miércoles, 11 de enero de 2012

Pato con higos



Ingredientes:

  • 4 muslos de pato
  • 4 cucharadas de mermelada de higos
  • 2 vasos de vino moscatel
  • 16 higos secos
  • 4 cucharadas de aceite de oliva
  • sal, pimienta negra
  • 1 cucharada de maicena (para espesar la salsa)


Preparación:

  1. Poner el vino y la mermelada en un cazo a calentar, removiendo de vez en cuando hasta conseguir una mezcla homogénea.
  2. Salpimentar los muslos de pato. Poner el aceite a calentar en una cazuela y dorar los muslos por ambos lados.
  3. Retirar la grasa que haya quedado en la cazuela donde se han dorado los muslos y sustituirla por la mezcla de vino y mermelada que tenemos en el cazo.
  4. Cocer a fuego lento durante 1,5 h. aproximadamente, dándoles vuelta de vez en cuando y rociándolos con la salsa. A media cocción añadir los higos secos después de haberles quitado los pedúnculos.
  5. En el último momento si la salsa quedara demasiado líquida, añadirle un poco de maicena diluida en agua.
  6. Servir acompañado de un puré de manzanas ácidas.

La conspiración, Robert Redford, 2010


Título original: The Conspirator
Dirección: Robert Redford
Guión: James D. Solomon,  Gregory Bernstein
Fotografía: Newton Thomas Sigel
Música: Mark Isham
Producción: The American Film Company / Wildwood Enterprises
País: Estados Unidos
Año: 2010
Género: Drama
Duración: 122 min.
Intérpretes: James McAvoy como Frederick Aiken, Robin Wright como Mary Surratt, Kevin Kline como Edwin Stanton, Evan Rachel Wood como Anna Surratt, Danny Huston como Joseph Holt, Justin Long como Nicholas Baker, Tom Wilkinson como Reverdy Johnson, Alexis Bledel como Sarah Weston, Johnny Simmons como John Surratt, Norman Reedus como Lewis Payne, Jonathan Groff como Louis Weichmann, James Badge Dale como William Hamilton, Toby Kebbell como John Wilkes Booth, Stephen Root como John Lloyd, Colm Meaney como David Hunter.


En 1865, tras el asesinato de Abraham Lincoln, ocho personas son detenidas y acusadas de conspirar para matar al presidente, al vicepresidente y al secretario de Estado. Entre ellas está Mary Surratt (Robyn Wright), la dueña de una pensión, donde John Wilkes Booth (Toby Kebbell), el autor material del magnicidio, y sus cómplices se reunieron y planearon el atentado. Mientras el resentimiento contra el Sur domina a las autoridades de Washington, el joven abogado Frederick Aiken (James MacAvoy), héroe de guerra unionista, se ve obligado a defender a Surrat ante un tribunal militar. Sin embargo, muy pronto empieza a sospechar que su defendida podría estar siendo utilizada como señuelo y rehén para capturar a su hijo John (Johnny Simmons). Con el país entero en contra de Surratt, Aiken es el único que se encuentra en condiciones de averiguar la verdad y salvarle la vida. (FILMAFFINIY)


Vale, veamos cómo lo montamos para que no se desestime la lectura de este texto desde ya. Robert Redford, otrora guapo guapísimo del cine, vuelve a la carga colocándose detrás de la cámara, para adaptar la historia del juicio a la señora Mary E. Surratt, madre de uno de los asesinos del presidente Abraham Lincoln. ¿Queda alguien? La película dura dos horas bien cargadas, y toda la acción posible, residente en la caza y captura de los conspiradores y/o asesinos, se ventila en apenas un minuto y algo. La conspiración no quiere saber nada de eso; quiere ir de seria y por eso centra la práctica totalidad de sus esfuerzos en el juicio en sí. Oh, y esa buscada seriedad ha colado con más de uno, que ahí están James McAvoy, Robin Wright, Kevin Kline, Justin Lin, Evan Rachel Wood y tantos otros, entre quienes se podrá reconocer (pese a sus pelucas y vello facial postizo) a actores de series punteras de la HBO y la AMC. Pero alto ahí, que seguro que alguien ya empieza a olerse la tostada: no, no me atrevo a decir que estemos ante una mala película, ni mucho menos. Pero sí creo que podría haber sido resuelta infinitamente mejor, por lo que final, la decepción no me la quita nadie.
Del lado positivo, toca señalar que estamos ante una película más que eficiente en la mayoría de sus aspectos. Por encima de todo, destacan las interpretaciones, por lo general contenidas y creíbles. Y nadie puede poner en duda su factura técnica, salvo quizás por un maquillaje que en ocasiones roza lo ridículo. Del mismo modo, el habitual savoir-faire del Redford queda reflejado aquí con una película de corte elegante y sobrio, que además salvo en puntuales ocasiones (ese prólogo innecesario) bien podría haber sido una obra teatral, con las dificultades que ello conlleva. Parabienes de rigor expuestos con religiosidad, toca pasar ahora a la verdadera enjundia del asunto, el "algo más" que justifica a día de hoy una revisión de semejantes hechos históricos. Es de esperar que un cineasta dispuesto a tirar de pasado, lo haga bien por un afán documentalista, bien porque crea que el discurso que vaya a exponer sea perfectamente extrapolable a la actualidad. Y lo segundo es lo que hace La conspiración, que consigue poner en entredicho no tanto la eficacia del sistema judiciario de entonces, sino el de hoy en día al constatar que en casi 150 años apenas se han mejorado algunas de sus más importantes lagunas.


Ahora bien, todo lo que tiene de bueno en su esencia, apunto está de perderlo (para un servidor se pierde totalmente, pero concedámosle cierto margen de error) en su puesta en práctica. Si bien ciertas temáticas aún pueden mantenerse a día de hoy, desde lo que no se puede hacer es retomar un estilo de película agotado hace años, puesto que así sólo se confunde lo histórico con lo que ya es historia. Y por ahí cojea el film de Redford. Un film que por mucho que se disfrace de otras cosas y épocas, a la postre no es más que la típica sucesión de clichés de un thriller judiciario de principios de los 90, año arriba, año abajo. Desde el abogado joven que acepta un caso en el que ni él mismo cree al principio, a los problemas con la vida social (aka novieta) que acarrea el meterse demasiado en él. Aunque en general, es toda la evolución de la cinta; hasta a los flashback es capaz de recurrir, con resultados francamente pobres. La sucesión de lugares comunes es tan burda, que de no ser porque afortunadamente, la historia en sí obliga a poner un final ligeramente distinto al esperado, uno podría haberse aventurado a acertar desde el primer minuto cómo iba a acabar absolutamente todo.


Lo decía antes y lo mantengo ahora: La conspiración no es una mala película, puesto que el solo hecho de tener un mensaje tan claro la hace tener una razón de ser. Pero más allá de eso, a un servidor le cuesta entender cómo es posible que a día de hoy aún haya quien conciba un tipo de cine así, tan rancio, tan pasado de moda. Y es que no nos engañemos, si lo último de Redford se estrena en pantalla grande lo hace únicamente por dos motivos. El primero es el nombre del propio Redford, así como del resto de implicados. Y el segundo, porque van ataviados con ropa de época, y eso siempre sube el caché de una producción. De lo contrario, ni de lejos hubiéramos sabido de ella más que reconvertida a película de sobremesa de domingo por la tarde.
6/10
Por Carlos Giacomelli (La Casa de los Horrores)


viernes, 30 de diciembre de 2011

Johann Pachelbel - Canon en Re mayor

Un lugar donde quedarse, Sam Mendes, 2009


Título original: Away We Go
Dirección: Sam Mendes
Guión: Dave Eggers, Vendela Vida
Fotografía: Ellen Kuras
Música: Alex Murdock
Producción: Coproducción USA-GB; Focus Features / Big Beach Films / ESP / Neal Street Productions
País: Estados Unidos
Año: 2009
Género: Comedia. Drama
Duración: 98 min.
Intérpretes: John Krasinski como Burt Farlander, Maya Rudolph como Verona De Tessant, Carmen Ejogo como Grace De Tessant, Catherine O'Hara como Gloria Farlander, Jeff Daniels como Jerry Farlander, Allison Janney como Lily, Jim Gaffigan como Lowell, Samantha Pryor como Ashley, Conor Carroll como Taylor, Maggie Gyllenhaal como LN Fisher-Herrin, Josh Hamilton como Roderick Herrin, Bailey Harkins como Wolfie, Chris Messina como Tom Garnett, Melanie Lynskey como Munch Garnett, Colton Parsons como James, Katherine Vaskevich como Katya, Jerome Stephens Jr. como Ibrahim (as Jerome Walter Stephens), Brianna Eunmi Kim como Cammie, Paul Schneider como Courtney Farlander


Una joven pareja que espera su primer hijo recorre Estados Unidos buscando el lugar ideal para quedarse y crear una familia. Cuando Burt (John Krasinski) y Verona (Maya Rudolph) se enteran de que van a tener un niño, sufren una crisis de pánico: no soportan el lugar donde viven, pero es que, además, como los padres de Burt están a punto de mudarse, no podrían contar con su ayuda. Así las cosas, deciden emprender un viaje en busca de un lugar para echar raíces y criar un niño. De paso, visitan a una serie de parientes y amigos muy heterogéneos, pero todos les ayudarán a encontrar su destino. (FILMAFFINITY)


“Away We Go” es el título que recibe la nueva película de Sam Mendes (tras un “Revolutionary Road” injustamente olvidado el año pasado), director que alcanzó un estatus casi divino desde su debut (“American Beauty”) pero que ahora parece haberse convertido en el foco de toda la ira que albergan los mismos que, curiosamente, en su día lo bañaron en oro. Quizás para evitar un nuevo e hiperbolizado acoso crítico, Mendes reaparece ahora disfrazado de cineasta indie, y con un guión firmado por Dave Eggers (escritor de la novela en que se basa “Donde Habitan los Monstruos”) y su mujer Vendela Vida, presenta uno fabuloso viaje por varios rincones de Norteamérica por parte de una pareja en busca de hogar.

John Krasinski y Maya Rudolph encarnan a dos futuros padres (Burt y Verona) descontentos con su vida actual. Su casa es terrible, sus respectivos trabajos decepcionantes, su coche ronronea y prácticamente nada les une a su ciudad. Por eso mismo, al quedarse embarazados, deciden dar un cambio radical a su vida conjunta, y emprenden un recorrido por diferentes ciudades a fin de encontrar, definitivamente, el mejor hogar para su creciente familia. Por el camino, huelga decirlo, personajes y situaciones de todo tipo irán provocando variaciones en sus intenciones y recorrido geográfico.


Seguramente, “Un Lugar Donde Quedarse” (su título español se suma a la carrera por la peor traducción de la historia) no sea una película perfecta. Su argumento no pasará a la historia por su originalidad, y menos aun sus distintas situaciones o la evolución personal de los dos protagonistas.

Además, lo que hasta hace poco podría haberse considerado como un acierto, el empeño por mantenerse dentro de los cánones del cine independiente a todos sus niveles, hoy en día supone más bien una lacra, al significar una importante pérdida de personalidad emergente de su corrección formal y artística.


Analicemos: buenos actores aunque muy alejados de la condición de estrellas, limitación presupuestaria visible en el tono intimista y en ocasiones casi dogmático de un director que buscaría convertirse en el último protagonista (siendo éste un claro recurso para obtener todo lo contrario), y banda sonora tan excelente como impersonal, con temas que podrían haber salido directamente del tracklist de “Juno”, “Como la Vida Misma”, “Lars y Una Chica de Verdad”, etcétera. Todo ello lo hemos visto u oído en demasiadas últimamente, siendo una fórmula que comienza a dar alarmantes muestras de agotamiento.

Sirva todo ello para situar en su justa medida las expectativas que podría albergar el nuevo trabajo de Mendes, para evitar exageradas exaltaciones y decir, desde ya, que esta tampoco es la nueva obra maestra del británico director.


Definidos los limites, toca ahora justificar la elevada puntuación que con que concluye la reseña, y es que pese a sus adversidades, “Away We Go” es una gran película.

Partiendo por unos personajes quizás excesivamente aJunoados pero aun así sorprendentemente adorables, el objetivo final de Mendes y compañía no es más que una llamada a la esperanza, un foco de radiante luz en un mundo últimamente sumido en la más densa opacidad. Ciertamente, un haz de positividad general suele ser propuesta recurrente en el cine indie, pero cada vez resulta más complicado encontrarla expresada de manera tan sutil, entrañable y emotiva como ocurre en esta ocasión.

Para ello, todo en su guión se presenta exageradamente agrandado, como si de un mundo onírico a caballo entre el cuento de hadas y la pesadilla más lúgubre se tratara, buscando esclarecer de manera radical bien y mal, positivo y negativo.


Así, a la pareja protagonista, balsa de aceite perspicaz, inteligente y culta, se contraponen los diversos secundarios que pueblan su viaje, demoníacos personajes atormentados por fantasmas del pasado, desilusiones del presente y poco esperanzadores futuros. Vemos a los padres de Burt, egoístas hasta decir basta; a los diversos contactos que la pareja conserva en las respectivas ciudades que visitan, movidos por dudosos ideales, odios ocultos hacia su familia o traumas variopintos; o a los hermanos de cada uno, asolados por desgracias e inseguridades. Por cierto, geniales todos ellos, desde los futuros abuelos interpretados por Jeff Daniels y Catherine O'Hara a la desquiciante Maggie Gyllenhaal.

Todo ello se nos presenta en forma de quiméricos capítulos (uno por cada ciudad que se visita) cuyo nivel de excentricidad a la hora de describir personajes desciende al ritmo en que se acrecienta el esmero por infundir en el espectador los más vívidos sentimientos, conforme se descubre la verdadera y frágil identidad de cada uno (escondida tras tan aparatosos disfraces) y se simpatiza con la lucha que los protagonistas llevan a cabo por sobrevivir en tan entristecido universo.


Una última pega debe destaparse a este aspecto, pues de todos ellos, curiosamente el último mini-episodio se convierte en el más apático de todos, significando cierto impedimento rítmico rápidamente solventado por el previsible aunque no por ello menos sensible epílogo.

Haciendo cuentas, lo que queda tras ver "Away We Go" es una gratísima sensación de alegría y positividad, de ensanchamiento del alma y ternura exacerbada. Poco importa que el recurso de alterar la realidad e hiperbolizar acontecimientos y descripciones pueda ser un recurso fácil: que a día de hoy una película sea capaz de transmitir tantos y tan intensos sentimientos, bien merece nuestra atención y gratitud. Aunque quizás todo ello se deba simplemente a lo adorable que resulta John Krasinski y lo mucho que veneramos por aquí al actor de "The Office".

Carlos Giacomelli (La Casa de los Horrores)


jueves, 29 de diciembre de 2011

Plácido, Luis García Berlanga, 1961


Título original: Plácido
Dirección: Luis García Berlanga
Guión: Rafael Azcona, Luis García Berlanga, José Luis Colina, José Luis Font
Fotografía: Francisco Sempere (B&W)
Música: Miguel Asins Arbó
Producción: Jet Films
País: España
Año: 1961
Género: Comedia
Duración: 85 min.
Intérpretes: Cassen como Plácido Alonso, José Luis López Vázquez como Gabino Quintanilla, Elvira Quintillá como Emilia, Amelia de la Torre (como Doña Encarna de Galán), Julia Caba Alba como Concheta, Amparo Soler Leal (como Marilú Martínez), Manuel Alexandre (como Julián Alonso), Mari Carmen Yepes (como Martita), Agustín González (como Álvaro Gil), Luis Ciges (como pobre en casa de los Helguera), Antonio Ferrandis (como Ramiro).


En una pequeña ciudad de provincias, unas señoras se inventan la campaña navideña "cene con un pobre", para que los más necesitados disfruten por una noche del calor y el afecto que no tienen, sentados a la mesa de las familias pudientes. En medio de los preparativos se encuentra Plácido, que es contratado para participar con su motocarro en la cabalgata, pero hay un pequeño detalle que le impide dedicarse únicamente a su tarea: ese mismo día de Nochebuena le vence la primera letra del motocarro, su único medio de vida.


Retrato inmisericorde de la sociedad española

Clásico inmarchitable del cine español de todos los tiempos “Plácido” es unas de las obras maestras indiscutibles y fundamentales de la filmografía de Luis García Berlanga. Rodada en el momento cumbre de su creatividad, en un periodo oscuro donde la feroz censura del régimen franquista agudizaba el ingenio y la imaginación de los guionistas “Plácido” se transforma, siguiendo el hilo conductor de un alambicado, pérfido y malévolo guión del propio Berlanga y Rafael Azcona y bajo la afilada dirección de un Berlanga -lejos de la ternura que destilaba su mirada en anteriores trabajos- en una falsa comedia coral y en una amarga, pesimista y cruel reflexión sobre la sociedad española de la época.



Deudora en parte del neorrealismo tardío, tanto en la forma como en el fondo, “Plácido” es al mismo tiempo una visión vitriólica de la realidad y un retrato despiadado e inmisericorde de la España de la pandereta, profunda, negra y reaccionaria que desgraciadamente sigue vigente en amplios sectores de la sociedad española actual. Con “Plácido” Berlanga disecciona y hace pedazos -con su habitual lucidez- a una sociedad hipócrita, mezquina y provinciana de doble moral donde lo más importante son las falsas apariencias, que predica la caridad pero que no la practica, a la que le molesta la pobreza pero que no hace nada por erradicarla y que necesita poner en marcha una cruel farsa, en forma de campaña navideña, bajo el lema “siente un pobre a su mesa” para lavar sus conciencias.




Con un reparto irrepetible de grandes actores en estado de gracia, donde seria injusto destacar a nadie, Berlanga se mueve como pez en el agua en ese cine coral tan querido por el y en el que ha sido maestro y referencia absoluta. Trufada de secuencias memorables, no por esperpénticas y surrealistas menos dramáticas, son especialmente inolvidables la que se desarrolla en los lavabos públicos y sobre todo la larga, genial y milimétrica secuencia -de una sátira mordaz demoledora- en la que el repentino empeoramiento del estado de salud de uno de los pobres, gravemente enfermo, desencadena una situación cómico-patética que pone en evidencia todas las miserias de esa sociedad amoral. Obra maestra de imprescindible visionado.

Francesc Chico Jaimejua.(filmaffinity)



Más información Miradas de Cine



miércoles, 28 de diciembre de 2011

Pablo Neruda - Si tú me olvidas

QUIERO que sepas
una cosa.

Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.

Si de pronto
me olvidas
no me busques,
que ya te habré olvidado.

Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.

Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.

In Time, Andrew Niccol, 2011



Título original: In Time
Dirección: Andrew Niccol
Guión: Andrew Niccol
Fotografía: Roger Deakins
Música: Craig Armstrong
Producción: Regency Enterprises, New Regency Pictures, Strike Entertainment
País: Estados Unidos
Año: 2011
Género: Ciencia ficción. Acción. Thriller
Intérpretes: Justin Timberlake como Will Salas, Amanda Seyfried como Sylvia Weis, Vincent Kartheiser como Philippe Weis, Cillian Murphy como Raymond Leon, Johnny Galecki como Borel, Olivia Wilde como Rachel Salas, Alex Pettyfer como Fortis, Matt Bomer como Henry Hamilton, Rachel Roberts como Carrera, Yaya DaCosta como Greta


Ambientada en una sociedad futura. El hallazgo de una fórmula contra el envejecimiento trae consigo no sólo superpoblación, sino también la transformación del tiempo en moneda de cambio que permite sufragar tanto lujos como necesidades. Los ricos pueden vivir para siempre, pero los demás tendrán que negociar cada minuto de vida, y los pobres mueren jóvenes. Después de conseguir, por casualidad, una inmensa cantidad de tiempo Will Salas (Justin Timberlake), un joven obrero, será perseguido por unos policías corruptos conocidos como "los guardianes del tiempo". En su huida Will tomará una rehén (Amanda Seyfried), una joven de una familia adinerada. (FILMAFFINITY)


Hecho uno. En un mundo donde todo, idea arriba idea abajo, parece estar inventado, la audacia del narrador visionario colinda -ya se sabe- mediante una finísima línea con el más absoluto ridículo. Y es que insensatas empresas se han visto durante el tiempo que dista entre que el hombre empezó a fabular y hoy mismo en ese terreno en el que el éxito cesarino y el fracaso más perruno -primos cercanos- mantienen relaciones incestuosas de las que puede brotar, como un repollo, un precioso niño de mirada clara enfocada hacia el futuro o bien un indeseado monstruete de ojos estrábicos y varios dientes de menos. Vamos, que hay que estar muy loco o ser muy macho (metáfora, nada que ver con la genitalia) para encarar un Relato de Sociedad Distópica y Demás.
Hecho dos. El Relato de Sociedad Distópica y Demás siempre se trae consigo un fardo de implicaciones, quiero creer, de lactosa bien agriada –ayogurada a consciencia- y connotaciones sociales que quieren dar (si acaso de manera algo paradójica) explicaciones a la parte más miseroide de nuestra ya de por sí miserable realidad. Relatos de futuro, sí, pero para explicar el presente, en el mejor de los casos. En el peor (el escenario que todos deberíamos esperar) para arrearle una buena coz hepática.
Hecho tres. La etiqueta de visionario se vende barata de un tiempo a esta parte.


Existen, en este nuestro panorama de la autoría cinematográfica de corte cienciaficticia, no sólo tres sino todos los hechos inferibles que a uno se le antojen, por qué no. Pero para qué gastar la mierda en pedos, perdonad mi francés, cuando lo que tenemos delante confirma por la vía pesimista el hecho uno, por la burda el dos y por la insultantemente evidente el tres. Traducido: lo último de Andrew Niccol se pretende genialidad pero abraza el dislate. Busca la catarsis psicodramática social y llega al banderolismo naïf de manifa improvisada (y pijales) y en consecuencia: no, este tipo no es ningún visionario. No lo era cuando escribió El Show de Truman (bonita, pero recalentada) ni cuando dirigió Gattaca (bonita, efectiva, pero... eso), ni mucho menos con la cosa esa de S1m0ne, y desde luego no lo es ahora con este mamotreto que se pasa por el arco de triunfo las audacias de Philip K. Dick (previo manoseo por las partes internas del contraforro de abrigo del pobre autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) para parir una idea realmente alucinante, "el tiempo es la nueva divisa", high concept de la temporada, y armar a partir de ahí un circo de acción en el que cada beat, cada línea de diálogo y cada giro dramático sólo aguanta el tipo cuando se lo compara con el inmediatamente posterior. Y así no se puede. Que una cosa es mantenerse en los márgenes de lo increíble y otra cosa rebasar cualquier tipo de verosimilitud. A eso se le llama fidelidad a un universo; y con semejante armatoste literario, la fidelidad se hace imposible. Así, no se puede.


Porque la bondad de la intención y el gesto comprometido de un presunto revolucionario como Niccol, tan pendiente de la evocación setentera del género que encontró en esa década y la siguiente un terreno en el que dispararse creativamente justo a las puertas de la tecnificación bestia y la masificación autocarnívora, quedan en casposo intento de trascendencia por el atajo más corto. Efectivamente, en todo esto se dan la mano Cuando el destino nos alcance, THX 1138 o Naves misteriosas, bajo un argumento más o menos profanado de La fuga de Logan (aquí, a menos que tengan ahorros de tiempo, la gente muere cinco años antes que allí) y con una lectura glocal. A las viejas reivindicaciones por una sociedad más justa y un reparto más equitativo de la riqueza (poco sutil metáfora la de In Time) aquí puede adscribírsele, parece querer decir Niccol, nuestra más directa realidad. La de los indignados y los movimientos de ocupación de Wall Street. Etcétera. Siempre necesario, casi nunca lo suficientemente impregnado de la fuerza, la punteria y la tocacojonez necesaria.
Porque, sea por el empaque de blockbuster (¿Justin Timberlake y Amanda Seyfried? vamos, hombre), sea por sus en otras circunstancias nada reprochables voluntades escapistas, al final de puro candor la cosa termina retozando en un lodazal en el que Robin Hood, Bonnie & Clyde, James Bond y Bernard Marx aparecen como punto de partida no desarrollado. Esto es, en In Time no hay transgresión, no hay audacia, no hay punk.
Hay efectismo, claro. Atmósfera retrofuturista con una ambientación vaporosa (literalmente, de vapor industrial) y un tratamiento de la fotografía que vende el gato de una planificación funcional o peor a precio de liebre, cortesía de una iluminación resultona y en algunos casos hasta expresiva. Y un carrusel de personajes planos o arquetípicos (de manual el misterioso benefactor/confidente que sabe la verdad y que, una vez vaciado de significado argumental, sólo tendrá un posible destino) capitaneados por un héroe idealista y una princesa reconvertida en mendigo por obra y gracia de una sucesión de acontecimientos y hechos que cuando no maman de la arbitrariedad lo hacen del puro capricho narrativo de un guión cimentado en el por que lo digo yo.


O sea, que van a aparecer por la otra esquina de lo cool una pandilla de avezados, cazadores de lo fallido y gracias a ellos se va a poder canonizar al señor Niccol como a una especie de Nolan albondiguero, convertirlo en un Playmobil Antiglobalización de bolsillo o en un visionario de la ciencia ficción de mensaje ascético y envoltorio guapo, guapo.
Pero qué queréis que os diga, cuando la falta de riego sanguíneo en la cabeza produce tales cantidades industriales de caspa a mí lo que me da es por rascarme el cuero cabelludo con fruición simia hasta la herida o la calvicie. Mucho me temo que con In Time, va a ser lo segundo. Porque ya digo, sangre en vena, más bien poca.

4/10