domingo, 30 de octubre de 2011

Canino, Giorgos Lanthinos, 2009


Título Original: Kynodontas (Dogtooth)
Director: Giorgos Lanthinos
Guión: Efthymis Filippou, Giorgos Lanthimos
Fotografía: Thimios Bakatatakis
Producción: Boo Productions / Greek Film Center / Horsefly Productions
País: Grecia
Año: 2009
Género: Drama, Comedia
Duración: 94 min.
Reparto: Christos Stergioglou, Michelle Valley, Aggeliki Papoulia, Mary Tsoni, Hristos Passalis, Anna Kalaitzidou


Un padre, la madre y sus tres hijos viven en una mansión a las afueras de una ciudad. Hay un cercado muy alto que rodea la casa, y los chicos nunca han salido de ella. Están siendo educados, entretenidos, aburridos y ejercitados con los métodos que sus padres juzgan apropiados, sin ninguna influencia del mundo exterior. Creen que los aviones que pasan volando son juguetes, o que el mar es un tipo de silla forrada de cuero. La única persona a la que se le permite entrar en la casa es Christine, que trabaja como guardia de seguridad en la fábrica del padre. Éste le hace visitar la casa para saciar las necesidades sexuales del hijo. (FILMAFFINITY)


Canino toca tantos temas que puede parecer inabordable y, de hecho, únicamente empiezas a reflexionar sobre ellos una vez has abandonado la proyección. Y es que, mientras estás en el cine, te sientes tan descolocado por lo bizarra que es la historia que estás viendo y, no obstante, tan mordaz, como el título... tanto, que llega a ser obsesiva.

La mayor, la menor y el hijo son tres hermanos adolescentes que viven, por decisión de sus padres, encerrados en su propia casa, rodeados de un muro que les impide ver el exterior. Sólo hay una persona que les visita, Christina, una guardia de seguridad en la empresa del padre, a la que éste paga para que el hijo pueda "desfogarse" con ella. El resto del día viven jugando (pueden hacer deporte, nadar, ver vídeos caseros) o educándose, a través de cintas de cassette que sus padres les graban con las nuevas palabras a aprender, como "Mar es una butaca de cuero", o "excursión es un material muy resistente con el que se fabrica el suelo". Compiten por ver quién gana más pegatinas, premio al que ha realizado mejor un ejercicio impuesto por el padre, y sueñan con que caigan aviones al suelo del jardín, uno de los juguetes más preciados. Es únicamente cuando Christina hace un regalo del exterior a la mayor, que este mundo paralelo en el que viven empieza a desmoronarse...

Con este argumento, Canino es, lo menos, inclasificable. No es drama, tampoco terror... En algunos momentos te hace reír por lo infantil del comportamiento de los hijos; en otros, sufrir por el devenir de alguno de ellos... en la mayoría, estás en tensión. Tensión por no poder adivinar qué es lo que va a pasar. Porque la referencia es inexistente. Nunca nadie ha vivido, gracias a Dios, nada parecido.


Y es aquí cuando podemos preguntarnos... ¿qué pasaría si esto llegase a ocurrir, y además de forma masiva?, ¿qué puede llevar a un padre a decidir aislar a su familia... a considerar incluso el incesto antes de que alguien extraño entre en sus vidas? ¿Tan horrible es el mundo en el que vivimos?

Aquí se mezclan varias de las reflexiones de las que hablábamos al inicio: la primera, cómo un carácter autoritario como el del padre puede llegar a someter tanto a su mujer como al resto del la familia. El patriarca decide el futuro de sus hijos, adiestrándolos como si fuesen perros, obligándoles a comportarse, al fin y al cabo, como animales en busca de su recompensa. Recompensa que sólo él puede darles, convirtiéndose, entonces, en imprescindible, en superior. Así, sus hijos son como robots (incluso hablan y actúan como tales), que obedecen sin rechistar y sin hacer preguntas. Pero, ¡ah!, incluso en los perros el instinto a veces puede superar años de entrenamiento. Esto es lo que experimenta, poco a poco, la mayor (además, se nos da a entender que mucho antes hubo otro hermano que consiguió escapar, que siguió también sus instintos): gracias al "regalo" descubrirá la violencia, el sexo... y, por supuesto, querrá saber más. Y es que, tal y como se hace el paralelismo en el film con Rex, el perro que quiere llevar a casa el padre pero que está en un centro de adiestramiento, los hijos están en la fase 2..., pero llegarán, uno a uno, a la fase 5, a estar preparados para salir del centro.

Otra reflexión: aunque el carácter del padre sea obsesivo, hay algo en nuestra vida que le empujó a proteger a sus hijos. En este punto la película nos recuerda mucho a la decisión que toma la comunidad de El Bosque (The Village; M. Night Shyamalan, 2004), al aislar a sus familias para que no conozcan el peligro de una sociedad cada vez más violenta. Así, se nos antoja que el padre tiene verdadero miedo a su entorno, a la sociedad, a un mundo en el que, seguramente, él no puede ser nadie destacable... y por eso necesita adiestrar a su familia, consiguiendo un doble objetivo: protegerles de afuera, de lo desconocido, siendo él el centro de sus vidas. Pero claro... si ellos aprenden de mí, su padre, y quieren escapar... ¿qué he hecho mal? Pues, seguramente, ser como soy. El control, la imposición de seguir el camino a través de la violencia si se actúa fuera de las instrucciones impuestas... eso también existe en los hijos. Un control que se transforma en invención continua para dar explicación a los sucesos "extraños", que irremediablemente acceden desde el peligroso exterior (la entrada de un gato en el jardín, que mata agresivamente el hijo sin saber muy bien de dónde le viene esa necesidad, se convierte en la excusa perfecta para designar al inocente animalillo como una criatura feroz que asesina humanos). Un control que impide ser feliz, aunque sea el objetivo inicial de la creación de ese submundo aislado. La felicidad truncada por la educación... la educación que puede provocar grandes destrozos en la mente humana... (¿es esta otra reflexión a tener en cuenta?).


Todo esto nos lo explica el director, Yorgos Lanthimos, en escasa hora y media de metraje, durante el que, paradójicamente, no es que ocurra gran cosa. Lenta en su desarrollo, nos sentimos en todo momento espectadores, intrusos en esta narración, pero atrapados, como ellos, en la casa, observando en la gran mayoría de secuencias, desde un ángulo que nos impide ver las caras de todos los personajes (la cámara se sitúa a la altura el pecho, un poco por debajo de sus cabezas). A veces nos hace sentir también como perros que miran lo que sucede sin poder hacer nada. Otras, nos ayuda a no personalizar lo que está pasando... porque podemos extrapolarlo a alguna vivencia, si no propia, del conjunto de la sociedad en la que vivimos, o podríamos llegar a vivir.

Por si fuera poco, el director nos acaba regalando un final abierto. No sabemos qué pasa con la mayor, ni con los otros. ¿Acaso importa? ¿Es necesario concluir su historia, su devenir? La verdad es que no. Ya tenemos suficiente... el final sólo lo sabemos cada uno de nosotros, lo construiremos con nuestra forma de actuar, día a día, a partir de ahora.

El cine griego está de enhorabuena. Canino irrumpe en las pantallas para hacernos ver que no sólo puede hablarse de la felicidad y de las costumbres de su país, como en Mi gran boda griega (Joel Zwick, 2002) o Mamma Mia (Phyllida Lloyd, 2008), sino que tienen mucho más que decir (no en vano se alzó con el premio "Un Certain Regard" en el pasado Festival de Cannes). De obligado visionado para cualquiera que tenga inquietudes filosóficas sobre el funcionamiento del núcleo familiar, Canino representa el futuro alternativo de nuestra especie. No dejemos que llegue a ser el real.

Arantxa Acosta (El espectador imaginario)

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