domingo, 30 de octubre de 2011

Son of Babilon, Mohamed Al Daradji, 2009



Título original: Son of Babylon
Dirección: Mohamed Al Daradji
Guión: Mohamed Al Daradji, Jennifer Norridge
Fotografía: Mohamed Al Daradji, Duraid Al Munajim
Música: Kad Achouri
Producción: Coproducción Irak-Reino Unido-Francia-Países Bajos-Emiratos Árabes Unidos-Territorios palestinos-Egipto; Human Film / Iraq Al-Rafidain / Screen Yorkshire
País: Irak
Año: 2009
Género: Drama
Duración: 95 min.
Intérpretes: Shazada Hussein, Yasser Talib, Hussen Mohammed, Bashir Al-Majid



Tres años después de la caída del régimen de Saddam Hussein, Ahmed, un niño kurdo de doce años, recorre con su abuela las polvorientas y solitarias carreteras del norte de Irak con la esperanza de encontrar a su padre, un soldado arrestado por la Guardia Republicana de Saddam al final de la Guerra del Golfo. Recorren caminos devastados por las bombas y se cruzan con otras personas en la misma situación; todos viajan en busca de alguien, de una nueva vida y de un futuro. Así es como conocerán a algunos aliados inesperados, incluso a un ex combatiente de la Guardia Republicana que podría ayudarles. Aunque Ahmed es demasiado joven para comprender la importancia de su viaje, su vida cambiará para siempre. (FILMAFFINITY)


Mohamed Al Daradji ha logrado hilar un drama verdadero que impacta directamente al corazón del espectador. En una película de esta índole un buen síntoma para descubrir si la obra consigue su objetivo es que una vez finalizada, el silencio se imponga durante unos instantes que se hacen eternos. Y esto ocurre porque tu cerebro permanece noqueado como un boxeador que acaba de recibir un golpe muy duro, tan duro como el sufrimiento de una mujer que simplemente quiere conocer el paradero de su hijo y de un niño que no conoce a su padre. Y por el camino se encuentra a miles de personas atrapadas en la misma desgracia, la desgracia de un país que se desangra desde hace décadas y pierde la esperanza en un posible futuro mejor.


'Son of Babylon' obtuvo el Giraldillo de Oro del Festival de Cine de Sevilla, que comienza en unos días, en su pasada edición y lo cierto es que es merecedora de este galardón. Por la historia, por el guión, por una dirección acertada y por las maravillosas interpretaciones de sus protagonistas (en especial abuela y nieto interpretados por Shazada Hussein y Yasser Talib), logrando transmitir todo lo narrado con anterioridad.


Con una estructura de road-movie el debe de este film es un ritmo lento que será uno de los motivos por los que no será un éxito en taquilla. En primer lugar por esto, en segundo porque a mucha gente le va a tirar hacia atrás de entrada una película iraquí y el tercero porque el gran público no está, ni quiere estarlo, preparado para una cinta que te instala la sensación de desasosiego en el cuerpo para no abandonarte en varias horas.


Una de las historias dramáticas que más me han conmovido en los últimos tiempos junto al libro 'Cometas en el cielo' del afgano Khaled Hosseini y que os recomiendo a todos. Y es que en definitiva son dos relatos de dos países vecinos que por una cuestión o por otra no levantan cabeza desde hace treinta años. Quizás porque para trasladar el dolor a aquel que está sentado frente al ordenador bebiéndose una cerveza con la preocupación (casi única) de cómo va a estructurar su próxima crítica, la mejor manera y a su vez la más cruda es hacerlo con la naturalidad del que sabe y asume que eso es lo que le ha tocado vivir.

Benjamín Hijón (Revista Cinéfagos)

El castillo de la pureza, Arturo Ripstein, 1972


Título original: El castillo de la pureza
Dirección: Arturo Ripstein
Guión: Arturo Ripstein & José Emilio Pacheco
Fotografía: Alex Phillips
Música: Joaquín Gutiérrez Heras
Producción:  Estudios Churubusco
País: México
Año: 1972
Género: Drama
Duración: 110 min.
Intérpretes: Claudio Brook, Rita Macedo, Arturo Beristáin, Diana Bracho, Gladys Bermejo, David Silva, María Barber, María Rojo, Inés Murillo 


Convencido de que el mundo exterior es dañino para su familia, Gabriel Lima ha mantenido encerrados a su esposa y a sus hijos durante dieciocho años. Los días pasan melancólicos, mientras la familia se entretiene fabricando un raticida en polvo que Gabriel sale a vender en las tiendas del barrio. El frágil equilibrio emocional de la familia Lima se rompe el día en que Gabriel se da cuenta de que sus hijos están despertando a la adolescencia. (FILMAFFINITY)


Sorprende comprobar como una misma perversión humana puede permanecer de verosímil actualidad durante más de 50 años, hasta el punto de poder ser considerada tan propia y consustancial a la sociedad mexicana de la década de los 50 del siglo pasado como a la griega de hoy en día.

A finales de los años 50 trascendió en Ciudad de México el caso de Rafael Pérez, iluminado y obsesivo paranoico, autodenominado “librepensador”, que ante la violenta y brutal realidad social de la época decidió proteger a su familia encerrándola en su propia casa, negándoles la posibilidad de mantener ningún tipo de contacto con el hostil exterior. Rafael Pérez se mantuvo durante dos décadas como único vínculo entre los dos mundos, mientras su familia permanecía aislada, en una cuarentena eterna. A lo largo del encierro, comenzado en un principio por él y su mujer, nacieron 6 hijos (bautizados con nombres más propios del anarquismo utópico que del México postrevolucionario: Libertad, Voluntad, Porvenir…), los cuales hasta el día de la detención del padre no habían salido jamás de su “castillo de la pureza”, tal y como Ripstein y el escritor y cooguionista Jose Emilio Pacheco decidieron llamar a la casa y omónimamente a la película que del suceso realizaron. Un título tomado de un verso de Ígitur de Mallarmé “alejada la nada queda el Castillo de la pureza” y ya utilizado anteriormente por el gran diseccionador de la mexicanidad, Octavio Paz, para un ensayo sobre Duchamp.


La película se inicia presentando la casa –la cárcel, el castillo-; construcción colonial típica del cine de Ripstein vertebrada en torno a un patio central centrífugo, y definiendo su denso y agobiante tono simbólico: lluvia constante y unidad fotográfica en ocre. Por la casa -su patio, sus habitaciones superiores, el taller y sus galerías bajas- se mueven como autómatas y como si de un solo ser unitario fuera, la mujer y los tres hijos del protagonista, de nombre Gabriel Lima.

Desde el inicio, sin concesiones, presenciamos lo aberrante cotidiano, la perversión de unos códigos alterados en términos disciplinarios, autoritarios y conductistas, que llevan a la anulación de las personalidades de mujer e hijos mientras, indefensos, asumen su completa confianza y dependencia por el Dios que impone y dispone normas, conductas y convenciones. Para la familia Lima lo opresivo es lo de afuera, aun sin conocerlo; el encierro verdadero, la cárcel, se produce en el exterior, no en el castillo donde permanece protegida viviendo “libre” de tentaciones, vicios, violencia y corrupción. “Afuera es feo”, proclama el personaje de la hija mayor interpretado por Diana Bracho.


Los castigos rituales, la educación sistemática, la cotidianidad inalterable y cronometrada, los ejercicios físicos marciales a golpe de bastón, la rutina laboral –los hijos sostienen en una suerte de explotación laboral la economía familiar al dedicarse a preparar raticidas que el padre vende por droguerías y farmacias-, nos muestran la obsesión paterna por construir un pequeño mundo totalitarista mediante el que proteger del exterior a su familia y librarlos de la corrupción exterior; una corrupción de la que él goza en sus puntuales salidas descargando sus pasiones e instintos a espaldas de su familia.

La familia permanece aislada no sólo del espacio exterior sino del tiempo presente, así, los juegos que practican los hijos junto a su madre –basados argumentalmente en aguafuertes de Goya- resultan no sólo ambiguamente eróticos y sensuales, sino ingenuamente anacrónicos, tanto como la relación que mantienen los “encerrados” con la lluvia, único elemento externo presente e incontrolable, símbolo de libertad, y con la que se empapan gozosamente en sus momentos de descanso de forma entre ritual y manumisora.


Pero poco a poco los muros del castillo comienzan a agrietarse: las primeras pulsiones sexuales de sus hijos mayores que concluyen con un episodio de incesto descubierto y reprimido por el padre, los celos con su mujer a la que le achaca no haber sido virgen en el momento de haberse conocido veinte años antes, la falta gradual de disciplina por parte de sus hijos… llevan al Dios obsesivo, retratado como el personaje maniático y paranoico de “Él” de Buñuel, a afianzar contrariado su autoridad sobre la familia aplicando nuevos, gratuitos y más aberrantes castigos que de tan insostenibles acaban por germinar en un principio de reacción de rebeldía y de necesidad de huida por parte de sus hijo.

La noticia real del encierro inspiró en México, además de la adaptación de Ripstein, la novela “La carcajada del gato” de Luis Spota y la obra teatral “Los motivos del lobo” de Sergio Magaña. Cuenta Ripstein que mientras escribía el guión junto José Emilio Pacheco siempre creyó estar realizando una comedia ligera, “cuando se lo leímos a nuestras esposas, nos miraron con unos ojos verdaderamente de pánico, mientras Pacheco y yo nos botábamos al suelo de la risa”. Curiosamente, esa ironía que el director consideró que trascendía en su guión fue desarrollada, con un sentido más mediterráneo, casi cuarenta años más tarde por el griego Giorgos Lanthimos en su igualmente perversa “Canino”. No mucho habrá cambiado la cosa para que en ambas películas descubramos un más que creíble y contemporáneo reverso de una sociedad que tiende a esconder su mierda bajo la alfombra.

Daguerrotipos y otros cines

Canino, Giorgos Lanthinos, 2009


Título Original: Kynodontas (Dogtooth)
Director: Giorgos Lanthinos
Guión: Efthymis Filippou, Giorgos Lanthimos
Fotografía: Thimios Bakatatakis
Producción: Boo Productions / Greek Film Center / Horsefly Productions
País: Grecia
Año: 2009
Género: Drama, Comedia
Duración: 94 min.
Reparto: Christos Stergioglou, Michelle Valley, Aggeliki Papoulia, Mary Tsoni, Hristos Passalis, Anna Kalaitzidou


Un padre, la madre y sus tres hijos viven en una mansión a las afueras de una ciudad. Hay un cercado muy alto que rodea la casa, y los chicos nunca han salido de ella. Están siendo educados, entretenidos, aburridos y ejercitados con los métodos que sus padres juzgan apropiados, sin ninguna influencia del mundo exterior. Creen que los aviones que pasan volando son juguetes, o que el mar es un tipo de silla forrada de cuero. La única persona a la que se le permite entrar en la casa es Christine, que trabaja como guardia de seguridad en la fábrica del padre. Éste le hace visitar la casa para saciar las necesidades sexuales del hijo. (FILMAFFINITY)


Canino toca tantos temas que puede parecer inabordable y, de hecho, únicamente empiezas a reflexionar sobre ellos una vez has abandonado la proyección. Y es que, mientras estás en el cine, te sientes tan descolocado por lo bizarra que es la historia que estás viendo y, no obstante, tan mordaz, como el título... tanto, que llega a ser obsesiva.

La mayor, la menor y el hijo son tres hermanos adolescentes que viven, por decisión de sus padres, encerrados en su propia casa, rodeados de un muro que les impide ver el exterior. Sólo hay una persona que les visita, Christina, una guardia de seguridad en la empresa del padre, a la que éste paga para que el hijo pueda "desfogarse" con ella. El resto del día viven jugando (pueden hacer deporte, nadar, ver vídeos caseros) o educándose, a través de cintas de cassette que sus padres les graban con las nuevas palabras a aprender, como "Mar es una butaca de cuero", o "excursión es un material muy resistente con el que se fabrica el suelo". Compiten por ver quién gana más pegatinas, premio al que ha realizado mejor un ejercicio impuesto por el padre, y sueñan con que caigan aviones al suelo del jardín, uno de los juguetes más preciados. Es únicamente cuando Christina hace un regalo del exterior a la mayor, que este mundo paralelo en el que viven empieza a desmoronarse...

Con este argumento, Canino es, lo menos, inclasificable. No es drama, tampoco terror... En algunos momentos te hace reír por lo infantil del comportamiento de los hijos; en otros, sufrir por el devenir de alguno de ellos... en la mayoría, estás en tensión. Tensión por no poder adivinar qué es lo que va a pasar. Porque la referencia es inexistente. Nunca nadie ha vivido, gracias a Dios, nada parecido.


Y es aquí cuando podemos preguntarnos... ¿qué pasaría si esto llegase a ocurrir, y además de forma masiva?, ¿qué puede llevar a un padre a decidir aislar a su familia... a considerar incluso el incesto antes de que alguien extraño entre en sus vidas? ¿Tan horrible es el mundo en el que vivimos?

Aquí se mezclan varias de las reflexiones de las que hablábamos al inicio: la primera, cómo un carácter autoritario como el del padre puede llegar a someter tanto a su mujer como al resto del la familia. El patriarca decide el futuro de sus hijos, adiestrándolos como si fuesen perros, obligándoles a comportarse, al fin y al cabo, como animales en busca de su recompensa. Recompensa que sólo él puede darles, convirtiéndose, entonces, en imprescindible, en superior. Así, sus hijos son como robots (incluso hablan y actúan como tales), que obedecen sin rechistar y sin hacer preguntas. Pero, ¡ah!, incluso en los perros el instinto a veces puede superar años de entrenamiento. Esto es lo que experimenta, poco a poco, la mayor (además, se nos da a entender que mucho antes hubo otro hermano que consiguió escapar, que siguió también sus instintos): gracias al "regalo" descubrirá la violencia, el sexo... y, por supuesto, querrá saber más. Y es que, tal y como se hace el paralelismo en el film con Rex, el perro que quiere llevar a casa el padre pero que está en un centro de adiestramiento, los hijos están en la fase 2..., pero llegarán, uno a uno, a la fase 5, a estar preparados para salir del centro.

Otra reflexión: aunque el carácter del padre sea obsesivo, hay algo en nuestra vida que le empujó a proteger a sus hijos. En este punto la película nos recuerda mucho a la decisión que toma la comunidad de El Bosque (The Village; M. Night Shyamalan, 2004), al aislar a sus familias para que no conozcan el peligro de una sociedad cada vez más violenta. Así, se nos antoja que el padre tiene verdadero miedo a su entorno, a la sociedad, a un mundo en el que, seguramente, él no puede ser nadie destacable... y por eso necesita adiestrar a su familia, consiguiendo un doble objetivo: protegerles de afuera, de lo desconocido, siendo él el centro de sus vidas. Pero claro... si ellos aprenden de mí, su padre, y quieren escapar... ¿qué he hecho mal? Pues, seguramente, ser como soy. El control, la imposición de seguir el camino a través de la violencia si se actúa fuera de las instrucciones impuestas... eso también existe en los hijos. Un control que se transforma en invención continua para dar explicación a los sucesos "extraños", que irremediablemente acceden desde el peligroso exterior (la entrada de un gato en el jardín, que mata agresivamente el hijo sin saber muy bien de dónde le viene esa necesidad, se convierte en la excusa perfecta para designar al inocente animalillo como una criatura feroz que asesina humanos). Un control que impide ser feliz, aunque sea el objetivo inicial de la creación de ese submundo aislado. La felicidad truncada por la educación... la educación que puede provocar grandes destrozos en la mente humana... (¿es esta otra reflexión a tener en cuenta?).


Todo esto nos lo explica el director, Yorgos Lanthimos, en escasa hora y media de metraje, durante el que, paradójicamente, no es que ocurra gran cosa. Lenta en su desarrollo, nos sentimos en todo momento espectadores, intrusos en esta narración, pero atrapados, como ellos, en la casa, observando en la gran mayoría de secuencias, desde un ángulo que nos impide ver las caras de todos los personajes (la cámara se sitúa a la altura el pecho, un poco por debajo de sus cabezas). A veces nos hace sentir también como perros que miran lo que sucede sin poder hacer nada. Otras, nos ayuda a no personalizar lo que está pasando... porque podemos extrapolarlo a alguna vivencia, si no propia, del conjunto de la sociedad en la que vivimos, o podríamos llegar a vivir.

Por si fuera poco, el director nos acaba regalando un final abierto. No sabemos qué pasa con la mayor, ni con los otros. ¿Acaso importa? ¿Es necesario concluir su historia, su devenir? La verdad es que no. Ya tenemos suficiente... el final sólo lo sabemos cada uno de nosotros, lo construiremos con nuestra forma de actuar, día a día, a partir de ahora.

El cine griego está de enhorabuena. Canino irrumpe en las pantallas para hacernos ver que no sólo puede hablarse de la felicidad y de las costumbres de su país, como en Mi gran boda griega (Joel Zwick, 2002) o Mamma Mia (Phyllida Lloyd, 2008), sino que tienen mucho más que decir (no en vano se alzó con el premio "Un Certain Regard" en el pasado Festival de Cannes). De obligado visionado para cualquiera que tenga inquietudes filosóficas sobre el funcionamiento del núcleo familiar, Canino representa el futuro alternativo de nuestra especie. No dejemos que llegue a ser el real.

Arantxa Acosta (El espectador imaginario)

viernes, 28 de octubre de 2011

Lluís LLach - Si arribeu

Ana Rossetti - Where is my man

Nunca te tengo tanto como cuando te busco
sabiendo de antemano que no puedo encontrarte.
Sólo entonces consiento estar enamorada.
Sólo entonces me pierdo en la esmaltada jungla
de coches o tiovivos, cafés abarrotados,
lunas de escaparates, laberintos de parques
o de espejos, pues corro tras de todo
lo que se te parece.
De continuo te acecho.
El alquitrán derrite su azabache,
es la calle movible taracea
de camisas y niquis, sus colores comparo
con el azul celeste o el verde malaquita
que por tu pecho yo desabrochaba.
Deliciosa congoja si creo reconocerte
me hace desfallecer: toda mi piel nombrándote,
toda mi piel alerta, pendiente de mis ojos.
Indaga mi pupila, todo atisbo comprueba,
todo indicio que me conduzca a ti,
que te introduzca al ámbito donde sólo tu imagen
prevalece y te coincida y funda,
te acerque, te inaugure y para siempre estés.

jueves, 27 de octubre de 2011

Amarcord (Mis recuerdos), Federico Fellini, 1973


Dirección: Federico Fellini.
Guión: Federico Fellini, Tonino Guerra.
Fotografía: Giuseppe Rotunno.
Música: Nino Rota.
Producción: Coproducción Italia-Francia; F.C. Producioni / P.E.C.F.
País: Italia
Año: 1973
Género: Comedia
Duración: 118 min.
Intérpretes: Pupella Maggio (Miranda Biondi, la madre de Titta), Armando Brancia (Aurelio Biondi, el padre de Titta), Magali Noël (Gradisca, la peluquera), Ciccio Ingrassia (Teo, el tío loco de Titta), Nando Orfei (Patacca, el tío de Titta), Luigi Rossi (Abogado), Bruno Zanin (Titta Biondi), Josiane Tanzilli (Volpina, la nifómana), Maria Antonietta Beluzzi (la estanquera), Giuseppe Ianigro (El abuelo de Titta),


Cuenta la historia de algunos personajes que viven en la ficticia ciudad de Borgo, basada en la ciudad de Rímini, ciudad natal de Federico Fellini, durante el período de la Italia fascista en la década de 1930.
Con la apariencia inicial de la típica película costumbrista italiana, adquiere pronto una dimensión de ironía, farsa y esperpento.
El título del filme (a m'arcòrd) quiere decir literalmente "yo me acuerdo" (o "me acuerdo de", "recuerdo") en el dialecto propio de Emilia-Romaña, la región italiana donde está situada Rímini.



Hay una serie de títulos por lo que uno ama el cine y “Amacord” (1.973), “Yo Recuerdo ” en castellano, de Federico Fellini es uno de ellos.
En este film, el genio de Rímini llega a la apoteosis de su creación y desde mi punto de vista, es su mejor película, donde se refleja lo mejor de su hacer y donde sus excesos en otros films, como un íntenso barroquismo se estiliza y se sucede una profusión de imágenes extraordinariamente líricas e íntensas, como son los verdaderos recuerdos. “Amarcord” es ante todo una serie de recuerdos, recuerdos a veces no del todo objetivos, pero recuerdos que han formado el propio universo interior de Fellini y se refleja en toda su obra, ya que “Amarcord” es Fellini en estado puro y “Amarcord” tambien está presente en todas las otras de obras de Fellini.


Si la Parma de “Novecento” de Bertolucci era un microcosmos de Italia, tambien la Rímini de “Amacord”, aunque oniricamente la hacen llamar Bogo, es un reflejo de la nación transalpina, con sus luces y sus sombras. Fellini quiere dar una imagen colectiva de un pueblo, de toda una sociedad y con ello da una visión mucho más alegre y hasta desenfada y mucho menos sombria que cuando trata a individuos aislados. Este hecho hace que el film sea un mosaico generosamente fracturado que no pertenece a un solo personaje, pero no pensemos que “Amarcord” es una película coral, porque cada personaje tíene su propia complejidad y su mundo interior, Fellini logra transmitir lo colectivo y la individual en un mismo plano y el espectador ve la multitud, pero tambien ve el individuo.
En esta sucesión de recuerdos que es “Amarcord”, los niños y los adolescentes adquieren una importancia especial, es su visión ingenua, vitalista y a veces distorsionada. Lo que Fellini intenta transmitir, en este aspecto la película adquiere un fuerte tono autobiográfico. Y esta visión es geneticamente crítica, la Italia fascista de los años 30 se observa como algo grotesco y esperpéntico, pero no se esconde su violencia y su brutalidad, aunque esta violencia y brutalidad se ve como algo especialmente absurdo y sin sentido. Por todo ello Fellini utiliza una mirada especialmente mordaz, como si la risa fuera el mejor antídoto contra la intolerancia.



Pero este fascismo no logra acabar con el vitalismo de una sociedad, no logra acabar con el alma humana y ese Bogo-Rímini está vivo y el propio Fellini para reflejarlo utiliza recursos clásicos y casi academicos como la progresión a través de las estaciones y así introducir el efecto del estado de ánimo de los personajes.
Personajes todos memorables y llenos de encanto, como el joven Titta, alter ego del propio Fellini, Miranda, la madre de Titta, la típica mamma italiana. Aurelio, el padre de Titta, conservador con su familia pero anti-fascista. Su tio Teo, internado en un manicomio, el historiador aficionado, una especie de cronista local y su visión sarcástica de la realidad, la casquivana y coqueta Gradisca, sex- simbol de Bogo, sex-simbol de Italia. El vendedor ambulante Biscein, la estanquera pechugona, el anciano arcordeonista ciego o Volpina, la prostituta ninfómana, todos personajes que al verlos nunca se nos olvidará.



Y el vitalismo se refleja tambien en una serie de escenas memorales que siempre quedaran prendidas en la retina de quíen tenga la suerte de haberlas visto, aderezadas por la hermosa fotografía de Guiseppe Rotunno y la música de Nino Rota. Escenas como, la aparición del transatlántico por la noche, la nevada en la ciudad costera, la carrera de coches por las calles de la ciudad, la escena iniciatica de la estanquera, la internacional sonando desde un campanario, el acto fascista con la aparición del busto de Mussolini, la visita a la casa de campo familiar del loco internado en el manicomio, la llegada del haren del emir al principial hotel de la ciudad, el recibimiento del Principe y finalmente la oniríca escena de la boda, como fin del recuerdo y fin de la película.

esclavosdelceluloide.com


miércoles, 26 de octubre de 2011

Sopa de Ganso, Leo McCarey, 1933



Título Original: Duck soup
Director: Leo McCarey
Guión: Bert Kalmar & Harry Ruby
Música: Arthur Johnston
Fotografía: Henry Sharp (B&W)
Producción: Paramount Pictures
País: Estados Unidos
Año: 1933
Género: Comedia
Duración: 70 min.
Reparto: The Marx Brothers (Los Hermanos Marx): Groucho Marx, Harpo Marx, Chico Marx, Zeppo Marx; Margaret Dumont, Louis Calhern, Raquel Torres, Edgar Kennedy.


La República Democrática de Freedonia, un pequeño país centroeuropeo, a cuyo frente se encuentra el muy liberal señor Rufus T. Firefly, se ve amenazada por la dictadura de Sylvania, país de vieja y reconocida solvencia como agresor. Dos espías de prestigio, Chicolini y Pinky, sirven a Sylvania, lo que no impide que acaben siendo ministros del ahora ya excelentísimo Firefly.


Sopa de ganso” es la última película que los Marx hicieron con la Paramount. Es la que contaron con un realizador de mayor prestigio (Leo McCarey). Es una película consagrada al disparate continuo de sus chistes (no aparecen Harpo y Chico tocando el arpa y el piano). Se mete con toda la política internacional en el mismo año en que Hitler era nombrado canciller de Alemania (no olvidemos que los Marx eran judíos). Y supuso la última película en la que todo, absolutamente todo, estaba dispuesto a su lucimiento en pantalla. Pese a no suponer el exitazo de “Plumas de caballo”, tampoco resultó un fracaso comercial y los Marx (descontentos con la productora) no renovaron con la Paramount. Obtuvieron mejores condiciones, convertidos ya en estrellas de Hollywood, en la siguiente compañía, la Metro Goldwyn Mayer, adonde llegaron apadrinados por el productor Irving Thalberg. Y ahí se inició la “fórmula Thalberg” que les condicionaría el resto de su filmografía: los hermanos Marx seguirían haciendo sus chistes y sus bromas, pero la historia principal sería no ya un musical, sino una comedia romántica. En adelante, en sus películas, los Marx se encargarían de ayudar a estar juntos a la pareja de enamorados de turno. La fórmula se estrenó con la que sería su película más exitosa: “Una noche en la ópera” (A night at the opera, Sam Wood, 1935).

Es cierto que el humor ácido e iconoclasta seguiría en esta nueva etapa. Pero “Sopa de ganso” marca el punto de no retorno. Se trata de su película más política, donde los millonarios deciden quiénes gobiernan (es el personaje de Margaret Dumont quien escoge de presidente a Rufus T. Firefly); donde los gobernantes son holgazanes, arbitrarios e ignorantes (el famoso chiste de Groucho de la película: “Este informe lo entendería hasta un niño de cuatro años, traiga a un niño de cuatro años porque no entiendo nada”); donde la diplomacia se mueve por motivos poco elevados y por las dinámicas egoístas e imperialistas de los países; y donde la guerra es un negocio que se creen todos los ignorantes (los habitantes de Freedonia reciben cantando alborotados la declaración de guerra del gobierno). El impacto fue, de hecho, muy profundo en los propios Marx. Fue a partir de ese momento cuando Groucho empezó a adquirir una conciencia política que crecería hasta el punto de que, décadas más tarde, Richard Nixon lo considerase un enemigo público. Y fue también cuando Harpo inició una gira por la URSS que le haría participar en diversos movimientos políticos.


Este carácter único de “Sopa de ganso” es lo que, años después, llamó especialmente la atención sobre los Marx en Europa, lo que marcaría las diferencias de recepción de estos cómicos. En Europa, los hermanos Marx son conocidos por el cine, y Groucho es el más valorado porque nos parece el más ingenioso, lo que se debe, en parte, a la imposibilidad de entender el personaje de Chico fuera de Estados Unidos: comprender ese estereotipo de inmigrante italiano de principios de siglo que no tiene un duro y que usa el ingenio para sobrevivir al tiempo que trufa su discurso de juegos de palabras tan disparatados como intraducibles es tan difícil como exportar fuera de España la comicidad de Pepe Isbert. Sin embargo, los hermanos Marx fueron, para los estadounidenses, unos cómicos con una constante presencia en radio y televisión y que, además, hicieron películas. Groucho es un icono no tanto por sus películas como por esta presencia mediática, por estar, por ejemplo, quince años presentando el popular concurso “You bet your life” (en los años 40 y 50) en los que aparecían la mayor parte de los chistes y ocurrencias por los que se le recuerda en la actualidad. Tenemos una parte mínima de los Marx (como si en Estados Unidos tuvieran que valorar a Martes y Trece por sus películas), pero se trata de un parte significativa de la que “Sopa de ganso” es su ejemplo más extremo.

Si los Marx fueron domesticados a partir de “Una noche en la ópera”, no digamos ya el cine surrealista y político de “Sopa de ganso”. Se produjo toda una convergencia de tendencia liberal en la película, como la obra “Of thee I sing” de George S. Kaufman y Morris Ryskind, con numerosas escenas que acabaron plasmadas en el guión original. Y todo ello en el ambiente del Hollywood de aquella época, donde las comedias se podían reír de la institución matrimonial, donde cabían películas como “Sopa de ganso” o “El gran dictador”. Por eso la película nos parece irrepetible tanto tiempo después y por eso da la sensación de que, en términos de censura y de consumo cultural, no hayamos hecho más que retroceder desde entonces.

Manuel de la Fuente (EfeEme)


Sra. Teasdale: ¡Oh Excelencia! Le estábamos esperando. Como presidenta del comité de recepción le expreso los mejores deseos de cada hombre, mujer y niño de Freedonia.
Rufus T. Firefly: No diga tonterías. Coja una carta.
Sra. Teasdale: ¿Una carta? ¿Y qué hago con una carta?
Rufus T. Firefly: Se la puede quedar, aún me quedan cincuenta y una. Bueno qué decía.
Sra. Teasdale: Como presidenta del comité de recepción le doy la bienvenida con los brazos abiertos.
Rufus T. Firefly: Sí ¿y hasta que hora los tiene abiertos?
Sra. Teasdale: He apoyado su nombramiento porque considero que es usted el consejero más capacitado de Freedonia.
Rufus T. Firefly: Es un concepto bastante amplio. Y usted también es bastante amplia, será mejor que se largue, he oído que van a construir unas oficinas donde está usted. Se puede ir en taxi, si no consigue uno se puede ir indignada. Y si es pronto váyase dentro de un minuto. ¿Sabe que no ha dejado de hablar desde que he llegado? Le habrán vacunado con la aguja de un tocadiscos.
Sra. Teasdale: El futuro de Freedonia depende de usted. Prométame que seguirá fielmente los pasos de mi marido.
Rufus T. Firefly: ¿Qué les parece? No llevo ni cinco minutos en el cargo y ya se me está insinuando. No es que me importe pero, dónde está su marido.
Sra. Teasdale: Oh, ha muerto.
Rufus T. Firefly: Seguro que solo utiliza eso como excusa.
Sra. Teasdale: Estuve con él hasta el final.
Rufus T. Firefly: No me extraña que falleciera.
Sra. Teasdale: Lo estreché entre mis brazos y lo besé.
Rufus T. Firefly: Entonces fue un asesinato. ¿Se casaría conmigo? ¿Le ha dejado mucho dinero? Responda primero a lo segundo.
Sra. Teasdale: Me dejó toda su fortuna.
Rufus T. Firefly: No me diga, no comprende lo que intento decirle, la amo.
Sra. Teasdale: ¡Excelencia!
Rufus T. Firefly: Usted tampoco está mal.

Rufus T. Firefly: Bailaría con usted hasta que las ranas críen pelo. Prefiero bailar con una rana hasta que usted críe pelo.

Rufus T. Firefly: (Dictando una carta) Estimado dentista. Adjunto le mando un talón que quinientos dólares, atentamente… ¡Envíela inmediatamente!
Bob Roland: Primero tendré que adjuntar el talón.
Rufus T. Firefly: Si lo hace le despido.

Chicolini: Recuerda que nos dio una fotografía de un hombre y nos dijo que lo siguiéramos.
Trentino: Eh, Sí.
Chicolini: Pues nos pusimos a trabajar en seguida y en una hora, en menos de una hora.
Trentino: ¿Si?
Chicolini: Perdimos la fotografía. Trabajamos deprisa ¿Eh?

Ministro de Economía: Excelencia aquí tiene el informe de la Tesorería, espero que esté claro.
Rufus T. Firefly: ¿Claro? Hasta un crío de cuatro años podría comprenderlo. (Dirigiéndose a Bob Roland) Búsqueme a un crío de cuatro años, a mí me parece chino.

Rufus T. Firefly: ¡Hablaré con mi abogado en cuanto acabe su carrera!

Sra. Teasdale: Excelencia, pensaba que se había ido.
Rufus T. Firefly: No, no. No me he ido no.
Sra. Teasdale: Pero si le vi con mis propios ojos.
Rufus T. Firefly: ¿Y a quién vas a creer a mí o tus propios ojos?

Rufus T. Firefly: Teniente ¿Por qué no puso los documentos del sumario en mi cartera?
Bob Roland: Pues no pensé que fueran importantes. Excelencia.
Rufus T. Firefly: No pensó que fueran importantes. Tenía el postre envueltos en esos documentos.

Rufus T. Firefly: Caballeros, Chicolini puede hablar como un idiota y tener aspecto de idiota. Pero que eso no les engañe. Es realmente un idiota.

Capitán: Excelencia. Están derrotando a nuestros hombres en campo abierto, sugiero que hagamos trincheras.
Rufus T. Firefly: ¿Hacer Trincheras? ¿Con nuestros hombres muriendo como moscas? No hay tiempo para hacerlas. Las compraremos hechas, tenga, salga a comprar unas cuantas.
Capitán: ¡Sí, señor!
Rufus T. Firefly: ¡Un momento! (señalándose el cuello) Que sean así de altas. Nos ahorraremos pantalones. ¡Un momento! (señalándose por encima de la cabeza) Así nos ahorraremos el uniforme entero.
Capitán: ¡Sí, señor!

Bob Roland: El general Smith informa de un ataque con gases.
Rufus T. Firefly: Que se tome una cucharada de bicarbonato en medio vaso de agua.

Rufus T. Firefly: (Tras el sorteo de quién irá a avisar al General a través del campo de batalla) Es usted un hombre valiente, cruce las líneas y recuerde, mientras esté ahí fuera jugándose la vida nosotros estaremos aquí dentro pensando lo idiota que es.


Mientras duermes, Jaume Balagueró, 2011


Título original: Mientras duermes
Dirección: Jaume Balagueró
Guión: Alberto Marini
Fotografía: Pablo Rosso
Música: Lucas Vidal
Producción: Filmax
País: España
Año: 2011
Género: Thriller. Terror
Duración: 107 min.
Intérpretes:  Luis Tosar, Marta Etura, Alberto San Juan, Petra Martínez, Carlos Lasarte, Pep Tosar, Amparo Fernández, Oriol Genís, Iris Almeida


César es el portero de un edificio de apartamentos y no cambiaría este trabajo por ningún otro, ya que le permite conocer a fondo los movimientos, los hábitos más íntimos, los puntos débiles y los secretos de todos los inquilinos. Si quisiera podría incluso controlar sus vidas, influir en ellas como si fuera Dios, abrir sus heridas y hurgar en ellas. Y todo sin levantar ninguna sospecha. Porque César guarda un secreto muy peculiar: le gusta hacer daño, mover las piezas necesarias para producir dolor a su alrededor. Y la nueva vecina del 5ºB no deja de sonreír. Entra y sale cada día radiante y feliz, llena de luz. Así que pronto se convertirá en el nuevo objetivo del juego de César. Se trata de un reto personal, de una obsesión. (FILMAFFINITY)


El que acecha en el umbral

Cuando han saqueado mi casa (tres veces a lo largo de 28 años, y que este dato no les anime a perpetuarlo, odiosos cacos, las carísimas alarmas de Prosegur velan por mi seguridad y también los eficientes y rapidísimos guardianes de la ley, esa celosa policía que tarda veinte segundos en acudir en tu ayuda si te amenaza el peligro), mi refugio a veces compartido larga o provisionalmente, escenario que crees ajeno a la mirada y el juicio del prójimo, testigo pasivo de tus manías, tus gozos, tus sufrimientos, tu locura, tu resignación o tus sueños, siempre he lamentado infinitamente más a que me robaran mis renovables pertenencias que alborotaran mis recuerdos, que profanaran imágenes, fotografías, cartas y momentos que mi memoria guardaba con celo, la sensación de que esos hijos de puta te han violado conociendo y arrasando tus cosas más íntimas.


Jaume Balagueró, un director del que percibes desde sus comienzos que sabe lo que hacer con una cámara, que posee un lenguaje propio aunque los guiones sean insalvables (el primer REC es la insólita prueba de un autor solvente, de alguien que utiliza el falso documental, el tono al que han malacostumbrado a los espectadores televisivos de sucesos para contarles una historia que da miedo ) se ha encontrado con Mientras duermes un guion a la altura de sus obsesiones, con toda la complejidad, los recovecos, la apariencia amable y el fondo tenebroso de un hombre cuya profesión le permite controlar, amenazar, manipular, acumular datos, destruir progresiva o finalmente la existencia de los vecinos de una casa en la que él sabe todo de sus vidas, de sus carencias y de sus anhelos, de su soledad y de sus ilusiones, de su plenitud y de su desamparo.


Este individuo , cuya profesión podría calificar displicentemente de portero (no he consultado el progresista libro de estilo de los periódicos, pero seguro que la inaplazable corrección política les denomina conserjes, guardianes de fincas o cualificados asistentes sociales), el hombre o la mujer que posee por lógica el control sobre las llaves, las salidas y las ausencias del personal que le paga, lo que aparentan y lo que son, sus secretos y su transparencia, sus modales y sus neuras, su esplendor y su miseria, puede ser como el monstruo de Frankenstein, alguien que es malo porque es desgraciado, revenido con la tonta o coherente felicidad del prójimo, capaz de las barbaries más sofisticadas con tal de machacar la seguridad del inseguro, de desmontar la patética e ilusoria compañía de los instalados, del que se siente verdaderamente solo, la alegría de la tonta buena, guapa, confortada y luminosa vecina que siempre lo ha tenido fácil. Es el temible rencor contra todo y contra todos del amargado biológico, del sicópata con medios sicológicos para perpetrar su venganza existencial. Hay montones de hombres que matan a sus antiguas o actuales mujeres y después se suicidan. Lástima que no opten en su desesperación, en el abandono o el rechazo que sufren, por la segunda decisión.


Balagueró cuenta esta inquietante historia con poderío visual, sin golpes de efecto, con un tono y una atmósfera que me remiten al mejor Polanski. Y el cejas atormentado y maligno Luis Tosar (qué complicado inventarte algo nuevo despues de haber encontrado el papel de tu vida en Celda 211, de que en la memoria de cualquier espectador ocupe un lugar mítico ese estiloso y digno cabrón) está perfecto, sutil, provoca terror. Y que la suerte nos libre de alguien que nos quiere hacer daño cuando nos va bien, porque la única terapia para su infortunio y su frustración es destruir a los que andan más o menos de acuerdo con la problemática vida.

Carlos Boyero (El País)

domingo, 23 de octubre de 2011

Esplendor en la hierba, Elia Kazan, 1961


“Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba; aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.”
William Wordsworth


Título original: Splendor in the grass
Dirección: Elia Kazan
Guión: William Inge
Fotografía: Boris Kaufman
Música: David Amram
Producción: Warner Bros. Pictures, NBI Productions, Newton Productions
País: Estados Unidos
Año: 1961
Género: Drama, Romance
Duración: 124 min.
Reparto: Natalie Wood, Warren Beatty, Pat Hingle, Audrey Christie, Barbara Loden, Zohra Lampert, Fred Stewart, Joanna Roos, John McGovern, Jan Norris


En una localidad rural de Kansas, dos jóvenes se aman y, desde el primer momento, deciden no separarse jamás, pero la desaprobación de sus familias y los intereses ajenos a sus sentimientos son los que decidirán su suerte. (FILMAFFINITY)


Tan romántica como los versos de William Wordsworth es Esplendor en la hierba, una de las mejores películas -puede que la mejor- de Elia Kazan. Es la historia de un amor entre adolescentes que crecen bajo la estricta vigilancia de sus padres y no entienden por qué deben seguir una línea determinada cuando sus corazones les piden lo contrario. Esa confusión les atormenta hasta la locura y les hace estar en boca de la hipócrita sociedad de Kansas inmediatamente anterior al crack del 29. Es una película tan pasional como una obra de Shakespeare; no en vano llena la firma de William Inge, ganador del Pulitzer por Picnic y que, a la postre, también se llevaría el Oscar al mejor guión original.

Por un lado tenemos a los Loomis, una familia humilde compuesta por un padre apocado, una madre represiva y una sola hija, Deanie (Natalie Wood), que parece conforme con la austera educación que le han inculcado. Y por otro lado están los Stamper, nuevos ricos gracias a las acciones del petróleo, con un padre obsesionado por el éxito que ahoga las pretensiones de su mujer y de su hijo Bud (Warren Beatty), pero que no puede meter en cintura a su otra hija, Ginny, lo cual le carcome por dentro.

Deanie y Bud salen desde hace algún tiempo. Son una de las parejas más populares del instituto, sobre todo porque él es el capitán del equipo de fútbol americano. Están en el punto de mira y, además, empiezan a tener problemas por el sexo. Bud siente la necesidad de aliviarse con ella, alentado por su padre, que cree que así reafirmará su masculinidad y ahuyentará su imagen de chico introvertido. No es que Deanie no quiera corresponderle, pero se rige por las estrictas reglas de su madre, que divide el mundo en buenas y malas chicas: las que esperan hasta el matrimonio (y sólo con el objetivo de procrear) y las que no. Y Deanie no quiere defraudarla, ni mucho menos que los vecinos cuchicheen a sus espaldas.


Es inútil, por tanto, obviar que Esplendor en la hierba tiene mucho que ver con el sexo, lo que ya fue un logro para Kazan en el año 1961 (si bien la Liga de la Decencia consiguió censurar parte de la estremecedora escena de la bañera porque a Natalie Wood se le veía el culo). Pero el sexo es sólo la gota que colma el vaso de una generación sin norte, que no entiende los mecanismos de las sociedades hipócritas ni quiere vivir más allá del presente. Cuanto más les aprieten las clavijas, más necesidad tendrán de liberarse, aunque sea cayendo en las redes de la locura. ¿Será entonces cuando los padres se pregunten qué han hecho mal? ¿O le echarán la culpa a Freud, o a sus propios progenitores?

Sea como sea, no leáis los versos de Wordsworth como un lamento nostálgico, sino como una oportunidad para seguir adelante. El brillo del primer amor se apagará y no volverá, pero lo recordaremos siempre y eso nos dará fuerzas para continuar. En esos versos está la esencia de la película, y esa es la dura lección que aprenden nuestros jóvenes protagonistas.

Lo mejor: Natalie Wood, inmensa en todos sus registros, y prácticamente todo lo demás.
Lo peor: Un par de secundarios que desaparecen a mitad de película.
La frase: “No, mamá. No me han desflorado. ¡No me han desflorado, mamá! ¡Soy tan fresca y virginal como el día en que nací, mamá!” (Deanie Loomis = Natalie Wood).

Víctor Guerrero (Plumas de caballo)

Paellita de otoño


Ingredientes (6 personas):

  • 1 conejo cortado a trocitos pequeños
  • 500 gr. de setas variadas
  • 300 gr. de caracoles (pueden ser congelados)
  • 2 tomates maduros
  • 6 vasitos de arroz de grano redondo
  • 13 vasitos de agua
  • 2 dientes de ajo
  • 2 ramitas de perejil
  • 1/2 limón
  • 1 c.c.  de romero
  • 3 c.s. aceite
  • sal, azafrán y pimentón
Preparación:
  1. Poner a calentar el agua en una cazuela mientras se prepara el sofrito de la paella.
  2. Colocar una paella en el fuego con el aceite, mientras se calienta, ponerle sal y pimentón a los trocitos de conejo.
  3. Sofreír el conejo en la paella. Cuando esté dorado, añadir las setas, dejar cocer unos minutos y, a continuación, añadir los caracoles.
  4. Rallar el tomate y añadirlo a la paella.
  5. Poner el arroz en la paella y mezclarlo con el sofrito preparado con anterioridad.
  6. Añadir el agua caliente. Rociar con el zumo de limón.
  7. Preparar una picada con los ajos, el perejil, el romero, el azafrán y un poco de sal y añadirlos a la paella y revolver. Probar el punto de sal.
  8. Dejar cocer 10 min. a fuego fuerte y otros 8 min. a fuego suave. Dejar reposar 5 min. y servir.

Leonard Cohen - Dance me to the end of love

sábado, 22 de octubre de 2011

Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, Rodrigo Muñoz Avia


Antes de ir al psiquiatra yo era una persona feliz. Ahora soy disléxico, obsesivo, depresivo y tengo diemo a la muerte, o sea, miedo. En el psiquiatra he aprendido que la palabra felicidad es una convención que carece de sentido. He aprendido que el hecho de volver a ser feliz algún día no sólo es imposible, sino completamente imposible. Ahora me pregunto más cosas de las que me gustaría: sobre la muerte y sobre la vida.

La felicidad es aquello que nos pasa cuando no nos lo planteamos. Siempre es pretérita pues la felicidad futura no existe (dado que el futuro sólo es posibilidad) y la presente se desvanece al momento en que se nos ocurre pensar en dicha sensación, cuando debiéramos seguir concentrados en lo que nos la provocaba. La novela Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, de Rodrigo Muñoz Avia, es de risa, pero del tipo displicente ante una situación con la que poco cuesta sentirse identificados. Podría calificarse de ligera pues se lee con facilidad y no se pierde en cumbres de racionamientos obtusos ni cae en abismos de dogmática feliciana. ¿Por qué pesa tanto entonces la estela que deja al pasar bajo nuestra mirada? Porque muestra que buscando la felicidad lo más fácil es acabar perdiéndonos a nosotros mismos.

Rodrigo Montalvo Letellier vive con su mujer, sus hijos y su gato, que lo quieren con locura. Tiene un chalet adosado, un buen coche y un trabajo que le gusta. Entregado, como cualquiera de nosotros, a sus hobbies y al consumo de fin de semana, lleva una vida sin sobresaltos. Y, además, es un hombre feliz. O al menos, eso ha creído siempre.

Hasta que un buen día un psiquiatra le hace dudar y el mundo se le viene encima. Nuestro héroe quiere saber qué le pasa, y visita a esos extraños seres empeñados en ocuparse de su cabeza, los psiquiatras, los psicólogos y otros enfermos, que aportan soluciones desternillantes y, por supuesto, no dudan en saquear su cartera.

Con esta novela hilarante que atrapa al lector desde la primera página, Rodrigo Muñoz Avia esconde tras el humor un análisis perturbador del alma moderna, de la imposibilidad social de la felicidad. El autor hurga en el lado más débil de nuestra psicología, cada vez más enfermiza, insaciable e incapaz de olvidarse de sí misma. Porque ¿acaso es posible que nos sintamos infelices por el simple hecho de no sentirnos felices?

Panfleto LAETUS

Leer el primer capítulo