato silencioso", en la que el bailarín es presentado sobre un fondo oscuro donde es la voz en off la que guía al espectador, para finalmente culminar en imágenes impactantes de la experiencia individual de cada bailarín.

Wim Wenders parece seguir en su filmación el estilo que caracterizó a Pina. Como ella, explora las posibilidades de la danza y del teatro, y traslada las fronteras clásicas de la danza a lugares que antes no se habían experimentado: una montaña, el desierto, una casa de paredes de cristal, una mina. El director hace bailar a la cámara y sumerge al espectador en las sensaciones, valiéndose de las diferentes texturas y materiales que se suceden en el film: el agua, la tierra, el asfalto o la hierba. Pina de Wim Wenders manifiesta esa relación tan especial que inaugura la película: la de la danza y el 3D, dos lenguajes que se complementan y se retroalimentan. Los cuerpos cobran en la pantalla una nueva forma, se abandona lo plano para alcanzar una corporeidad no conocida hasta entonces y una voluptuosidad inusitada.

[1] Palabras extraídas de la entrevista realizada por Violeta Kovacsics a Wim Wenders. Cahiers du Cinema España, Caimán Ediciones, Septiembre 2011. Traducción de Juanma Ruiz.
[2] Término alemán, para el que no existe una traducción precisa, y que es una especie de enfermedad de la nostalgia.

Débora García Sánchez-Marín (El espectador imaginario)

jueves, 22 de diciembre de 2011

Pollo con ciruelas pasas y piñones


Ingredientes (4 personas):
  • 8 muslos de pollo
  • 16 ciruelas pasas (preferiblemente sin hueso)
  • 50 gr. de piñones
  • 1 cebolla
  • 2 dientes de ajo
  • 1 taza pequeña de vino blanco
  • 1 taza de caldo
  • 2 cucharadas de aceite de oliva
  • Sal y pimienta blanca molida

Preparación:
  1. Limpiar y salpimentar los muslos de pollo.
  2. Poner el aceite a calentar en una cazuela plana y sellar los muslos de pollo durante unos minutos a fuego fuerte, dándoles la vuelta de vez en cuando para que se doren por igual por todos los lados.
  3. Incorporar la cebolla y el ajo finamente picados y dejar que la cebolla se ponga transparente.
  4. Añadir el vino y el caldo. Bajar el fuego y tapar la cazuela. Dejar que cueza lentamente durante unos 45 min. hasta que el pollo esté hecho.
  5. A media cocción añadir las ciruelas y los piñones.

Barry Lyndon, Stanley Kubrick, 1975


Título original: Barry Lyndon
Dirección: Stanley Kubrick
Guión: Stanley Kubrick (Novela: William Thackeray)
Fotografía: John Alcott
Música: Leonard Rosenman
Producción: Warner Bros / Hawk Films
País: Reino Unido
Año: 1975
Género: Drama
Duración: 183 min.
Intérpretes: Ryan O'Neal, Marisa Berenson, Patrick Magee, Hardy Kruger, Steven Berkoff, Gay Hamilton, Mary Kean, Diana Loerner, Murray Melvin, Frank Middlemass, André Morell, Arthur O'Sullivan, Godfrey Quigley, Leonard Rossiter, Philip Stone. Leon Vitali


Siglo XVIII. El joven Redmond Barry, huérfano de padre, se ha enamorado de su prima, a la que también pretende el Capitán John Quin. El asunto se resuelve por medio de un duelo, del que Redmond resulta vencedor. A continuación se va a Dublín y decide alistarse en el ejército inglés, donde empieza a desarrollar sus extraordinarias habilidades para sobrevivir. Estando en Alemania, se le presenta la posibilidad de desertar, pero es capturado por el Capitán Potzdorf, un oficial prusiano que le ofrece la posibilidad de unirse a sus tropas o ser colgado por desertor. Una vez en el ejército prusiano, tiene la fortuna de salvarle la vida a Potzdorf, lo que le abre las puertas del servicio secreto prusiano. (FILMAFFINITY)




Oda al deleite estético
En medio de un cine cada vez más preocupado de la acción, y la indisciplina de lenguaje e interpretación, Barry Lyndon se desplazaba hacia el ritmo más pausado de otra época, en la cual los apetitos y ansias animales doblaban sus músculos contra las constricciones de una sociedad ordenada. (…) Si hay alguna película que refleje la visión de Kubrick de un mundo bajo el control racional, es sin duda Barry Lyndon. (1).

Stanley Kubrick pasará a la historia del cine por ser uno de los directores más polifacéticos aunque menos prolíficos que el ya no tan joven medio nos ha dado. Esta poca proliferación, pese a constituir un signo de preocupación para él mismo, es simplemente un reflejo de la obstinación y el perfeccionismo que envolvía todo lo que el director emprendía. De todos es conocido su carácter excesivamente meticuloso y controlador de cada uno de los aspectos que incumbían a sus filmes, de manera especial de todos aquellos que constituían la parte técnica de elaboración. Kubrick llegó a controlar (a partir de Senderos de Gloria/Paths of Glory, 1957) todas las etapas de elaboración de sus películas, desde la idea hasta la exhibición en cines y en televisión, llegando ejercer su poder de decisión sobre las condiciones en las que se proyectaban las películas en las salas de diversos países. Era éste un privilegio del que han gozado muy pocos en la complicada industria hollywoodiense, y por ello Kubrick ha sido siempre considerado como un auteur en toda regla, pues no hay un solo detalle en sus películas que escape a su revisión y control. La confianza absoluta que la Warner depositó en las obras del realizador, y la que también le había profesado anteriormente la MGM, sólo es explicable por el alto nivel de rentabilidad de sus filmes, acompañado éste por una calidad inigualable. Ambas cualidades, sobretodo la primera, permitían que los directivos de ambas compañías se armasen de paciencia ante el perfeccionismo del director, ante sus excesos con el presupuesto y ante las durísimas condiciones a las que sometía a todo el equipo de producción durante los rodajes, con la seguridad de que el producto que provocaba el riesgo era sin lugar a dudas una obra de arte. Y así ocurrió con Barry Lyndon, aunque supuso en este caso el único fracaso en cuanto a recaudación se refiere en la carrera del director.


Barry Lyndon está basada en una novela escrita en 1844 por William M. Tackeray, Memorias y aventuras de Barry Lyndon. La novela narraba en forma de falsa autobiografía el ascenso y caída de un héroe -en este caso se trataba de un anti-héroe-, Redmond Barry, un hijo de campesinos que cree descender de una de las familias más nobles de Irlanda. Barry vive con la obstinación de conseguir por todos los medios acceder al grado social que según él le corresponde, y para ello no duda en utilizar todos los métodos puestos a su alcance. Después de participar en la guerra de los Siete Años, yendo de ejército en ejército tras deserciones frustradas, y habiendo conseguido los contactos adecuados, Barry decide entonces conquistar a una riquísima heredera de la corte de Jorge III, la condesa de Lyndon. Una vez conquistado su objetivo, Barry, ahora llamado Lyndon, sigue con sus corruptas costumbres, haciendo desgraciada a la pobre condesa y pretendiendo, esta vez aconsejado por su madre, obtener un título nobiliario propio. Pero las cosas no saldrán como él pretende, y tras diversas desventuras, Barry irá cayendo en desgracia, originada ésta su repudio por parte de los cortesanos y la nobleza a la que él tanto veneraba, y que finaliza con el hundimiento definitivo en la miseria, tras ser expulsado de su casa y de la vida que él tanto anhelaba.

En la novela de Tackeray, el personaje de Lyndon es mucho más frío y despiadado que en el film de Kubrick, aunque subyace también el él un cierto espíritu benevolente que impide que el rechazo del lector hacia él sea total. El tono humorístico en algunas escenas de la película y también del libro, pese a acompañar la idea de que Lyndon es un tirano, consigue que sintamos cierto grado de empatía hacia el personaje. En la novela, Lyndon narra la historia en primera persona, hecho siempre muy difícil de adaptar y que hizo optar a Kubrick por la utilización de una voz en off impersonal, no identificada con el personaje de Lyndon, sino con un narrador extradiegético. Esta voz en off provoca distanciamiento hacia el espectador, convirtiéndole en un mero voyeur de los hechos mostrados, pues anticipa a menudo los acontecimientos.


Para el papel de Lyndon, Kubrick eligió a Ryan O’Neal, muy conocido por entonces por sus comedias como ¿Qué me pasa doctor? (What's Up, Doc?, 1972. Peter Bogdanovich) o por el dramón que lo hizo saltar a la fama Love Story (id, 1970. Arthur Hiller). Con el que es sin duda el mejor personaje en toda su carrera interpretativa, O’Neal consigue un Barry Lyndon mucho más angelical que su homónimo literario, pero de quien igualmente se adivina un oscuro trasfondo que lo puede convertir en un ser odioso, cruel y despiadado. La curva dramática del personaje es menos lineal que en libro, ya que en éste Lyndon es siempre un fanFarréón y un oportunista. En la película, existen claramente dos personajes dentro de uno mismo: el cobarde pero aparentemente inocente Redmond Barry, capaz de enamorarse perdidamente y de inspirar cierta compasión e incluso ternura, y el sofisticado Barry Lyndon, personaje sin escrúpulos a quien nada ni nadie le importa realmente (tan sólo su hijo) en su camino a conseguir la más alta posición social. Kubrick supo dirigir a la perfección a O’Neal, y extraer de él todo cuanto el personaje requería. Como ejemplo a esto, sólo hay que citar la escena del carruaje, en la que tras conseguir casarse con la Condesa de Lyndon Barry deja traslucir su despiadado fondo tirando el humo de su pipa a la cara de su supuesta amada esposa, en clara burla hacia ella. Suerte que finalmente no fuera Robert Redford quien interpretase a Lyndon, pues pese a ser un actor excelente, no hubiera conseguido el grado de inocencia que Ryan O’Neal aparenta, básico para construir la dualidad de este personaje, pese a que fuera criticado por falta de fuerza interpretativa.


Junto a O’Neal, Marisa Berenson fue la Condesa de Lyndon. Esta lánguida e inexpresiva actriz no se parece mucho a la sufridora e histérica Condesa de la novela. A la Berenson le falta garra para interpretar a su personaje, pues deambula por la escena sin conseguir demostrar apenas el enorme sufrimiento y sobre todo, la angustia que Barry le provoca. No obstante, Berenson resulta muy adecuada a la estética del film, y su belleza pausada y melancólica está muy en consonancia con las damas de las pinturas de la época, cuyos cuadros aparecen como telón de fondo en las estancias de los palacios. El resto de personajes actúan como apoyo, y no es de destacar ninguno de ellos, a excepción quizás de Leon Vitalli, quien resulta excesivo e incluso paródico en muchos momentos en su personaje de Lord Bullingdon.


Kubrick dedicó muchos esfuerzos en la elaboración de este film. Construida como un enorme tableau vivant, la película no tiene absolutamente ningún plano que no esté perfectamente estudiado y compuesto. Está claro que los excelentes colaboradores de Kubrick contribuyeron al grado de belleza y perfección visual que demuestra la película, pero detrás de todo es indiscutible la huella dejada por el perfeccionista Kubrick. No hay que olvidar que Barry Lyndon fue de hecho el resultado de materializar toda la información adquirida en la preparación de uno de los que serían sus proyectos frustrados, la malograda versión de Napoleón que Kubrick nunca llegó a realizar y para la que había empleado un enorme esfuerzo de documentación previa sobre la época post-revolucionaria. Para el diseño de producción, uno de los Óscars que conseguiría el film (2), Ken Adam tuvo que batallar con los caprichos de Kubrick, quien exigía una fidelidad de localizaciones exacta para la época. La película fue rodada en castillos del siglo XVIII, lo que complicó enormemente la iluminación, que además Kubrick exigió que fuese lo más natural posible. John Alcott, el director de fotografía, se las vio y se las compuso para iluminar a la luz de las velas, cosa imposible de no ser por una iluminación auxiliar invisible y sobre todo por la utilización de una lente Zeiss que consiguió Kubrick directamente de la NASA. Esta lente permitía una abertura de diafragma enorme, lo que posibilitaba trabajar en condiciones de iluminación escasas. La consecuencia negativa fue la escasa profundidad de campo que se conseguía, hecho que limitaba el movimiento de los actores. Pero este hieratismo ya le iba bien a Kubrick, quien tomando como referente las pinturas de ingleses de la época, como Gainsborough o Romney quería retratar una sociedad pausada y aburrida, por lo que el ritmo y las composiciones no podían ser de otro modo. Es curioso que ante tanto naturalismo Kubrick utilizase uno de los elementos de lenguaje audiovisual más rechazados por el cine, el zoom, por la deformación de la perspectiva que provoca y el aplanamiento de la imagen. No obstante, como dice Scorsese (3), este aplanamiento no hace más que recordar de nuevo la bidimensionalidad de las representaciones pictóricas, y ciertamente la utilización escasa de planos cortos, el vestuario directamente imitado de las pinturas, la iluminación empleada y hasta las “poses” de los actores (qué bello es el plano de Barry ebrio junto a unas prostitutas, como si estuviese posando ante un pintor para la representación de una imagen mitológica de Baco), hacen que Barry Lyndon sea un ejemplo genial del cine llevado a la máxima expresión artística. Como siempre en Kubrick, la importancia del travelling es muy destacada, como en las escenas de batalla o en la irrupción de Lord Bullingdon en el palacio de los Lyndon para enfrentarse a su horrible padrastro.


La representación pictórica está acompañada asimismo por una teatralidad acusada de las interpretaciones. Existe en el film una bellísima coreografía interpretativa estudiada hasta el mínimo detalle. Las escenas de guerra son un claro ejemplo de ello, y desde luego, el concepto de teatralidad dieciochesca es enfatizado en la escena de la partida de cartas, en la que Lyndon/Berenson bordan una interpretación que no necesita de palabras, tan sólo de miradas, y en la que el resto de personajes, con sus maquillajes y pelucas, actúan como si de marionetas se tratase, asistiendo a la partida como tétricas figuras fantasmales. La escena siguiente, en la que los protagonistas se besan sin mediar aún palabra, podría ser directamente extraída de cualquier representación teatral, y hasta la terraza del castillo se presta a ello.

Como contrapunto a esta plasmación fidedigna de la estética del XVIII, las escenas violentas, las luchas cuerpo a cuerpo entre Barry y un soldado de las tropas (como si de un ring se tratase, no podemos dejar de pensar en El beso del asesino/Killer's Kiss, 1955), o entre él y Lord Bullingdon, son filmadas, -como solía hacer Kubrick en la mayor parte de sus filmes- , con un ritmo externo vertiginoso y planos muy cortos que aún acrecientan más la sensación de violencia y brusquedad en los movimientos. La cámara al hombro enfatiza por sí sola esta inestabilidad, que contrasta elevadamente con el ritmo desesperadamente pausado del resto de la película. Es el orden versus el caos, la elegancia y compostura frente a la brutalidad y los bajos instintos del ser humano. Los duelos, no obstante, responden a una idea de caballerosidad, y no al salvajismo de una lucha cuerpo a cuerpo, y por tanto son rodados con un ritmo lento y acompañados de la música de Sarabande de Haëndel, agobiante por su repetición larga y constante. Shubert, Mozart o Bach son otros de los músicos elegidos por Leonard Rosenman para ilustrar las escenas ambientadas en esta época. Como ya ocurrió con 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odissey, 1968), Kubrick prefirió la utilización de música clásica reconocida, siendo en los dos casos digno de recordarse como dos de las bandas sonoras cinematográficas más bellas y acertadas que ha adaptado el cine.


Kubrick nunca destacó por ser un gran adaptador de guiones. Preocupado más por el estilo visual y sonoro de sus filmes, Kubrick rodaba las secuencias sin haber desarrollado un adecuado trabajo previo de escritura. Así, el guión lo iba configurando poco a poco, dando rienda suelta para ello a la participación de actores o colaboradores, con lo que en algunos casos los guiones de sus filmes llegan a pecar de falta de impulso narrativo. Pese a ser nominada a la categoría de guión adaptado, Barry Lyndon, al igual que 2001, desarrolla un ritmo muy pausado y en muchas ocasiones ciertamente tedioso. Pese a la justificación en el caso de Barry Lyndon de que Kubrick intentaba con ello recrear un siglo y una sociedad lentos y “aburridos”, este elemento se hace para muchos excesivo en muchos momentos del film, aunque el goce estético de cada uno de los detalles audiovisuales compense de largo esta linealidad narrativa.


Pese a estos detalles relativos al guión, se puede afirmar sin caer en el error que Kubrick consiguió con Barry Lyndon una obra maestra. Presente en cualquier resumen sobre la historia del cine, la película es uno de los mejores ejemplos de lo que un realizador con talento puede llevar a cabo si la libertad de creación se lo permite. Barry Lyndon se rodó a lo largo de dos años, y pese a tener un exceso de presupuesto de once millones de dólares, no recuperó ni de largo en su recaudación tan enorme gasto. Pero esto, aunque constituyó para Kubrick una enorme decepción, no provocó afortunadamente que se le retirase el apoyo económico necesario en la realización de sus obras, y aún tendrían que llegar otras excelentes películas que demostrasen que Kubrick fue y siempre será uno de los mejores realizadores de la historia del cine.

(1) BAXTER, John, Stanley Kubrick, T&B editores, Madrid, 1999.
(2) Stanley Kubrick nunca recibió el Óscar a mejor director (qué cosas tiene la “Academia”, no?). Barry Lyndon obtuvo en 1975 cuatro de las estatuillas: mejor fotografía, diseño de producción, adaptación musical y vestuario.
(3) El zoom o travelling óptico, considerado siempre como un elemento televisivo, siempre ha sido tachado de poco apropiado para el lenguaje fílmico, aunque Kubrick logró con su utilización otorgarle la importancia expresiva que puede tener, y este hecho no ha escapado a muchos de los directores actuales. Martin Scorsese, uno de los mejores directores del cine actual, reconoce como claro referente en su obra a Kubrick, y venera especialmente este filme por su belleza visual. Ver al respecto el documental Una vida en imágenes (Stanley Kubrick: A Life in Pictures, 2001. Jan Harlan) sobre Kubrick.

Susanna Farré (Miradas de Cine)