miércoles, 9 de noviembre de 2011

El ilusionista, Sylvain Chomet, 2010


Título original: The Illusioniste
Dirección: Sylvain Chomet
Guión: Sylvain Chomet, Jacques Tati
Fotografía: Animation
Música: Sylvain Chomet
Producción: Coproducción Francia-Reino Unido; Django Films
País: Francia
Año: 2010
Género: Animación. Drama
Duración: 76 min.


Segunda película del director de "Bienvenidos a Belleville", basada en un guión de Jacques Tati que nunca fue producido. Cuenta la historia de un viejo mago que trata de no defraudar a una niña convencida de que sus trucos de magia son reales. (FILMAFFINITY)


Sin ánimo de filosofar ni elaborar análisis semiológicos de chicha y nabo, podríamos plantearnos que parece que estamos en un tiempo en que la modernidad está mutando hacia unos conceptos timoratos basados en lo audaz de las formas pero en lo apolillado de los fondos. Vamos, que, por lo menos en cine de animación -y terrenos Pixar y Miyazaki aparte- parece que están volviendo a ser prêt-à-porter una serie de contenidos antiguos en el mejor de los casos (anticuados en la mayoría) que sin embargo se visten de gala digital para ofrecer la mayor y más tragable experiencia de gatoporliebrización del cine-espectáculo actual. Es lo que ha hecho Disney con su última producción; es lo que viene haciendo DreamWorks en cuatro de cada cinco películas que entrega.
Pero lo que era casi inédito es el deporte que practica el francés Sylvain Chomet, corredor solitario que ya se emborrachó de éxito con su muy celebrada "Bienvenidos a Belleville". Se trata de rescatar y reverenciar un cierto pasado y doblegarse a sus designios conceptual y formalmente: hacer una peli de antes con técnicas como las de antes. Y la excusa le viene al pelo: rescatar un guión dejado a medias a principios de los años sesenta por esa figura capital de la comedia cinematográfica europea llamada Jacques Tati.

Era la historia de Tatischeff, un mago francés old fashioned que se ve obligado a peregrinar por Europa buscándose su fortuna sobre las tablas o su sustento donde pueda. En esas, cuando recaba en Edimburgo una curiosa aliada le surge: Alice es una niña que aún cree en la magia y se maravilla con cada paso de mano abracadabrante del viejo Tatischeff. Y que terminará acompañándolo como sidekick en su cruzada por mantener vivo el alehop, chan, conejo de la chistera.
Entre ambos no tardará en surgir una inevitable complicidad no ilícita basada en una suerte de relación padre-hija. Peor, en el desequilibrio del sacrifico de uno ante la acomodación de la otra.


Con esta parrilla de salida, Chomet se da el pistoletazo hacia una maratón con una única meta: construir un precioso (¿y necesario? estas cosas siempre lo son) homenaje al maestro francés que dejó su obra a medias, lograr la película que podría haber resultado de llevar Tati su empresa hasta el final. De modo que los ingredientes dispuestos obedecen casi al cien por cien (cosecha Chomet: elegir la animación como soporte expresivo) al universo personal que el director desplegó a lo largo de sus seis y pico películas. Y un poquito de Tati hay en cada recoveco de "El ilusionista": la historia está apoyada casi totalmente en lo visual, de modo que los diálogos son escasísimos. Se vira hacia un humor que coquetea con el slapstick y se otorga -el maestro ya era un ídem en ello- una importancia capital al sonido y a las construcciones narrativas que este puede ofrecer. El personaje de Tatischeff toma su nombre del apellido real del director y evoca directamente ese alter ego llamado Monsieur Hulot que protagonizó algunas de las más populares comedias de Tati: el mago de Chomet actúa, se expresa y se mueve igual. E incluso la música remite en algunos pasajes a las partituras de Alain Romans. Y, claro, se pueden buscar reminiscencias de "Traffic" en esa secuencia en el taller de coches, de "Las vacaciones de monsieur Hulot" en la actitud de su protagonista, de "Playtime" en la perplejidad del personaje ante la imposición de un nuevo orden tecnológico. Y hasta aparecen en una ocasión unas imágenes reales de "Mi tío", en el momento en que el ilusionista se mete en un cine. ¿Más evidencias?
El resultado, puede uno imaginárselo. Una historia con vocación de atemporal y mucho cariño por el pasado que queda evidenciado en cuanto los personajes cobran vida. "El ilusionista" está plasmada en un delicioso 2D (con un ocasional 3D nada presuntuoso) que busca el encanto de lo clásico, que en este caso gasta el nombre de Disney pre-años 80. Con la preciosa "Los Aristogatos" como referente casi directo, Chomet juega a la identificación con esa corriente de línea clara europea (¿algo de BD en todo esto?) de trazo ligero, ambientación cuidada, animación volátil, color suave, fondos añejos y personajes con gracejo.


Un aprecio por una época que, más allá de un peso visual, se extiende hasta la médula argumental de la película. Lo de Chomet es amor por (o por lo menos homenaje a) una época pretérita y un cine perdido; un intento de imaginar un panorama en el que no hubiera pasado el tiempo desde que Tati se fue a otro lado a hacer mejores cosas. Pero la realidad es distinta, nos recuerda el director: el tiempo avanza como una apisonadora de gasoil; para el mago Tatischeff la esquizofrenia escénica del rock substituye a la puesta en escena más cercana, a la magia más tradicional. La ilusión y la inocencia están cediendo terreno ante el cinismo, ante la modernidad acelerada y los nuevos intereses de la chavalería, que han perdido el gusto por lo fait maison.
Todo ello conduce a un punto inevitable en el que el humor amable (aun con ese toque de ironía agridulce) es liquidado de un plumazo por un final desarmante, demoledor, lleno de nostalgia por el cambio de ciclo y desesperanza por el fin del music-hall de antaño. No hay más que ver los destinos que aguardan al mago, al payaso, al ventrílocuo. Escuece y coge por sorpresa y con las defensas bajas.
Pero ofrece un lazo emocional tremendo para esta pequeña historia que se instala en el cerebelo en forma de delicia, como una encantadora miniatura elegante, grácil, fluida y transparente. Y tremendamente emotiva, claro.
Xavi Roldan (La Casa de los Horrores)



ENTREVISTA A SYLVAIN CHOMET

¿En qué forma se te presentó el guión de El ilusionista (L’Illusionniste) cuando lo descubriste? ¿Era un guión detallado con diálogos?
No era un guión normal. No había diálogos. Era una historia muy sencilla y escrita de una forma muy bonita. Investigando, me enteré de que Tati siempre tomaba muchas notas en cuadernillos, y que su secretario en la época, un jovencísimo y talentosísimo Jean-Claude Carrière, le ayudó a dar forma a todas esas ideas. Creo que le salió muy bien, a partir de ese material de base. Era muy hábil.
Adaptar un guión de un realizador tan conocido y respetado como Tati debió suponerte todo un reto…
Pues no, por cómo se hicieron las cosas. Como yo sabía que a Sophie Tatischeff le había gustado Bienvenidos a Belleville, y que ella sugirió a mi productor, Didier Brunner, que yo podría adaptar el guión de EL ILUSIONISTA (L’Illussionniste) para la animación, me sentí aceptado y bienvenido, “había pasado la prueba” de alguna forma. Y no me sentía “bajo la sombra” de Tati. Conocía muy bien su cine, sus películas, porque siempre formaron parte de mi vida. Su visión del mundo me dice mucho.


Además del cambio de ciudad, ya que reemplazaste a Praga por Edimburgo, ¿qué otras modificaciones aportaste al escribir la adaptación del guión, y qué elementos y personajes nuevos que añadiste?
Tan sólo cambié el 30% del guión, principalmente porque había escenas que estaban mucho menos desarrolladas que otras, o que Tati tenía que tenerlas tan claras en su mente que las había descrito de forma incompleta y elíptica en sus notas. Me acuerdo sobre todo de una escena tratada a la manera burlesca del cine mudo, que ocurría cuando el ilusionista trabaja en el taller mecánico. Alice le encuentra por casualidad. Ella se hace con el sombrero de una turista americana, creyendo que el ilusionista lo había hecho aparecer por arte de magia, y después él tiene que apañárselas para devolverlo, pero la turista se sienta encima del sombrero. Como era un poco largo, modifiqué la escena. Reemplacé ese pasaje cómico por la escena del ragoût, donde el ilusionista cree que su conejo ha sido cocinado por Alice. En principio, en el guión, él hacía sus números de magia con gallinas, pero no me imaginaba a las gallinas viviendo en su apartamento, haciendo sus necesidades por todas partes… Por eso las reemplacé por un conejo totalmente opuesto al cliché monísimo de los dibujos de Disney. Me imaginaba a un conejo horrible, acerbo, agresivo y además, ¡carnívoro! ¡Todo un monstruo! (risas). En cuanto a los personajes humanos, añadí el del clown, en clara referencia a los amigos clown de Tati, a los que ayudó económicamente cuando comenzó a tener éxito en el mundo del cine. Añadí también al ventrílocuo, para mostrar a otros artistas a los que aún les iba peor que al ilusionista. Nuestro héroe al menos tiene a Alice que le hace compañía. No está solo, ni desesperado.


¿En algún momento has tenido la sensación de estar en el lugar de Tati, de reaccionar como él, llevado por esta historia?
No, yo diría que no. Pero he utilizado una forma de narración visual que corresponde a su historia, a su estado de ánimo. Sobre todo en la elección de la larga duración de los planos: no utilizo elipsis en esta película. Las cosas duran lo que duran. Si me hubieran dicho hace diez años que yo haría una película de animación en la que vemos a un personaje en plano fijo durante más de un minuto, ¡no me lo habría creído! Sin embargo, esa duración y ese realismo de las acciones, tan opuestos a lo normal en los dibujos animados, eran indispensables para adaptar esta historia que es aparentemente sencilla, pero cuya estructura es en realidad de una complejidad extraordinaria. Es eso lo que permite al espectador tener la impresión de que está al lado de los personajes, de que comparte su intimidad.
En la mayoría de películas de animación se habla mucho, mientras que en El ilusionista (L’Illusionniste) encontramos muy pocos diálogos. ¿Es una libertad que acogisteis con gusto, o un fastidio que os obligó a multiplicar las astucias de la narración visual?
No es un fastidio, porque es animación y yo adoro ese arte. Adoro ver cómo los personajes de dibujos animados cobran vida y se mueven y expresan cosas simplemente mediante el movimiento. Siempre he pensado que la voz es un poco superficial en la animación. No hablo del sonido, que es muy importante, sino de la voz. El único fastidio es que había que ir a lo esencial, sobre todo en una película en la que no hay primeros planos, y hay muy pocas palabras. Eso complicó un poco el trabajo, pero es divertido hacer cosas complicadas.


¿Qué te gustaría decir a los espectadores de El ilusionista (L’Illusionniste) que están a punto de descubrir la película?
Me gustaría que la gente se montara su propia película. Que se tomaran el tiempo de hacer sus propios primeros planos, su propio viaje por estas imágenes encuadradas como si fuera teatro. Son ellos los que decidirán qué personaje es más importante. EL ILUSIONISTA (L’Illusionniste) no tiene nada que ver con las películas americanas de animación que te lo dan todo hecho. ¡No es una montaña rusa! Es un viaje personal que cada uno tiene que hacer. El espectador es en esta película igual de importante que el realizador. Los dos somos realizadores: el espectador y yo.

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